jueves, 30 de septiembre de 2010

A veces necesito oírte decir que me quieres


Uno de los recuerdos más vivos que tengo de mis veranos en el pueblo es el de ir a hacer los recados con mi abuela. Ir a comprar el pan, a la carnicería o a lo que llamaban "el comercio", el equivalente a los bazares chinos que ahora hay por todos lados. La espera inevitable, el "¿Quién da la vez? Servidora", las conversaciones con las vecinas mientras llegaba tu turno, "Esta es tu nieta de Madrid, ¿no, María? Qué moza está...". Aparte de hacer que la mañana se pasara en un suspiro, era muy divertido, me gustaba mucho hacerlo, quizás porque con mi madre nunca podía, al tener que ir al colegio, y mi abuela era muy diferente en muchas cosas a ella. ¡Si incluso me dejaba ayudarla en la cocina! Era una abuela, supongo, y eso era suficiente como para hacerla especialmente atractiva a mis ojos.

Había un pequeño detalle que allí, en el pueblo, parecía pasar totalmente desapercibido para todo el mundo, y que sin embargo, a mí me parecía algo sumamente curioso. Las tiendas no tenían nombre. No había carteles en las puertas que dijeran "Carnicería Manolo" o "Panadería Fulanito". ¿Por qué? Pues, tal y como me dijeron siempre que pregunté, porque todo el mundo sabía que aquella casa era la pescadería, y la otra la confitería (allí no había pastelerías, sino confiterías... algo que también me fascinaba...). ¿Para qué hacía falta cartel ninguno? Sí, pero ¿y si venía uno de fuera y quería comprar pan para hacerse un bocadillo? Pues preguntaría al primero que se encontrase por la calle. ¿Y si le daba corte, como era mi caso? Pues se quedaría sin bocadillo, por memo. Al final, ante una lógica tan aplastante, terminaba callándome, pero no me convencía nada la explicación. Yo miraba el pueblo con ojos de "forastera", como decían allí, y necesitaba esas pistas, me parecían imprescindibles. Luego, mucho más tarde, llegué a la cruda conclusión de que sencillamente los letreros, como los de las calles, también inexistentes hasta bastante después, no debían parecerles necesarios por la sencilla razón de que la gran mayoría de los habitantes del pueblo no sabía leer.

Hoy me he acordado de repente de esas tiendas del pueblo, que hace mucho que desaparecieron, sin que nunca necesitasen que nadie colgase un cartel en su puerta. De esa economía de medios, tan castellana, tan centrada en lo práctico, tan poco dada a hablar por hablar. Porque igual que pasaba allí con esos comercios sin nombre, innecesario porque todos sabían de sobra donde estaban y qué eran, demasiadas veces hay cosas que se dan por sabidas sin necesidad de decirse, obviando lo obvio, porque llevan tiempo siendo así y el otro ya lo sabe. Y sin embargo, de vez en cuando, por mucho que lo sepamos de sobra, necesitamos escucharlas, fuera de nuestra cabeza. Saltándonos a los ojos desde el papel. O colgando en el aire, durante un instante.

13 comentarios:

molinos dijo...

Teresa me ha encantado el recuerdo de los comercios que eran como los chinos pero mucho mas auténticos. En Los Molinos, habia uno que si tenía nombre, se llamaba La Favorita y me encantaba ir porque era como una cueva de las maravillas, pidieras lo que pidieras lo tenia. Estanterias y estanterias llenas de cajas, y colores y el dueño tenia una escalera con la que trepaba a lo más alto y yo quería trabajar ahí de mayor. Por supuesto lo cerraron y ahora hay una agencia de seguros´ún asco.
Hace unos años, estaba con el ingeniero por León, eun un pueblo perdido y él tenia que comprar no se qué cosa...le dije, te lo traigo de Maadrid la semana que viene y me dijo, no..verás como en la tienda del pueblo lo tienen (Truchillas era el pueblo), me llevo alli y fue como entrar en la Favorita otra vez...una cueva de las maravillas..y por supuesto tenian lo que buscábamos...
Jo..parezco el abuelo cebolleta.

Teresa, la de la ventana dijo...

Qué sitios, ¿verdad? Había de todo, y se podía pagar a plazos, desde ropa a joyas, detergentes o medias, juguetes o muebles.

A mí me gustaba más que ir a El Corte Inglés.

Bett dijo...

Por suerte, sigue habiendo sitios que son así. Quedan pocos, es cierto, esas tiendas de antaño, que por aquí se llamaban "ultramarinos" donde convivían todo tipo de productos de lo más variado.

En mi pueblo sigue habiendo, subsisten... supongo que básicamente porque lo regentan personas que pronto se jubilarán y entonces desaparecerán.

Y me sigue dando pena, la verdad, ir cambiando esas pequeñas cosas, por el mundo tan aséptico y modernizado en el que cada día nos adentramos y que nos absorbe más.

Será que soy una nostálgica, y en algunas cosas, me cuesta avanzar.

Teresa, la de la ventana dijo...

Es que son lugares con encanto, Bett. Y es lógico que dé pena que desaparezcan, sobre todo por la contrapartida: cadenas de tiendas idénticas unas a las otras.

Alegría. dijo...

Me permito comentar tu entrada con la música que me ha sugerido:

http://www.goear.com/listen/8fb3413/a-map-of-the-world-pat-metheny

Un saludo.

Anniehall dijo...

Yo también acompañaba a mi abuela y también me encantaba. Aunque en mi pueblo no había bazar.

En Santander y aledaños sin embargo queda alguna tienda de esas. Lo curioso es que se llaman cosas como La Moderna y La Novedad pero lo cierto es que ya novedades albergan pocas. Aunque a mí también me da pena ir a cualquier ciudad del mundo y encontrar las mismas tiendas.

Teresa, la de la ventana dijo...

Gracias, Alegría, nunca había escuchado nada de este hombre. Me alegro de verte de nuevo por aquí.

En su día debían ser lo más, Annie, de ahí esos nombres. Ahora son pequeños tesoros que, desgraciadamente, van desapareciendo...

el chico de la consuelo dijo...

Algunos días, en medio de la madrugada, se abren los sueños y no sé si recuerdo más fuerte, las tiendas colmadas, las calles de pueblo vacias o una noche en la que Metheny tocaba en el Principal mientras yo aprendía a ser mayor.

Doctora Anchoa dijo...

En muchos pueblos del Pirineo sigue habiendo tiendecitas así, aunque la mayor parte sí que tienen nombre.

Doctora Anchoa dijo...

¡Ah! y completamente de acuerdo. Te hace sentir muy bien saber que te quieren, pero es mejor aún que te lo digan.

Anónimo dijo...

No era necesario irse a ningún pueblo para encontrar esas tiendas, en las ciudades de provincias tambien existian.
La gente entraba, se saludaban por el nombre, compraban y casi siempre oias la misma frase: Apuntamelo.
El tendero sacaba su libreta, buscaba la hoja de la señora en cuestion y ale, prestamo al 0% de interes.
Eso si era fresh banking y no lo de ahora...

Vicent

Teresa, la de la ventana dijo...

Es curioso cómo vamos seleccionando los recuerdos, ¿verdad, Chico?

Si nombre tenían, Doctora, pero no tenían cartel. Eso era lo que a mí me desconcertaba tanto. Lo mismo era una rareza sólo de ese pueblo, no sé. Y sí, mola que te lo digan. Mucho.

Bueno, Vicent, en aquellos años yo me movía sólo por Madrid y el pueblo. Mis viajes a capitales de provincia empezaron mucho más tarde. Supongo que también me chocaba lo distinto que podía ser El Corte Inglés, donde ir era otra aventura, por distancia y por impacto, y esas tiendas.

El niño desgraciaíto dijo...

Yo recuerdo ir a por leche a la casa de una señora. Era su casa, no era una tienda ibas con la lechera y te la llenaba.

En frente estaba la 'Chencha' que era la que vendía las gominolas y tampoco había cartel ni nada que lo diferenciara de otra casa.

Lo veo con nostalgia, pero ahora veo como una molestia estar el el pueblo de segovia y tener que coger el coche para ir a comprar el periódico.