martes, 25 de enero de 2011

Departamento de zapateria

La señora debe tener unos setenta y tantos, cerca de los ochenta. Lleva una bolsa del supermercado de El Corte Inglés, donde se adivinan una barra de pan, un cartón de leche desnatada y alguna otra cosa más de comer. Productos que seguramente habría podido comprar en la tienda de al lado de su casa, pero no lo ha hecho. Se ha vestido, pintado y arreglado para ir hasta allí. ¿Por qué? Pues seguramente porque es un lugar bullicioso, animado, vivo. Hay gente, movimiento, calor. De una calefacción exageradamente alta, sí, pero también del otro. Me siento a probarme los botines, y cuando intento meter el pie en un treinta y nueve exageradamente pequeño, me pregunta qué hora es. No llevo reloj, así que me quito el zapato, y saco el móvil del bolso. Son las cinco y veintidós. Me sonríe. Eso es todo. Le agradezco que no se sienta obligada a ser amable y a decirme lo bien que me queda el cuarenta que la vendedora me ha traído mientras tanto. Me gustan tanto que me extraña que no lo haga. Pero no puede. Se ha dormido. El sillón de la sección de zapatería es bastante cómodo, y la gente entra, mira y sale con celeridad, vendedores incluidos, nadie se fija en nadie. Bendito anonimato de las grandes ciudades. Si no son ni las cinco y media, queda mucha tarde por delante. Ya volverá a casa más tarde. Total, hasta que empiece Arguiñano queda un buen rato.

Los botines me quedan genial, son cómodos y llevo buscándolos todo el invierno, así que me los llevo. Pago y vuelvo sobre mis pasos para ver si la buena mujer sigue echando su cabezadita. Los ancianos tienen el sueño ligero, supongo que se ha despertado cuando mi sitio a su lado ha sido ocupado por un señor gordo y bronceado, que se prueba unos zapatos pequeñísimos en unos pies que parecen de otra persona. La señora le mira, y juraría que está pensando exactamente lo mismo que yo por la cara rara que está poniendo. Me paro un instante, y le digo: "Adiós, buenas tardes". Me mira como si me viese por primera vez, pero me responde con un "Vaya usted con Dios". Y ahí se queda. Despierta otra vez. De momento.

Estoy segura que si volviera a pasar mañana, o dentro de una semana, estará de nuevo allí. O en el mes de julio. Afortunadamente, a los de El Corte Inglés también se les va la mano con el aire acondicionado...

6 comentarios:

A filla do mar dijo...

Me ha encantado.

:-)

Fernando dijo...

Hola, Teresa.

Comprendo tu ternura. Todo lo que tiene que ver con los viejos nos produce una compasión especial. A lo mejor si eso mismo te pasa con un adulto te hubiera molestado. Por lo que veo, la abuela también les cayó bien a los dependientes de ECI.

Comprendo también tu alegría por la compra: encontrar unos zapatos, un jersey, un cuaderno que te gustan a un precio razonable y salir de ECI con ello bajo el brazo es un placer insuperable.

Miguel Baquero dijo...

Cuánto me alegro de leerte. Preciosa y tierna historia. Me ha recordado, con cierto pellizco de pena, a esos jubilados que se sientan con el bastón entre las piernas, como en los poyos de los pueblos, en los bancos de los centros comerciales

Teresa, la de la ventana dijo...

Los centros comerciales se han convertido en las nuevas plazas de los pueblos, Miguel. Cumplen exactamente la misma función: tomar el sol en invierno y el fresco en verano. Ver gente. Cotillear un poco con los amigos. Pegar hebra con un desconocido si se tercia. Y, de momento, también es gratis. Pero yo no lo veo con pena. Cuando la gente de tu edad empieza a morirse o a vivir en residencias, ¿qué te queda? Uno se adapta a lo que le va quedando. Hay cosas peores que sentarse a ver pasar la vida, sobre todo cuando ya te queda poca por vivir.

Bo Peep dijo...

Me encanta leerte como ya me encantaba hace años. Me gusta la capacidad que tienes para ver las cosas de un modo diferente y me gusta también comer contigo, o sea que... cuando tú quieras.

miedoslibres dijo...

Puñetera... Has vuelto!! Bieeeeen! Ole oleole!!