viernes, 1 de octubre de 2010

Retales de mi vida, que decía el otro...

Si fuese adoptada y pusieran a mi verdadera madre en una rueda de reconocimiento de pies con rozaduras de zapatos, no haría falta prueba de adn para probar mi filiación. Tengo los pies igual de sensibles que ella. Da igual que me ponga unos zapatos nuevos o los más viejos y usados de mi armario: si son cerrados y no me pongo medias o calcetines, terminaré con heridas. Venía pensando esto de vuelta de mis recados de hoy, después de tener que parar a comprar tiritas y forrarme los talones con ellas para poder llegar a casa sin cojear.

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Me he vuelto a apuntar al taller de escritura que el ayuntamiento del pueblo organiza cada año. Esta vez son sólo tres meses, hasta diciembre. El año pasado no fui. La gente que conozco de hace dos años no va a ir éste: los horarios no les cuadran. Tres horas en medio de la tarde no son lo mejor para gente con hijos, actividades extraescolares mandan. Me pregunto qué tipo de gente irá este año al curso. Por lo que he visto en la cola de secretaría, la franja de edad se mueve en un tramo de una década por encima de la mía: mujeres con hijos mayores y con su libertad recuperada. Ni un sólo hombre entre las cuatro que he visto esperando en la cola. Para que luego hablen de "literatura femenina"...

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Me estoy dando cuenta del miedo que se tiene al silencio. Justamente hace un rato, cuando me he puesto los auriculares del teléfono para escuchar la radio camino del ayuntamiento. Y me he sorprendido sin prestarle la menor atención, de hecho el volumen estaba demasiado bajo, pero lo suficiente como para meterme un molesto run-run en los oídos, que ha llegado a molestarme tanto como para apagarlo. Así que, a la vuelta, ya en casa, he decidido no poner tampoco la radio de la cocina. ¿Tan malo es escuchar sus propios pensamientos? Supongo que sí. Especialmente cuando son sombríos, o cuando no puedes dejar de darle vueltas a algo, tu cabeza puede convertirse en una especie de centrifugadora nada fácil de soportar. El ruido distrae, se impone por la fuerza al resto de las cosas que tienes en la cabeza, está claro. Me pregunto, no sin cierto pesar al cruzarme en ese instante con una adolescente que manipula su ipod, si toda esa gente que va siempre con los cascos puestos tiene tantos problemas que necesita refugiarse constantemente en la música para esquivarlos.

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La franqueza a veces es un arma de doble filo. Porque puede hacer daño al otro, y si el otro significa algo para ti, su dolor te dolerá como propio. Y sin embargo, es necesaria. O inevitable, por una mera cuestión de carácter. La sinceridad es como el agua oxigenada, que escuece, pero cura. Algo que, cuando tienes la piel en carne viva, te importa bien poco, la verdad.

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A veces me pregunto cómo me las apaño para terminar quedándome siempre sola. ¿Será que realmente tengo lo que me merezco?

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Acabo de darme cuenta de que ayer hizo dos años del diagnóstico de mi marido. Dos años de supervivencia en una enfermedad tan grave es un pequeño milagro cotidiano. Lo sé. No necesito aniversarios para darme cuenta de eso. Cada día, antes de meterme en la cama, soy consciente de que ha pasado un día más a mi lado. Sigo mirando la caducidad de las latas de conserva con aprensión, preguntándome si para entonces seguirá vivo. Y duele. Quizás por eso últimamente compro muchos más productos frescos....

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Qué largo ha quedado esto. Pero da igual. No voy a meterlo en la nevera. 

23 comentarios:

molinos dijo...

¡Ánimo!!!..Mucho ánimo y un beso.


Para las rozaduras..los parches de compeed son los mejores..mmm..esto a lo mejor ha quedado un poco frívolo, pero de verdad funcionan.

Doctora Anchoa dijo...

Teresa: Alguna vez dices que no eres valiente. Mentira. A mí me lo pareces, y mucho. Y no te mereces quedarte sola, mereces mucho, mucho cariño. Un besote.

Alegría. dijo...

Me has sobrecogido y no deseo decir nada más.
Sólo un beso.

Teresa, la de la ventana dijo...

Gracias, Moli. Nada de frivolidad, un buen consejo nunca se echa en saco roto...

Obligada te veas, Doctora. Creo que todo es mundo es un cobarde hasta que le toca ser valiente... y lo es. En cuanto a lo de la soledad, cuando la historia se repite demasiadas veces empiezas a hacerte preguntas.

Otro para ti, Alegría.

miedoslibres dijo...

Eres muy valiente y mi abrazo va contigo, con otros muchos que también te arropan.

Un petó!

Peque dijo...

A mí me pasa lo mismo con los pies, incluso en verano cuando era pequeña me rozaba con el lateral de la suela del zapato en el huesecillo del tobillo y acababa con heridas y viendo las estrellas.
Por lo demás lo único que puedo hacer es que sepas que estoy aquí, esperando que publiques, sobrecogida como dice Alegría.
Muchos muchos abrazos de los que reconfortan

El niño desgraciaíto dijo...

Mucho ánimo, valiente.

Ángel Rodríguez dijo...

Teresa, me encanta como escribes, eres muy sencilla y directa en todo lo que dices.
Dale muchos recuerdos a Thierry.

Jesús Miramón dijo...

Yo también pienso, he pensado siempre, incluso antes de que fuese tan necesario serlo, que eres una persona valiente.

Mayte dijo...

Precioso post

Teresa, la de la ventana dijo...

Gracias, Pedro. Eres una presencia constante a ese lado de la ventana desde hace mucho, y siempre consigues sacarme una sonrisa (ruborizada, además).

Calla, calla, Peque. Esa herida de la que tu hablas me la hicieron a mí hasta los zapatos de la comunión... ¡con calcetines y todo! Respecto a lo otro, gracias. Aunque me da un poco de cosa angustiaros, la verdad...

En ello estamos, Niño. Capeando el temporal.

¡Angel! Qué sorpresa. Bienvenida, guapa. Tú si que eres una valiente, lo demás son chorradas...

Ays, Jesús. No me hagas hablar, anda... O tendré que contarles a todos lo buena persona que eres...

Gracias, Mayte. Cuánto tiempo...

Miguel Baquero dijo...

Debe de ser muy duro lo de vivir con la vista puesta en un día más; espero que pronto puedas dejar atrás todo eso y pensar alegremente en un futuro

Teresa, la de la ventana dijo...

Pues no es fácil, Miguel. Pero bueno, tampoco hay alternativa, así que se hace.

Anniehall dijo...

Lo de la caducidad de las latas me ha dado un escalofrío.

Desde aquí también ánimo y un abrazo.

Yendo a lo frívolo, Moli tiene razón, los parches esos son maravillosos. Yo ayer me puse tiritas en lugar de parches y tengo los talones destrozados.

Teresa, la de la ventana dijo...

A mí me da cada vez, Annie. Aunque recuerdo especialmente el impacto de la primera vez que pasó. Me quedé parada frente a la despensa. Fue como si una de las ruedecitas del mecanismo que hacía moverse a mi mundo se rompiese para siempre. Juro que casi pude oir el "crack"...

En cuanto a los talones, tengo el izquierdo fatal, me escuece horrores. A ver si mañana amanece mejor.

Elvira dijo...

Iba a decirte que estoy muy de acuerdo con lo que escribes sobre el silencio y la sinceridad... pero ante tu penúltimo párrafo enmudezco. Sólo un fuerte abrazo

NáN dijo...

Me gusta que cuentes la vida como es: amplia. Que hables de lo pequeño, una rozadura, en el mismo sitio que de lo horrendo, la muerte.

Comparto absolutamente lo del silencio. Jamás tengo la radio o la televisión puesta, si no es para oírla o verla. Cada medio año, más o menos, me veo la película de los cartujos y el silencio. No tengo música de fondo, solo la pongo para oírla sin hacer otra cosa. Y solo me pongo auriculares en el trabajo, para aislarme de los demás. Y creo, es una opinión, que la gente oye música constantemente para llenar su vaciedad, porque no convierten los pensamientos en palabras.

No estoy nada de acuerdo en lo de la sinceridad a rajatabla. La vida se ha convertido, para mí, insisto, en una aceptación de las pequeñas cosas de los demás, a cambio de que acepten las mías. Hay momentos para la sinceridad, pero muchos más para que los otros se sientan apoyados, estimulados.

La muerte, más o menos anunciada, es una carga demasiado pesada para dos hombros y una sola cabeza. No te has venido abajo, estás aquí, interaccionas, cuentas y hasta das rcetas para que los demás coman bien.

Pues un abrazo muy fuerte

Teresa, la de la ventana dijo...

Otro abrazo para ti, Elvira.

Yo tampoco estoy de acuerdo con la sinceridad brutal de la que muchos alardean sin tacto alguno, NáN. Me refería a esa franqueza que te obliga con el otro, por honestidad contigo mismo y con él. Y que a veces te estalla en las manos. Y manda todo a paseo.

NáN dijo...

Si sabemos distinguir dónde está esa línea entre la brutalidad y la franqueza honesta, no hay peligro. Como no la conozco, prefiero cuidar de los míos a pasarla en falso. De todos modos, hay maneras y maneras de no mentir.

Elvira dijo...

Esa sinceridad brutal es un arma arrojadiza. Pero una manera de interactuar honesta, que no implica decir todo lo que se piensa, me parece la base para las relaciones que valen la pena.

José Luis Ríos dijo...

Hola, Teresa. Solo dos líneas para mandarte, como muchos de los que te leen, ánimos, muchos ánimos.

Saludos

Amanita Faloides dijo...

Sentirse sola y estar sola son dos cosas diferentes, a veces es sólo cuestión de que escucharlo: no estás sola. El ruido acompaña, pero no exluye la vida interior, a veces ayuda a marcar el compás, nada más.

Lo de los pies es una faena, los Compeed sons lo mejor, es cierto. Siento que sólo valgan para los pies, si no, te mandaba una cajita para las otras rozaduras.

Bon courage Thérèse!

Teresa, la de la ventana dijo...

En la justa medida está el secreto, Elvira...

Gracias, José Luis. Bienvenido.

¿Tú crees, Amanita? Ojalá sea yo quien se equivoque, y la próxima vez alguien me quite la razón de un sopapo. Lo recibiré gustosa.