viernes, 4 de junio de 2010

Ahora sí

Es curioso lo organizada que soy para unas cosas y lo caótica que puedo llegar a ser para otras si me dejo ir y no me ato en corto. Sí, lo sé, no lo parezco, pero es una mera ilusión óptica: yo tiendo al desorden por naturaleza, lo que pasa es que me gusta tanto la armonía y el equilibrio que desde fuera doy el pego, y puedo parecer hasta germánica y cuadriculada. Soy como una hiedra que crece a lo loco si no se le guía y recorta regularmente, y sé que quedo mucho más bonita así, pegadita a la pared, pero no puedo evitar el desmelene. De natural me puede la indisciplina y el ir a la buena de Dios, y aunque intento mantener a raya a mis tendencias anárquicas no siempre lo consigo. Hasta que llega un momento en el que tengo que decir "Basta", parar y obligarme a ser rigurosa. Estáis asistiendo a uno de esos momentos.

Desde que decidí ponerme en serio con la novela, me he dado cuenta de que soy incapaz de trabajar en casa, autoimponerme horarios y rutinas, y cumplirlas. Admiro a esos teletrabajadores que ponen el despertador y se levantan cuando suena, se encierran en sus cuartos de trabajo, y son capaces de currar de verdad, con productividad, objetivos y esas cosas por las que alguien, además, les sigue pagando y cotizando por ellos en la Seguridad Social. Pero ¿en serio que lo hacen? De entrada, la tentación de dejarse el pijama puesto es demasiado grande, y sucumbir a eso implica terminar por no ducharse ("Total, ¿para qué, ni hoy tampoco voy a salir a la calle?"), asaltar el frigo ("Como no voy a moverme de la silla en las próximas, digamos, tres o cuatro horas, cojo unos gusanitos, y una Coca-Cola, que ya hace hambre...) y similares.  No es mi caso, yo me visto de verdad y todo, y de momento no me ha dado por comer. De hecho hasta soy capaz de ponerme a ello, y escribo algo, no mucho, pero algo. Y luego  lo leo, e incluso me gusta, y eso no hace sino que me dé aún más rabia, porque me distraigo con el vuelo de una mosca, o el bailoteo de una pelusa que sale de debajo del sofá movida por el viento. De repente me acuerdo de que hace días que no paso la aspiradora, que ya tiene delito, estando todo el día en casa... O de que tengo que poner una lavadora. Me levanto, la pongo y de paso saco el pan de la máquina, que pitó hace media hora. Como ya estoy en la cocina y han caído migas al suelo, aprovecho y la doy una barrida. ¿Y cómo la voy a dejar sin fregar, ya que la he barrido? O me acuerdo de que tengo ropa tendida, venga, ya me pongo y plancho media horita, no más, y vuelvo a escribir, lo juro. ¿Y el periódico del día? Ya que lo compré cuando fui a correr, no voy a dejarlo sin leer en la papelera del reciclaje... ¡Leche! Vaya horas. Si ya tengo que ponerme a preparar la cena...

Así que, he decidido que vuelvo a trabajar fuera de casa. En la biblioteca. Sin distracciones, sin disculpas ni memeces. Como el que va a la oficina, ficha, hace su trabajo y vuelve a casa. Estoy dispuesta a ir a por todas y currármelo de verdad. Esta vez, sí. Porque sé que puedo hacerlo, y que sólo es cuestión de ponerme. Porque quiero hacerlo: me apetece mucho. Y, bueno, porque tengo que hacerlo, por vergüenza torera, porque la disculpa de "Soy demasiado joven, no he vivido lo suficiente, no tengo materia prima para escribir" hace mucho que ya no me sirve. Que los próximos años que cumpla serán cuarenta y cuatro... Así que como todo se confabula para que lo haga, lo haré. Terminaré esa novela que aún no tengo nada clara, de la que sólo tengo dos capítulos y una vaga idea general que sólo necesita horas y trabajo para irse concretando. Si para ello tengo convertirme en un ratón de biblioteca, pues adelante. Podría ser peor...

Pero como, más que caótica incluso soy realista, y me conozco, no quiero emocionarme y lanzarme al vacío para terminar estampándome contra la cruda realidad, así que nada de horarios imposibles que sé que no cumpliré. Empezaré por dos horas al día. De cuatro a seis de la tarde. Piano, piano...

A ver qué pasa.

4 comentarios:

Arancha C. dijo...

Yo creo que las mujeres lo tenemos mucho más difícil para eso de trabajar en casa: siempre vemos una pelusa, hija... Yo no sé porque ese cromosoma X que tenemos duplicado nos ha dado esta vista tan sensible...

Teresa, la de la ventana dijo...

Lo peor no es ver la pelusa, Arancha. Lo chungo es no poder evitar levantarte y quitarla...

NáN dijo...

(ejem, ejem), esta vez, pillado como un puerco la víspera de San Martín, dejo la huella de la pezuña.

Es cierto que mi adicción me impide abrir nuevos caminos, porque soy demasiado caminante. Pero de vez en cuando se produce el salto. (ejem, ejem, ¿a que he salido bien del difícil trance?).

19 años de trabajar en casa me dan la autoritas necesaria para decirte: ¡Fuera de casa, venga, ya, que el tiempo se acaba!

¿Pelusa? Eso son los celos de los niños, ¿no?

Teresa, la de la ventana dijo...

Tan bien has salido del compromiso en el que te puse que ahora hasta me siento culpable, NáN. Pero bueno, siempre puedes no volver... Jajajaja...

El lunes empiezo. Y no es una frase hecha, es que la biblioteca no abre los fines de semana por las tardes.