jueves, 21 de octubre de 2010

La bolsa y la vida (Relato)

NáN me invitó hace dos semanas al Taller Bremen, un grupo de gente que escribe y se reúne de vez en cuando para compartir sus historias. Aunque pensaba que sí, al final no voy a poder asistir a sus sesiones en carne mortal, pero por suerte existe la posibilidad de hacerlo a distancia. Y eso fue lo que hice ayer: mandé mi relato a NáN por correo electrónico, y él lo leyó en voz alta a los demás. No es lo mismo, pero... es lo que hay.

Esta es la primera historia que he escrito pensando en el Taller Bremen (cada vez que se reúnen, proponen un tema sobre el que escribir para el siguiente día; el día que fui yo fue "Una misma historia contada desde dos puntos de vista, por dos personajes, con enfoques opuestos..."). Espero que no sea la última...




LA BOLSA Y LA VIDA




La bolsa
No consigo quitármela de la cabeza. A esa chica, la del metro. Entrando en el vagón como un torbellino. Sentándose a toda prisa a mi lado. Sus rizos oscuros rozándome la cara. Esos ojos chispeantes clavándose en los míos, murmurando una disculpa apresuradamente. Un bonito último recuerdo, desde luego. Porque yo, aunque ahora esté aquí, contando todo esto, ya estoy muerto. Es sólo cuestión de horas que todo se sepa. Paco me llamará, y tendré que responder. Podré dejarlo sonar un par de veces, pero si lo hago, sólo retrasaré un poco lo inevitable. O lo precipitaré. Se impacientará, y sospechará que algo raro pasa. Dar la cara ahora sería lo más sensato, al menos mi fin sería más digno. Porque cuando diga que he perdido la bolsa con el dinero, sé que lo primero que pensará es que me estoy riendo de él. Nadie se ríe de Paco, y menos alguien como yo. Sólo por eso, por la remota posibilidad de que pueda estar vacilándole, podría pegarme un tiro, o patearme la cabeza personalmente, sin necesidad de encargárselo a otro. Pero creo que no lo hará. Al menos no de manera inmediata: antes intentaría averiguar dónde lo he escondido. De nada servirá que le diga la verdad. Porque lo que ha pasado es tan absurdamente estúpido que lo normal es que no me crea. Yo no lo haría. Lo más lógico es que haga lo que terminará haciendo, lo que haría cualquiera en su lugar: matarme. Ignoro si la ira le llevará a hacerlo bruscamente, si usará la navaja o tirará de pistola, o si la avaricia le dará la paciencia suficiente como para acabar conmigo poco a poco, mientras intenta inútilmente que confiese. No lo haré, porque no puedo, así que, si la cosa se complica, me temo que me espera una larga agonía.

Y sin embargo, sabiendo que me quedan pocas horas de vida, soy incapaz de dejar de pensar en ella. Debería estar buscando una salida, una manera de salvarme, de huir, pero es inútil. Mi cerebro dejó de funcionar en el momento en que ella se sentó a mi lado. A partir de entonces, el olor de su pelo lo invadió todo, y el atraco me empezó a parecer algo lejano, ajeno, como si en lugar de haberlo vivido apenas unos minutos antes de sentarme en el vagón, lo hubiese visto en una película. Cuando me miró a los ojos mientras me pedía perdón con esa sonrisa, juro que llegué a creerme mi propia fantasía. Pero ni yo era un tipo que volvía del gimnasio, ni en la bolsa de deporte llevaba calcetines sucios ni raquetas de padel. Estaba acalorado, y sudoroso, sí, pero sólo porque me había pegado una buena carrera desde la sucursal del banco, esquivando a la gente mientras bajaba de dos en dos las escaleras mecánicas. Y porque el dinero pesa. Mucho. Prueba a llenar una bolsa de deporte, a tope, hasta que apenas puedas cerrar la cremallera. Con billetes de cincuenta euros.

Cuando las puertas del vagón se abrieron en la estación de Sol, algo en mi cerebro volvió a ponerse en marcha. Había que seguir el plan. Me levanté de un salto, la miré por última vez y salí corriendo.

Sin la bolsa.

La vida
Lo peor de todo esto es tener que arreglármelas yo sola. Decidir qué hago. Saber si lo que elijo es lo mejor, o si estoy metiendo la pata hasta el fondo. Y es que no puedo contárselo a nadie. Ya me inventaré algo, lo que sea, a mí imaginación no me ha faltado nunca, y espero que ahora tampoco. Que conste que no soy mentirosa, pero puedo contar trolas, y bien gordas, si es necesario. Y ahora mismo lo es. Mi madre es muy buena persona, pero de tan buena que es, es tonta, y sé que si le dijera la verdad, no tocaría el dinero. Peor aún, me haría devolverlo, y eso sí que no. Para que se lo quede algún listo del Metro. Vamos, que no. Y mi hermano… bueno. El pobre anda tan desesperado que ni preguntaría. Y no me da la gana que se lo lleve todo, por mucha falta que le haga. Así que me parece que tendré que callarme. Lo malo es que ni sé dónde guardarlo. Y anda que no canta este pedazo de bolsa. Espero que ahora, cuando llegue, mi madre esté en la cocina y pueda colarme rápido, sin que me vea. Pero no puedo guardarla en mi habitación, descartado. No hay cajón ni balda que ella no controle. Abrir una cuenta en el banco, tampoco. Aunque no te pregunten de donde sale el dinero que ingresas, no sé, me da miedo. Se mosquearían viendo a una tía como yo con tantísimo dinero encima. Y en efectivo. Uf. Quita, quita. Pero espera, ¿y si lo dejo en casa de Marisa y Angel? Eso estaría bien, yo soy la única que limpia y coloca allí, pero ¿dónde podría esconderlo? En la habitación de Luis podría ser, en algún cajón del armario, o en el altillo, donde la caja de los jerseys de lana… Sí, pero si a Marisa se le ocurre alguna tarde buscar algo en el cuarto del niño y lo encuentra… no, no, imposible. En el tendedero, donde los detergentes… podría ser. Está claro que tengo que encontrar un buen sitio allí, no tengo otra opción. Podría ir cogiendo un poco de vez en cuando, lo suficiente como para que no se note demasiado, porque a ver cómo explico yo que de repente gano más, según están las cosas en los trabajos. Pero si cojo un poquito, así, de tarde en tarde, lo suficiente para que nos permita terminar el mes más sin ahogos, digo yo que no se notará tanto... Siempre puedo decir que Marisa me ha dado una propina extra porque están muy contentos conmigo. O que la señora Remedios me ha dado algo por ir a leerla. Pero ¿y si mi madre le comenta algo? No, mejor no. Esa señora no me ha dado en la vida ni para pipas, y anda peor de dinero que nosotros, no colaría. Mejor Marisa y Angel. Mi madre no les conoce, y tendría bastante más sentido. Haciéndoles la casa, el niño y la comida, y con lo que me pagan, tampoco es de extrañar que se estiren un poco. Sí, creo que podría funcionar. Espera… Sí, diré que les ha tocado la primitiva, y que andan especialmente espléndidos por eso. Esas cosas pasan, aunque parezca que no, todas las semanas le toca a alguien. ¿Por qué no a ellos? Si encuentro el sitio adecuado en su casa, ya está resuelto. Porque yo ese dinero no lo devuelvo. Vamos, que no. Por una vez que tengo suerte y me encuentro algo… Con la falta que nos hace. Sí, funcionará. Ya me encargaré yo de que funcione. Uf…, no sabía yo que los billetes pesaban tanto… La jodía bolsa me está haciendo polvo la mano…








14 comentarios:

Alegría. dijo...

Me gustan este tipo de relatos, donde se va desgranando, a partir de un pensamiento, la personalidad de un individuo, hasta ahora, desconocido. Me gustan los detalles (el olor de su pelo) y cómo se van despojando, poco a poco de su misterio, hasta convertirse en "habituales".

Anniehall dijo...

Me encanta.

Doctora Anchoa dijo...

Muy chulo, Teresa.

Peque dijo...

Genial, a ver el próximo. Un abrazo

Alegría. dijo...

... pues nada, que acabo de terminar las tareas del cole y antes de empezar con las mías de tarde, paso a darte un beso.

José Antonio Peñas dijo...

Se lee muy bien, Teresa, y casi se huele.

Tochi dijo...

moooola

Teresa, la de la ventana dijo...

Me alegro de que os haya gustado.

Aroa dijo...

Hola Teresa:
Nán lo leyó muy bien. Pero era fácil. Tu relato nos gustó mucho a todos.
Besos.
Yo también espero que no sea la última.

Fleischman dijo...

Me acojonó el Paco. Creo que es lo mejor del relato, Teresa. Esa forma en la que el ladrón asume que la ha cagado y que no se va a escapar del castigo por una torpeza de la que en realidad no se arrepiente.

Teresa, la de la ventana dijo...

Gracias, Aroa. A ver qué sale la próxima vez.

Jajajja... ¿En serio, Fleischman? Pues habrá que seguirle la pista...

NáN dijo...

Lo que es difícil es que yo lea bien; pero en fin, ya se sabe, donde te tratan con cariño todo es alegría.

Estoy de acuerdo con Fleischman, la primera parte es de un muy alto nivel. Encuentras el instante en que una persona que acaba de dar un atraco y tiene una subida de adrenalina, y debe estar cansada de su vida, al oler el pelo de una joven (al ver la vida que no fue o no pudo ser), decide nombrarla heredera de todos su bienes y de los bienes ajenos; y hacer frente a la muerte. Y lo escribes de una manera creíble y sencilla, sin exageraciones del tipo "voy a escribir algo fuerte".

Al lado de esa parte, de ese ser complejo, por fuerza la segunda decae. He hecho una prueba, leer primero la segunda, y entonces cobra fuerza y el relato va in crescendo.

Un abrazo.

Teresa, la de la ventana dijo...

No, NáN... La bolsa se le olvida. No es ningún suicida, aunque sea totalmente consciente de lo que le espera, no lo ha buscado, al menos no conscientemente.

Ella no es tan fascinante como él porque tampoco lo es la vida normal y corriente de alguien con una rutina sin emociones y con poco dinero. Por eso os choca, y el chaval brilla tanto. O sea, objetivo conseguido.

NáN dijo...

Pues Teresa, Ten points.