lunes, 5 de julio de 2010

Donde dije digo...


Elegí un mal momento para los buenos propósitos en lo que respecta a lo de escribir. Parece mentira que lleve cuarenta y tres años conmigo y aún caiga en esos errores... Debería haber recordado que la época veraniega siempre fue para mí una especie de paréntesis vacío intelectualmente (mis padres nunca me obligaron a hacer libros de vacaciones, algo bueno tenía que tener ser una empollona y sacar buenas notas...), de lecturas ligeras e indolencia total y absoluta. Así que, como era de esperar, no estoy yendo a la biblioteca (es más, no puedo: la han cerrado por obras, como si las circunstancias se aliasen con mi vaguería...), ni escribo, ni nada de nada. Porque aunque este año, como el anterior, no me vaya de vacaciones y mi rutina sea la misma que en febrero o noviembre, no deja de ser verano, época de piscinas, niños que parecen salir de la nada de la mano de sus abuelas por donde quiera que mires, sandías y siestas. Porque eso es lo que hago en mis dos horas de teórico trabajo: dormir la siesta. Los términos marinos y las aventuras del capitán FitzRoy me adormecen, como si se tratase del balanceo del barco en aguas mansas, y termino dejando el libro a un lado, cerrando los ojos y despertándome tres cuartos de hora más tarde. Y no porque el libro sea aburrido, al contrario, es apasionante. Y eso que aún no ha aparecido Charles Darwin... Así que, de momento, aparco las buenas intenciones y dejo de sentirme mal por ser tan desastre. Ya escribiré más adelante, cuando tenga energías y cabeza para ello.

Sin embargo, tengo un primer capítulo terminado y un segundo prácticamente a punto de ser dado por bueno, a falta de algunas correcciones. No tengo muy claras aún muchas cosas de la historia, así que quizás este impasse me sirva para darle vueltas a algunos flecos de la trama que se me escapan todavía antes de seguir con más capítulos. Escribir no siempre implica teclear con furia en el teclado y llenar páginas y páginas sin descanso; mucho del trabajo está en la mente, y necesita quedarse ahí una temporada, cociendo despacito, a fuego lento, antes de volcarse en el papel. Aunque reconozco que ahora mismo mi cabeza tiene otras cosas que la ocupan, y me cuesta trabajo desconectarme de la realidad para meterme en ese otro mundo creado por mí. Pero creo que no forzaré las cosas: ante todo, me gusta disfrutar cuando escribo, y hacerlo en estas condiciones supone un agobio y un sentimiento de culpa constante por no cumplir lo pactado conmigo misma que no puedo permitirme en este momento. Así que si escribo, perfecto. Si no, ya escribiré más adelante. O no. El mundo seguirá girando sin mis libros igual que lo ha hecho hasta ahora.

8 comentarios:

Arancha C dijo...

Disfrutemos del verano, pues, y dejémonos arrastrar dulcemente por la calima hacia esa sensación agradable de la indolencia absoluta.

molinos dijo...

Disfruta de no hacer nada. Estoy de acuerdo con que escribir no es teclear. Para mi escribir en el blog, ( que por supuesto no es ni minimamente comparable a escribir nada serio), me lleva más trabajo y me ocupa más el tiempo que estoy pensando que chorrada escribir que el tiempo que me lleva teclearlo.
Tenlo en la cabeza y cuando sea el momento de escribirlo..lo sabrás.
Besos

Teresa, la de la ventana dijo...

Pues sí, es lo que voy a hacer. No saco nada en claro agobiándome, al contrario, sólo sirve para meterme en un círculo del que no hay manera de salir. Y no me gusta asociar escribir con sufrir. Paso.

Uys, Arancha, lo de la indolencia absoluta no sé yo si es tan agradable. Prefiero la energía que me da el frío, esas ganas de hacer cosas y moverme...

No devalúes lo que haces en tu blog, Moli. Es un gran blog, muy currado y lleno de chispa. Escribes mucho y bien, y lo que cuentas llega a la gente.

NáN dijo...

Cada uno, Teresa, tiene sus métodos. No escribo una letra de un poema o un relato hasta que lo he escrito tantas veces paseando, o en un bar (o varios en sucesión), que me lo sé de memoria (y entonces solo es el esbozo).

De todos modos, en la vida estáis las Martas y estamos las Marías. Conviene a las Martas mariar un poco, y a las Marías martear más que menos.

Molinos, tienes una escritura sorprendente y fresca. Que no te plantees o quieras otros objetivos es otra cosa.

molinos dijo...

Gracias a los dos...

Y no me planteo nada más. Me entretiene y me gusta escribirlo. Si a los demás les gusta pues mejor.

José Antonio Peñas dijo...

El año pasado publicaron la autobiografía de Darwin, esta vez sin censurar. Resulta que sus hijos eran muy, muy victorianos, y había cosas que su padre… en fin, no querían que su sabia y docta figura quedara empañada por detalles incómodos, como que robaba fruta en los huertos de niño, o que disfrutara poniendo a caldo a la gente que le caía mal. En la entrada sobre Fiztroy decía más o menos "el capitán tenía un estricto sentido del deber" pero en la edición sin cortar, entre "tenía" y "un" viene una página enterita de comentarios sobre el capitán, poniéndole de tontolaba para abajo con amplio lujo de detalles.

Teresa, la de la ventana dijo...

Pues no sé cómo pintarán aquí a uno y a otro, José Antonio, aún estoy muy al principio del libro. Pero esto está novelado, y se recrea sobre todo en el viaje en el barco, los apuros que pasan, el contacto con los indígenas... Al menos de momento.

NáN dijo...

Te entiendo, Molinos. Lo haces por divertirte y me parece estupendo, pero has hecho una construcción familiar muy divertida. Basta con eso.

¿Sabes, Teresa?, mi compañera es un poco parecida a ti. O lo era, porque empieza a disfrutar de la vida, con cincuenta y muchos, y sus indolencias. ¡Calvinista! ¡Estajanovista!, le gritaba yo desde el pasillo. No esperes tanto como ella.