martes, 29 de junio de 2010

De lo cotidiano

Me despierto de repente, sin despertador. Son las nueve de la mañana, he superado en una las ocho horas aconsejadas para un perfecto descanso, y mi cuerpo dice que no quiere más. Hoy tampoco he puesto la alarma para salir a caminar o a correr. No me apetece. Llevo días indolente, tristona y sin ganas de nada. El sigue durmiendo a mi lado, con ese sosiego de quien no tiene que madrugar, ni prisa ninguna por levantarse. Lo entiendo, la cama es el lugar donde más a gusto está, donde menos le duele. Le miro y recuerdo a duras penas cuando la que se quedaba acostada mientras él se levantaba era yo. Hace mucho tanto tiempo de eso. ¿Siete? ¿Ocho años? Aquellos paréntesis entre trabajo precario-pero-molón-aunque-breve-porque-solían-ser-sustituciones-de-embarazadas y trabajo bueno-pero-jodido-hasta-el-punto-de ser-yo-quien-se-largaba-después-de-meses-de-sufrimiento. Temporadas de ama de casa tradicional en los que, pudiendo no madrugar, seguía levantándome temprano sólo para desayunar con él y robarle un ratito más de su compañía. Cuando sonaba su despertador y era yo la que se quedaba en la cama, perezosa, remolona, pero incapaz de dejarle desayunar solo. Oyéndole trastear en el cuarto de baño, entre la bruma del sueño, el run-run de la afeitadora eléctrica, la ducha, y después en la cocina, las tazas, el portazo del frigorífico para coger la leche, el "cling" del microondas. Y ese beso suave que invariablemente me sobresaltaba, sacándome de golpe de un duermevela delicioso, pero llevándome directamente al mejor momento del día: un desayuno compartido antes de volverme otra vez a la cama.

Hoy soy yo quien se levanta y le deja dormir, cierro la puerta de la habitación y, sigilosamente, doy paso a una nueva jornada, tan igual a la anterior y, sin embargo, siempre incierta. Ducha y lectura en la terraza, donde aún hay sombra y se está más a gusto que a ninguna otra hora del día, con diferencia. No, no me gusta el sol, pero el día está despejado y no puedo negar que precioso, precisamente por ese cielo azul que anuncia calores abrasadores para dentro de un rato. Me cuesta concentrarme en la lectura porque tengo hambre, me muero por un café con los sobaos pasiegos que compré el otro día, pero le espero.  Una hora más tarde, a la señal convenida (una llamada perdida al móvil), entro de nuevo en el dormitorio, y, después de darle los buenos días con unos cuantos besos y achuchones,  le dejo unos minutos más de propina, mientras al fin, para alegría de mis protestones jugos gástricos, preparo el desayuno. Y, de nuevo, por un instante, parece que todo está en su sitio. Pero no lo está. Hace mucho tiempo que nada está en su sitio. El no se irá a trabajar después, ni yo volveré a la cama. La anormalidad normalizada no es normalidad, aunque se le parezca bastante. Por eso me agarro a ella desesperadamente, porque es lo único que tengo. Y por eso estoy tristona, sin ganas de nada, porque la veo tambalearse también a ella, a esa anormalidad normal en la que estamos instalados. Incluso ella, tan precaria, tan jodida de soportar en muchos momentos, se me escurre entre los dedos, aunque sólo sea, teóricamente, durante los próximos dos días.

Esta tarde le ingresan otra vez.

27 comentarios:

El niño desgraciaíto dijo...

Pues ánimo.

Hares dijo...

Me identifico tanto! En mi caso soy yo la que se queda a dormir, pero no puedo. Estoy tan acostumbrada a salir a trabajar que no puedo. Perdi mi trabajo hace algunos meses ya y ando en busqueda de lo que perdi...animos, todo pasa y las cosas van a mejorar. No hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista...un abrazo fuerte esde El caribe.

molinos dijo...

Un abrazo. No sé qué más decir.

Teresa, la de la ventana dijo...

Gracias, Niño.

Uys, Hares, no te imaginas lo resistente que puede llegar a ser el cuerpo (y el alma) cuando vienen mal dadas... Pero sí, siempre queda la esperanza de pensar que nada es eterno, ni lo bueno ni lo malo. Por cierto, bienvenida a mi ventana.

Teresa, la de la ventana dijo...

Ups, Moli, te colaste mientras respondía... Gracias, guapa.

miedoslibres dijo...

Un abrazo bien fuerte, muy fuerte. Avec toute ma cordialité! Ánimos!

Rojo dijo...

Animo, ánimo, ni un paso atrás, Teresa. Un abrazo para los dos.

Teresa, la de la ventana dijo...

Merci bien, Pedro.

Se lo daré, Rojo. Gracias.

Diva Gando dijo...

Que bien lo cuentas... Un abrazo.

Jesús Miramón dijo...

Os envío un abrazo muy fuerte y toda esa suerte que tú siempres dices que tengo. Lo que has escrito llega hasta el fondo del corazón.

el chico de la consuelo dijo...

Si al menos poniendo aqui chorradillas blogueras conseguimos cambiar un 0,00001 tu vida seguiré/emos dándole... jodeer que me emociono... debe ser el ibuprofeno para mis 38.5 de fiebre que me pone a flor de piel.
Besos.

Fàtima T. dijo...

Un abrazo fuerte para los dos y mis mejores deseos. No tengo palabras.

Arancha C. dijo...

Tú me lo has dicho, Teresa: merece la pena luchar; y yo añadíría que también tenemos que dar gracias por cada día normal o anormal que amanece. A veces, rodeados de dolor, no somos muy conscientes de las pequeñas cosas que agradecerle a la vida. Es un ejercicio complicado, pero el resultado es increíble: da sentido a todo.

Teresa, la de la ventana dijo...

Gracias, Diva.

Será porque también sale del corazón, Jesús. No sé, a veces es necesario soltar un poco de lastre, no arregla mucho que se diga, pero parece que todo pesa algo menos... Gracias, Jesús.

Ays, Chico. Esas "chorradillas" que tú dices son mucho más importantes de lo que imaginas. Claro que me alegra el día leeros, y saber que lo que yo cuento, aunque sea a veces pelín deprimente y descorazonador, os interesa mínimamente. Hace que me sienta mucho menos sola. Gracias de verdad.

Gracias, Fàtima. A veces no hacen falta demasiadas palabras.

Arancha, yo llevo dando gracias cada día al despertarme y cada noche al cerrar los ojos desde hace muchos meses. Y te aseguro que la consciencia de lo importante es algo que, por desgracia, he aprendido a medir en su justa medida. Y ya lo creo que es complicado, mucho, y agotador, es una especie de guerra de trincheras de mucho, muchisimo desgaste. ¿El sentido de todo? No lo busco más allá del día a día, porque sé que si intentara ir más allá quizás no podría soportar conocer la respuesta.

NáN dijo...

Querida Teresa, ¿sabes por qué es difícil decir algo? Porque nos duele. Mínimamente. El dolor es vuestro. Dentro de un rato, como no he oído el despertador y en lugar de salir zumbado sigo mi rutina, no pensaré más que en la huelga del metro y en cómo conseguir llegar al trabajo, aunque posiblemente piense en lo que has escrito varias veces.

Pero nos duele porque se crean lazos. No estás sola. No lo estáis. Y da un poco de vergüenza contestarte desde una vida normal. Pero tú debes hacer entradas como esta muchas veces. Y nosotros contestarte, aunque solo sea pare decirte "un abrazo y un beso".

Portorosa dijo...

Teresa, tiene razón NáN.
Un abrazo, un abrazo enorme y un montón de ánimo. Poco podemos hacer; poco puede hacer nadie, imagino. Solamente tratar de compensar tanto dolor con algún consuelo, por lo menos para que no olvides que no todo es malo, que no estás sola tampoco por este lado. Porque recibir cariño es de lo que más puede ayudar.

Un beso muy grande.

Teresa, la de la ventana dijo...

Claro que lo sé, NáN, y hasta me da apuro sincerarme de esta manera, y me reprimo muchas veces, porque sé que no es cómoda la postura de espectador de algo así. Y como le decía al Chico de la Consuelo, por supuesto que me llega vuestro apoyo, aunque a efectos prácticos parezca algo poco efectivo, vuestra compañía, aunque sea a distancia, es algo muy importante que hace que todo esto sea bastante más llevadero. Contar las penas es una manera egoista de aligerarlas, Porto. No soy muy dada a ello, pero a veces lo necesito, y éste es un buen sitio donde poder hacerlo.

molinos dijo...

Contar las penas no es una manera egoista de aligerarlas. Es supervivencia. Además, lo que en nuestra cabeza es un mundo...se vuelve siempre más ligero al verbalizarlo o escribirlo.

Llevo desde ayer dándole vueltas a ver que chorrada digo para animarte....

Teresa, la de la ventana dijo...

Ya lo has hecho, Moli. Me has dado ganas de volver a correr.

molinos dijo...

¿Si?? Pues mira que bien!!!!..ya sabes, la clave...NI DE COÑA.
Besos

Teresa, la de la ventana dijo...

Ah, y me he traído "La Caja Negra" al hospital. Y me está gustando mucho. Gracias por la recomendación. Como dije no sé dónde, ¿quién necesita el Babelia y similares teniendo a Molinos y Cia?

¿Te parece poco, Moli?

molinos dijo...

:)

ya me contarás que tal el libro...aunque es triste eh...mierda..tenía que haber recomendado algo más alegre...

Elvira dijo...

Mis mejores deseos. Y muy bien escrito.. como dice Jesús, llega al corazón.

Un abrazo

Arancha C. dijo...

Teresa, lo difícil es saber qué agradecer porque no es evidente. Lo políticamente correcto es agradecer muchas cosas que en el fondo nos hacen infelices, ¡pero quién se atrevería a no agradecerlas! Yo últimamente, le doy gracias a los instantes de belleza, esos que me hacen sentir realmente bien, esos que sólo los vivo yo, como vivimos cualquier cosa buena o mala: solos.

Aunque sean instantes fugaces, parece que agradeciéndolos sinceramente se logra retenerlos un poco más.

Antes sólo los disfrutaba, pero no los agradecía. Los daba por supuestos. En cambio, agradecía sin agradecer de verdad otras muchas cosas que simplemente me sostenían.

Alegría. dijo...

Teresa, no puedo añadir nada. Te entiendo. No lo he pasado, pero aunque no pueda sentir lo que sientes, puedo llegar a entender, si acaso una mínima parte, de tu dolor. Me gustaría cargar esto de mensajes animosos, pero creo que no conducen a nada, al menos a mí. Tú sabes mejor que nadie, cómo va todo. Eres fuerte, a pesar de estar sufriendo. No es fácil, pero te levantas. Te doy una mano.

carpediemdeando dijo...

Teresa, llevo un ratito leyendo tus entradas y estoy emocionada. Quería dejarte un comentario (o una "Notita" como dice Alegría) y aunque no sé muy bien qué decir, simplemente quería decirte que sigas besándole, queriéndole y tratándole entre algodones como estoy segura que haces cada día. Sigue siendo tú, sigue dando vida, recibiendo vida y compartiendo vida.

Yo también te tiendo mi mano.

Un abrazo

Teresa, la de la ventana dijo...

Hola, Carpe, bienvenida. Eso hago, disfrutando de él mientras pueda. Intentando coger la parte buena que tiene todo esto, algo que, aunque parezca increíble, también está ahí.

Gracias.