martes, 1 de junio de 2010

Madrid, España, 1987

En 1987 yo tenía veinte años. Estudiaba segundo de carrera, y tenía la sensación de que todavía me faltaba un hervor para enfrentarme a la vida. Tenía razón: aún me quedaba mucho que aprender. Pero curiosamente era consciente de ello, lo cual debe querer decir que no era tan estúpida. En aquellos tiempos, recuerdo mirar con envidia a los estudiantes de fuera que venían a Madrid desde sus pueblos donde era imposible estudiar. Ellos sí que se enfrentaban a la vida de adultos, no como nosotros, los que seguíamos en casa de nuestros padres, en la misma habitación que ocupabamos cuando ibamos al instituto, sin ningún cambio que indicase que ya eramos universitarios. En cambio ellos habían hecho un punto y aparte en su vida, y a mí eso me parecía increíblemente interesante y necesario para terminar de madurar, para pegar el estirón definivo. Pero era lo que había. Además, tenía que considerarme afortunada por poder ir a la facultad en menos de una hora, en metro, con un sólo trasbordo. Eso me decía mi madre, creyendo que me convencería de la suerte que tenía, cuando lo único que conseguía era que me repateara más mi mala suerte. En cambio ellos, los de fuera, eran auténticos universitarios, gente madura, con experiencias que acumular y poder contar algún día. Yo me hubiese cambiado por cualquiera de ellos. Estaban los que vivían en colegios mayores, en el más puro estilo tradicional. Otros compartían piso; ésos eran los que mejor se lo montaban, los que más disfrutaban de su libertad y los que manejaban más dinero. Luego estaban los que habían logrado venir a la capital a cambio de un enorme sacrificio económico de sus padres, chicos que estudiaban más que ninguno de los mejores empollones y vestian peor que nadie, porque tenían que gastar lo mínimo y estudiar el máximo, para poder sacar matrículas de honor en la mayor cantidad de asignaturas posibles y conseguir gratis la matrícula del siguiente curso.

En cambio, mi vida, al lado de las de ellos, me parecía el colmo de la sosez. De hecho, lo era.  En la misma habitación de siempre, con mi madre metiéndose en lo que no la llamaban, tratándome igual que cuando tenía doce años. Era imposible sentirse mayor en esas condiciones.

¿Pero por qué hoy, precisamente hoy y no ayer, ni el mes pasado, me he acordado de lo que yo hacía en 1987? Pues porque esta tarde, mientras compraba ropa en el gran almacén del triángulo verde, ha sonado en el hilo musical una canción que, por arte de magia, de esa magia que sólo tienen los olores y los sonidos, me ha trasladado a aquellos trayectos de metro hasta la universidad, en los que renegaba de mi mala suerte por no ser de provincias, y achacaba todos mis problemas y frustraciones a seguir viviendo en casa de mis padres en lugar de haber volado ya. Una canción que me ha hecho recordar ese primer walkman que me compré en la calle Arenal, en el centro comercial de la electrónica, donde todo el mundo se compraba las calculadoras y los radiocasettes porque sus precios eran imbatibles (las cadenas eran en la calle Barquillo). Quizás no fuese una de mis favoritas (en aquella época descubrí a este cantante, sí, junto a Sting sin Police, a U2, a Bryan Adams, y, sobre todo y sobre todos ellos, a Bruce Springsteen, grabados todos ellos de contrabando, por amigos con más posibles, en aquellas cintas TDK, las mejores, según se decía...), pero he comprobado que sigue siendo una de ésas que, cuando suenan, me sacan una sonrisa de inmediato, no sé por qué. O sí lo sé, qué demonios: porque me sitúan a la parte buena (que la tuvo, claro que sí) de aquellos años llenos de ilusiones y planes, en las calles de la Ciudad Universitaria, cuando no era más que una chiquilla con unas ganas locas de salir al mundo de una vez,  lejos de aquella habitación que me ahogaba, más allá de una vida dedicada a prepararme para vivir...

Lo que sonaba era ésto:



18 comentarios:

Reyes dijo...

Ay Teresa .
Cómo se nota que no llevas puesta en el coche siempre M80....

Teresa, la de la ventana dijo...

Pues no, Reyes. Ni programada la tengo en la radio del coche... Lo cierto es que emisoras oigo RNE1, RNE5 y la SER. Cuando las pongo, porque desde que tengo el coche nuevo, cargo el usb con canciones y dejo hablar al modo aleatorio.

Lo cierto es que hacía muchos, pero muchos años, te hablo de ocho o diez, fácilmente, que no escuchaba a Rick Astley. Me ha hecho ilusión, qué quieres que te diga...

molinos dijo...

Rick Ashley??...Dios mio...que bajón...me da como grima..

Teresa, la de la ventana dijo...

Jajajaja... Moli, claro que da grima. ¿Por qué te crees que no lo he escuchado en décadas?

Vicent dijo...

Yo solo nos falta que nos cuelgues algo de Gary Low...

Vicent dijo...

Era "Ya", no Yo, cada día escribo peor.

Diva Gando dijo...

Yo tuve la suerte de tener que volar de casa a los 18 y la verdad es que fue muy divertido hacerse mayor de repente y tener toda la vida por delante... y ser libre!

Arancha C. dijo...

¡¡¡Rick Ashley!!! ¿Y de verdad éramos de esa época? Si un día en el coche me ponen esa canción en M80 y me lo pregunta mi hija, tendré que contarle una bola, porque es cierto que da grima el chaval (pero se me va a notar mucho porque si la oigo, la tarareo fijo)

Teresa, la de la ventana dijo...

¿Puedes creer que te he tenido que ir a Google a ver quién era ese, Vicent?

La verdad, Arancha, es que una ve imágenes de esos años y a veces alucina, especialmente con las pintas que lógicamente también llevábamos, pero así son las cosas, yo fui una adolescente en los ochenta, así que mi "magdalena de Proust" son los sonidos de gente como Rick Astley (que ni siquiera me gustaba, ojito, jamás gasté mis escasos dineros en un disco, por no tener ni tuve cinta-grabada-por-chico-que-va-detrás-de-ti). Era lo que flotaba en el ambiente, lo que oías a todas horas en la radio y lo que te entraba por los ojos en los programas de videos musicales (hace poco, al tirar el video, tiré algunas cintas de aquel entonces, en las que grababa esos videos de la tele).

Ays, Diva, así que tú eras una de las privilegiadas que volaron pronto... Ahora me caes todavía un poquito mejor, guapa...

Arancha C. dijo...

Yo, Teresa, fui como tú. Volé tarde, pero había buena música de fondo, aunque tampoco me gastase la paga en discos. Un compi de la escuela que me molaba me grabó una cinta de baladas, que no me gustó, y otro, que en cambio no me molaba nada, me grabó una de Dina Washington, que me encantó.

Vicent dijo...

Teté dije Gary Low como podía haber dicho Barry Manilou, Objetivo Birmania, Semen Up o cualquiera de esos grupos y cantantes que sonaban por aquella época. Me acordé de Gary porque ya entonces me parecía hortera, ahora ni te cuento.

Arancha la gran Dinah es intemporal, no podemos apropiarnosla los ochenteros, yo la sigo escuchando con el mismo placer que hace años, sobre todo como musica de fondo para un baño relajante y dominguero...

Teresa, la de la ventana dijo...

Jajajajja... me vas a matar, Vicent: tampoco me suena de nada el Manilou ese.

En cuanto a Dinah, tienes toda la razón. Yo la descubrí no hace mucho y sé que ya me acompañará siempre...

Vicent dijo...

Entonces tenemos que pasar a plantearnos seriamente que fuiste abducida en los ochenta y recuperaste tu ser, siendo optimista, más adelante en plenos noventa.

Teresa, la de la ventana dijo...

Je, Vicent...

Pues que sepáis todos que desde ayer no puedo quitarme la cancioncita de la cabeza... ¡No puedo más!

Amanita Faloides dijo...

El problema de este chico es que no hay correspondencia entre esa pinta de pequeñín pecoso repeinado y ese vozarrón de tio grandón y peludo, pero la canción forma parte de la época, y yo fui muy ecléctica, como el 90% de los que teníamos 20 en el 87.

Teresa, la de la ventana dijo...

Claro que sí, Amanita. Lo que me pasó con Rick Astley fue pura magdalena de Proust, te lo aseguro, y me ha pasado alguna otra vez, por ejemplo con los Pet Shop Boys, los Communards, es oirlos y me veo en el instituto, o preparando la selectividad... Ah, y no hace mucho tuve otro "Momento Cuéntame", viendo un programa en el que recordaban las sintonías de la Vuelta Ciclista. ¿Te acuerdas de aquello de "Me estoy volviendo loco, me estoy volviendo loco, poco a poco, poco a poco...". Ays, qué mayor me sentí... Igualita que mi madre recordando sus años mozos al escuchar al Duo Dinámico y Adamo...

Gonzalo Viveiró Ruiz dijo...

Ja! Yo soy más joven. Poco pero algo es algo. Lo malo de los que estudiaban fuera de casa es que luego la vuelta a casa era imposible. 5 ó 6 años estudiando en tu piso...luego no soportaban volver a la autoridad paterna

Teresa, la de la ventana dijo...

Alguna desventaja teníais que tener, Gonzalo... Pero que os quiten lo bailao.