miércoles, 26 de mayo de 2010

Otro miércoles al sol


A lo largo de mi vida adulta, he tenido varios paréntesis de inactividad laboral. Empecé este blog durante uno de ellos. Un año sabático que me tomé después de dejar un trabajo que me obligó a elegir entre él y mi salud. Pude permitirme el lujo de ser egoísta, y me marché. Me tomé mi tiempo para recuperarme, y después volví al mercado laboral. No ha sido la única vez: lo que más he durado en una empresa han sido unos cuatro años. Y nunca me han echado. Afortunadamente, no he tenido una carrera profesional que mereciera lo bastante la pena como para ponerme las cosas difíciles a la hora de tomar decisiones drásticas. Al contrario: cuando tocaba fondo, antes de que me echaran, me iba yo. Romper con todo era la mejor de las soluciones posibles. Arrancar la página emborronada, y empezar una nueva. No sé si es lo mejor, pero a mí me funcionaba.

Esta última vez ha sido diferente, porque no fui yo quien tiró la toalla, ni tampoco la empresa quien rompió la baraja, sino las circunstancias fueron las que decidieron por mí. Pero lo que no ha cambiado es que, de nuevo, perdió el trabajo. A veces me pregunto si hubiese sido tan fácil si en lugar de haberme pasado trabajando a salto de mata durante años en empleos por debajo de mis posibilidades y formación, hubiese luchado algo más. Y siempre tengo la misma respuesta: estoy donde estoy porque soy como soy, y pasó lo que pasó porque tenía que pasar. Y sí, incluso con una carrera sólida en el mundo del periodismo sé que lo habría mandado todo a paseo para irme a casa y cuidar de mi marido enfermo. Exactamente igual que hice siendo una humilde chupatintas sin nada que perder en una empresa de tantas.

Llevar tantos lunes al sol, no obstante, deja marca. Las semanas dejan de tener días con nombres diferentes, porque todos son iguales entre sí. No sé si eso es bueno o malo, sólo que es una realidad. Aunque sepas con seguridad que las cosas son así, que es lo que toca, lo que tienes que hacer y no te plantees otras posibilidades. Aunque vivas la anormalidad con la mayor normalidad posible. Aún así, intento no dejarme llevar por el desánimo, sería sencillo, pero no es mi estilo. Intento concentrarme en encontrar el lado bueno de esta situación. Porque sé que lo tiene, y porque buena parte de mi cordura y de mi fuerza para seguir tirando del carro depende de sacarle el máximo partido a esa mínima parte positiva que, buscando en lo más profundo de lo peor, se puede llegar a encontrar hasta en lo más amargo que la vida te pone delante. Porque hasta el sol más inclemente trae también consigo la sombra, y dar con ella en plena canícula también tiene su aquel. Y te mantiene la mente ocupada, doy fe.

He terminado por encontrar, después de mucho tiempo, ese rincón fresquito y agradable donde siempre había estado. Aunque supongo que el momento adecuado tenía que llegar por sí mismo, y lo ha hecho. Ahora. Si de algo dispongo es de tiempo. Y de soledad. Toneladas de tiempo libre atrapado entre cuatro paredes. Y escasas posibilidades de socializar: es una de las pegas que tiene dejar de trabajar, tu mundo se reduce mucho y las personas con las que interactúas, también. La combinación perfecta para dedicar una parte de ese tiempo a un actividad que requiere muchas horas y montones de soledad. Sí, he vuelto a escribir. Después de más de un año sin hacer ni un mal relato, me he atrevido a intentarlo de nuevo, y, a lo grande. He retomado el esqueleto de lo que podría ser mi primera novela. Con mucho miedo, toneladas de respeto e inseguridades, pero también con ganas, con ilusión, con visión de futuro. Algo que había perdido por completo en los últimos tiempos. Y eso, da igual si termino llegando a alguna parte o no, es una buena señal.

13 comentarios:

Reyes dijo...

Adelante , adelante con la novela.


Un beso de otra miercolera soleada .

(qué mal suena eso de miercolera, lo dejaremos en miercolada ...que tampoco pero bueno ).

Jesús Miramón dijo...

A por ella. Recuerda Ítaca.

Teresa, la de la ventana dijo...

Gracias, guapa. Tú, por si acaso, ponte crema para el sol. Que luego, pasa lo que pasa...

La tengo muy presente, Jesús. Más de lo que te imaginas, sobre todo de un tiempo a esta parte... Gracias.

Arancha C. dijo...

Hola Teresa,
Llevo muy poco siguiendo tu blog y la verdad es que, desde que lo hago, no me pierdo nada de lo que escribes. Me gusta sobre todo ver como tus circunstancias personales y las mías, aunque discurran por caminos diferentes, se entrelazan en muchas similitudes.
Yo tiré por las ciencias por pura vulgaridad: una carrera de letras, con 18 años, me parecía un camino mucho más arriesgado con un destino incierto. Cuando uno opta por la vulgaridad en vez de por la creatividad, acaba encontrando justo lo que busca: pura y simple vulgaridad. Pero, claro, de eso te das cuenta cuando rebasas la barrera de los 40, porque ya has andado lo suficiente como para poder darte la vuelta a mirar las huellas del camino que has recorrido. De poco sirve hacerlo, aparte de para frustrarse, porque cuando se es vulgar, uno se resiste a dejar de serlo, y nunca tiene la valentía de enfrentarse de una vez por todas a un destino incierto. A parte de la inercia, también te retiene la propia tela de araña que con los años has ido tejiendo: ataduras de la gente vulgar que nos hacen sentirnos vulgarmente seguros.
Desde que empecé a trabajar, nunca he dejado de hacerlo; bueno sí, los 4 meses del permiso de maternidad de cada uno de mis hijos y los meses de baja que mi espondilitis me ha reclamado varias veces en los últimos 4 años (es curioso como el cuerpo puede ser mucho más sabio que la vulgaridad de la cabeza y como se comunica en forma de males dolorosos pero muy evidentes: si no fuera así, no podríamos saber que algo no anda bien en la senda por la que avanzamos.) Y bueno, sí, mi trabajo está también muy por debajo de mis posibilidades, pero a diferencia de ti, yo no he tenido claro nunca que mi carrera profesional no mereciera la pena y ese ha sido mi gran tormento: no aceptarlo. También será mi derrota, estoy segura de ello.
De un tiempo a esta parte, para llenar con algo el tiempo que me sobra en la oficina (qué duro es decir esto, máxime cuando hay tantísima gente en paro hoy en día), he retomado la escritura, que es algo que de una forma o de otra, nunca había abandonado del todo. En la oficina, de otra manera, también hay soledad, pero además, no hay sol. Y el caso es que (cosas de los 40 y pico) he decidido no sólo llenar el tiempo que de otro modo desperdiciaría en el sillón de la oficina frente a una pantalla de ordenador, sino que he buscado un rato libre (o más bien me he quitado una obligación que me dejara unas horas libres), para apuntarme a un taller de escritura. Parece una bobada, pero el taller me está cambiando la vida.
Escribir es como ir al gimnasio (la verdad es que no tiene nada que ver, ¡es infinitamente mejor!) Yo, por saberme tan novata, ejercito y ejercito, y me canso y me pico… me quedo con ese regusto del deportista después de correr y desfondarse cuando descargo algo que llevo rumiando dentro.
Y lo más importante, desde que voy al taller, se me abren los ojos, y se me ponen a tono los radares y se me aviva el ingenio y me afloran las lágrimas y también la risa y la mala leche, por qué no.
Nada tiene que ver esto con escribir una novela, pero puedo figurarme tu entusiasmo, tú que siempre has llevado puestas las zapatillas de correr por este camino.
¡Mucha suerte!

Teresa, la de la ventana dijo...

Arancha, yo fui a un taller durante dos cursos y sí, es un buen ejercicio, aunque creo que lo que más echo de menos de aquel entonces es la posibilidad de intercambiar impresiones con gente con los mismos intereses que tú. Escapar un ratito de esa soledad que reclama el hecho de escribir, y que se agradece tanto.

Lo de ahora es distinto. Supongo que el taller fue una etapa que pasó, y aunque ni mucho menos lo sé todo (al contrario, soy más consciente de todo lo que aún desconozco...), es algo que tengo que hacer sola. Y hacerlo ya, sin más rodeos en forma de relatos cortos en los que, mal que bien, estoy demasiado cómoda y es lo fácil. Y bueno, porque es parte del camino que estoy recorriendo, una etapa más camino de esa Itaca de la que hablaba antes Jesús. Que me lleve a alguna parte, eso ni lo sé y ni siquiera me importa no tenerlo claro. El caso es andar...

conde-duque dijo...

Qué bien, Teresa. Adelante con la novela. Ya nos irás contando...
Un abrazo.

Teresa, la de la ventana dijo...

Claro, Conde. Seréis los primeros en saber si saco algo en claro o me estrello.

Amanita Faloides dijo...

¡Qué difícil! ¡Qué valiente! Un libro... Ánimo, yo te sigo y me leeré tu libro encantada

Teresa, la de la ventana dijo...

Ya te digo, Amanita. Dificilísimo. Pero por probar, no pierdo nada. Bueno, sí. Tiempo y desesperarme... jajajja..., pero me apetece intentarlo.

Rojo dijo...

Viva! Animo... y si alguna mañana te entra el síndrome de la página en blanco, vente por aquí y te damos ideas!

Teresa, la de la ventana dijo...

Jajajja... Rojillo, qué salao. Ese síndrome es algo crónico para mí, igualito que el asma. Lo que áun no sé es qué puedo tomarme en lugar de un chute de Ventolín...

Di Vagando dijo...

Teresa, por fín me atrevo a comentarte esta entrada. Me quedé impresionada cuando la leí el otro día, porque describes perfectamente las "toneladas de timepo libre atrapada entre cuatro paredes". No sabía qué decirte. Tampoco es q lo sepa ahora, aparte de reiterar los ánimos q te da la gente en la empresa de la novela.

Y que sigas pensando en Itaca. Curioso cómo este poema, traducido-pecado mortal generalemnte en poesía- ha acabado siendo uno de mis favoritos. Disfruta del viaje, es lo q cuenta para q Itaca no decepcione...

besos

di

Teresa, la de la ventana dijo...

Muchas gracias, Di. Con la novela estoy empezando, aún en esa efervescencia de los primeros momentos, en el "Voy a poder, claro que sí". Cuando me den ganas de mandarlo todo al cuerno, que llegará seguro, me releeré todos vuestros comentarios y seguro que me ayuda a seguir adelante. Aunque no sea más que por vergüenza...

En cuanto a lo otro, bueno, se hace lo que se puede, y hay que poder. No queda otra. A veces es muy duro, ver cómo tu vida se paró, como uno de esos relojes que, tras una explosión se quedan a las cuatro y diez, y nada vuelve a ser lo mismo. Aunque a veces las cuatro paredes se te caigan encima y mires el reloj roto con odio, pensando "¿Por qué a mí?" Como nadie te va a responder, haces lo único que puedes hacer: seguir adelante. Y no preguntas.