viernes, 25 de febrero de 2011

Se hace camino al andar, o eso dicen (IV)


(Seguimos con el Decálogo del Caminante, de Manuel Pimentel)

Cuarto: a meta alcanzada, nueva meta planteada. Evitarás el horror vacui de una vida sin proyecto ni norte. Esas nuevas metas no sólo deben conjugarse con el más y más, sino con lo diferente y, sobre todo, con lo mejor.

Los sueños, las ilusiones, los proyectos son imprescindibles. Por eso, lo de vivir cada día como si fuera el último, suena muy bien, como algo muy vital y efervescente. Pero en la práctica es algo realmente es terrible. Insoportable. Sé lo que es, me ha tocado vivir así durante mucho tiempo, y no se lo recomiendo a nadie. Ni para probarlo siquiera. El Carpe Diem es precioso sobre el papel, pero mejor no sacarlo de ahí, de la teoría. Porque si supiéramos que vivimos nuestro último día, estaríamos tan abatidos y hundidos que se nos quitarían las ganas de hacer deprisa y corriendo todo lo que tenemos pendiente. Pero si el Carpe Diem es algo tan poco fácil de llevar a cabo, por muy bien que suene es, más que nada, porque no se puede andar mirando tus propios pies. Se puede, claro, pero es incómodo. Uno se tropieza. Hay que fijar la vista más allá. Aunque sepamos que nuestras metas están demasiado lejos, aunque dudemos mucho de poder alcanzarlas algún día. No importa. O sí, pero da igual que importe. El caso es no perderlas de vista, seguir andando, mantener la ilusión. Porque muchas veces, eso es más que suficiente.

6 comentarios:

Jesús Miramón dijo...

1.

Leído en alguna parte: «Si vives cada día como si fuese el último la hipótesis se hará realidad» (o algo así).

2.

Cuando te leo que hay que fijar la vista más allá me recuerdo en el coche de mis padres durante las vacaciones, camino de la playa. Cuando faltaban pocos kilómetros para alcanzar la costa esperábamos con el corazón en un puño el momento maravilloso, único, mágico, en el que aparecería el mar al girar la próxima curva, o entre dos montañas, o al ascender una loma. Aquel instante, cuando el azul del mar brillaba bajo al sol al final del paisaje, era para nosotros, niños mesetarios para quienes el mar era un planeta lejano, el instante cumbre de las vacaciones, un instante anclado para siempre en mi memoria como metáfora de muchas cosas.

Sí, hay que fijar la vista más allá con aquella ilusión, a pesar de los golpes y dardos de la airada fortuna, que decía el príncipe de Dinamarca. Hay que fijar la vista más allá porque ¿quién sabe lo que nos espera cuando subamos a aquella colina, cuando descendamos al valle, cuando crucemos el río?

Teresa, la de la ventana dijo...

Y ya ves, Jesús, ese momento, y no otro, es el que recuerdas después de tantos años. Y sigue siendo emocionante.

Gonzalo dijo...

Amén, Teté.

Teresa, la de la ventana dijo...

Lo bueno (o lo malo) del horizonte es que siempre está ahí. Cuanto más te acercas, más se aleja. Crees que ya has llegado, y puede que sí, pero sigues viéndolo, lo cual te invita a seguir andando un poco más. Creo que está hecho aposta, Gonzalo. Para que no sintamos nunca la angustia de que todo se acaba.

Miguel Baquero dijo...

Somos animales de rutinas, lo más que hacen muchos es buscarse con frecuencia una rutina diferente, pero eso de vivir cada día sin pensar ni imaginar lo que vendrá mañana creo que puede ser realmente angustioso

Teresa, la de la ventana dijo...

Por supuesto, Miguel. La rutina te ancla, te da seguridad, evita que te disuelvas en la vorágine de lo desconocido, de lo incontrolable. Tiene una parte, ya no buena, sino necesaria.