jueves, 27 de enero de 2011

Es lo que hay


Supongo que hay cosas que nunca cambian porque nosotros no cambiamos. Eso que, aparentemente, lo hacemos constantemente. A cada minuto, cada acontecimiento, grande o pequeño, nos hace evolucionar, mutar incluso, y sin embargo ciertos aspectos de uno se mantienen inalterados e inalterables a lo largo del tiempo. ¿Los más molestos? Pues no siempre, menos mal. ¿Los más favorecedores? Afortunadamente, también esos pueden ser persistentes, y no marchitarse con los años. Pero eso que va quedando, lo que pase lo que pase siempre termina saliendo a flote, suele ser lo que más nos define, muy a nuestro pesar o para nuestra secreta satisfacción vanidosa. Porque algunos de esos rasgos tan marcados de nosotros mismos pueden ser un bonito pan debajo del brazo que nos encontramos al nacer, mientras que otros, por el contrario, se convierten en una losa pesada de la que no hay manera de librarse. 

Y llega un día en el que asumes que eres como eres, sin vanidades ni soberbias, sin resignación cristiana ni atea, simplemente dándote cuenta de que hay cosas que irán contigo siempre. Las llevas pegadas a la piel, y deberías arrancártela a tiras para librarte de ellas. Y de poco serviría, porque cuando volviera a salir, sería la misma piel, con los mismos defectos y las mismas virtudes grabadas a fuego. Así que aprendes a llevar con garbo el fardo que te ha tocado en suerte o desgracia, a sacarle partido incluso, y de pronto te das cuenta de que no te molesta en absoluto no poder evitar ser así, directa, sincera, clara, aunque eso te traiga más de un problema. Porque sabes que amordazar esa manera tuya de enfrentarte a las cosas haría de ti un fraude, quizás mucho más sociable y popular, pero una extraña, eso sí, tremendamente diplomática, a tus propios ojos.

Así que sigues adelante, con lo mejor y lo peor de ti en un lote indivisible, dejando en el camino más de un cadáver, un puñado de decepciones ajenas y propias y sabiendo que, pase lo que pase, aunque algo más sola de lo que desearías, podrás seguir mirándote al espejo y reconociéndote.

7 comentarios:

El niño desgraciaíto dijo...

Bueno, creo que es importante llevarse bien con uno mismo. A fin de cuentas es quién siempre está ahí.

Mirarse al espejo sin reproches es importante.

Fernando dijo...

La reflexión es buena, Teresa, y dices bien: hasta que uno no admite el "pan debajo del brazo" que trae al nacer no es feliz.

Dicho esto, a veces cometemos el error de creer que algunas cosas de nuestro carácter, que juzgamos como defectos, son inevitables, cuando en realidad podríamos superarlas con un poco de esfuerzo (vamos, por seguir con tu símil, que no son el pan sino la bolsa en que viene el pan).

Carmen dijo...

Si se es sincero, directo y claro, del todo, entonces al lado va siempre un "no puedo evitarlo". Si se puede evitar, no se es sincero, directo y claro del todo. Otra cuestión es poder dulcificarlo, controlar las palabras para que no herir. Y otra cuestión es vivir con ello en un mundo donde la falsedad lleva premio.

Teresa, la de la ventana dijo...

La sinceridad y la claridad no tienen por qué ser hirientes en sí mismas. Ni en el fondo ni en la forma. Pueden ser incómodas, porque en cierto modo te obligan a corresponder en la misma longitud de onda. Y por eso, cuando saltan por los aires las maneras políticamente correctas y se ven los verdaderos sentimientos, puede pasar cualquier cosa. Por cierto, bienvenida, Carmen.

Pero yo no quiero aprender a ser falsa. Ni de coña. Aunque me facilitara las cosas. No creo que el esfuerzo merezca la pena, Fernando.

Pues sí, Niño. Lo primero es quedar bien con uno mismo, porque nos tenemos demasiado cerca para no soportarnos. El resto, después.

Jesús Miramón dijo...

Creo que ya lo sabes pero te lo digo directamente: me alegro muchísimo de que vuelvas a escribir en tu ventana. Sobre el contenido del texto te confesaré que yo siempre he pensado que eres, en el mejor sentido de la expresión, una mujer de armas tomar. Un beso.

Teresa, la de la ventana dijo...

Bueno, Jesús, era sólo cuestión de tiempo y ganas. Es lo bueno de esto de las bitácoras, que puedes irte y volver a la medida de tus deseos o tu ánimo escritor, y siempre está ahí (igual que algunos lectores...).

En cuanto a lo otro, veo que ya me vas calando...

;-)

Miguel Baquero dijo...

No merece la pena, desde luego, ser sociable y popular a cambio de extrañarte a ti misma