martes, 18 de mayo de 2010

Hospital de Día


Los enfermos de cáncer no se parecen en nada entre sí. Hay de todo: algunos mayores, excesivamente ancianos como para tener que pasar también por eso, y los hay jovencitos, tan tiernos que el sentimiento de injusticia divina al mirarles es inevitable. Hay chicas con pañuelos y gorras de colores vivos, y también hay muchachos sin ellos, luciendo sin pudor la calva, a fin de cuentas hay gente que se rapa la cabeza teniendo pelo... Algunos han adelgazado mucho y parece que se fueran a tronchar, o que se les llevará el aire si sopla más de la cuenta, mientras que otros lucen regordetes y coloradotes, jugando cruelmente con una falsa sensación de lozanía, propiciada por ciertos medicamentos.

Sin embargo, los familiares de los enfermos de cáncer tienen todos un aire similar que les hace inconfundibles y ligeramente distintos a los acompañantes de personas aquejadas de otras dolencias. Porque cualquier cosa es mejor que un cáncer. Lo que sea. Pueden ser señoras mayores que acompañan a sus maridos. O esposos jóvenes con niños pequeños a los que intentan entretener mientras sus madres permanecen enchufadas a una máquina durante horas. O quizás se trate de una chica extranjera, mercenaria cuidadora de un anciano sin familia. Da igual. Todos tienen la misma mirada entre triste y aburrida, las mismas caras serias, el mismo hastío por una espera siempre tediosa y, en demasiadas ocasiones, con unos efectos secundarios nefastos. Quizás sólo sea cansancio, pero no es un agotamiento físico, sino mental. Por eso, aunque todos llevan consigo libros y periódicos para pasar matar tanto tiempo vacío, no leen demasiado tiempo seguido. No son capaces de concentrarse, ni de aprovechar tantas horas muertas. Se limitan a esperar. A que la mañana pase lo más rápido posible. En espera de poder volver a retomar una normalidad inexistente, pero que, al menos, tiene como escenario su propia casa. Aunque sólo sea de momento.

Porque la enfermedad es dura, pero no lo es menos ser testigo directo, el más directo.

Vivirlo en segunda persona...

6 comentarios:

Jesús Miramón dijo...

Creo que puedo comprenderte, Teresa. Lo que al principio nos sorprende es que en situaciones semejantes haga aparición el aburrimiento, algo tan banal. Y sin embargo la enfermedad genera, entre sentimientos más prestigiosos, otros que, además, podemos reprocharle (junto a tantas cosas). Todo ese tiempo robado ante el cual únicamente podemos enfrentar, valientemente, nuestra frágil y carnal esperanza. Un abrazo fuerte.

Teresa, la de la ventana dijo...

No creo que se trate de aburrimiento en el sentido de desgana o fastidio, quizás no me he expresado bien, Jesús. Más bien se trata de una bajada de guardia momentánea. Al delegar en el personal sanitario durante un rato, se produce algo así como una especie de descompresión, y es entonces cuando aflora todo el cansancio, toda la ansiedad acumulada y tantas veces disimulada, toda la frustración que produce la incertidumbre que rodea a la enfermedad. Ese no saber qué pasará, ni cómo, ni cuándo. Muchas cosas que pesan mucho, demasiado a veces para una sola persona.

Bernardinas dijo...

Hoy teníamos que hablar en clase de 'La metamorfosis'. Lo que más ha llamado la atención a los chavales, más incluso que la transformación de Gregorio Samsa, es que Gretel, su hermana, se canse de cuidarlo. Me imagino que entre todas esas caras descomprimidas (esa imagen me ha parecido exacta) habrá más de una Gretel devorándose a fuego lento. Y, al contrario (y a esto me agarraba yo esta mañana), el mundo, afortunadamente, está lleno de grételes que no se cansan, gente que después del primer impacto encuentra el significado primitivo de la palabra felicidad: la productividad, el placer de ser útil, la bendición de ser tan necesario como el propio tratamiento, un sentimiento puramente humano que la religión usurpó y enmascaró de sacrificio para ganarse el cielo. Nada de eso. Forma parte de lo mejor de nuestro instinto. Aprendo mucho en estas entradas tuyas.

Teresa, la de la ventana dijo...

Yo no habría descrito mejor lo que viene siendo mi vida en los últimos tiempos. Es muy cierto lo que dices: después de asumir lo que hay, a pesar de lo difícil que puede llegar ser y lo mucho que desgasta, también encuentras curiosas gratificaciones, una clarividencia especial para saber valorar las cosas, y momentos de felicidad intensa que no estarían a tu alcance de otra manera.

Yo siempre aprendo de tus palabras, Antonio. Gracias.

Jesús Miramón dijo...

Me parece que fui yo quien no se expresó bien, Teresa. No hablaba del aburrimiento en el sentido de la desidia o el desinterés, me refería más bien a tantos y tantos momentos de espera, todo ese tiempo, más que robado, lento, angustiosamente lento y denso en salas de espera de hospital. Por otra parte tú, que me lees desde hace tanto tiempo, sabes que una imagen que a veces se repite en mi pequeño mundo, una imagen que para mí es metáfora y sinónimo del amor, es la de alguien velando a una persona querida en la habitación de una clínica.

Teresa, la de la ventana dijo...

Sí, entiendo a qué te refieres, Jesús. El tiempo tiene otra textura en los hospitales. Pasa muy despacio, y al mismo tiempo te inutiliza para que lo aproveches. Es extraño, sí.