sábado, 26 de febrero de 2011

Sweetwater-Madrid-Sweetwater (Relato)

A petición popular (bueno, sólo me lo pidió la Maga, pero es suficiente, ¿no?), pongo el relato con el que gané un premio convocado por mi facultad hace veinte años.


Cuando me dispongo a abandonar para siempre el país que me vio nacer, camino de la tierra que mi padre dejó atrás hace ahora treinta años, yo, Joe Walker Martínez, quiero dejar claros los motivos que me han llevado a tomar esta decisión, pues estoy seguro de que mi marcha sorprenderá a todos los que me conocen, alegrará a algunos y disgustará a la mayoría.

Como puede deducirse por mi nombre y mis apellidos, mi madre es española, y mi padre, norteamericano. A pesar de los miles de kilómetros que separan Madrid de Sweetwater (Texas, USA), la casualidad hizo que mis padres se conocieran y quedaran mutuamente fascinados, toda una suerte para los dos, pues mayor afinidad de caracteres e intereses no hubiera podido darse entre dos personas. Bien es cierto que podrían no haber llegado a encontrarse nunca, y si así hubiera sido la que hoy es mi madre en estos momentos sería una monja de mediana edad, seguramente franciscana, dedicada a las labores de la cocina de algún convento de Madrid o sus alrededores. Si mi padre se hubiese quedado en Sweetwater, al frente del almacen de ultramarinos de mi abuelo Norman, habría acabado alistándose en el cuerpo de "marines", o casándose con Andie Long, la hija del alcalde y propietario de la concesión de Ford en Sweetwater. Si bien la opción militar hubiera ido contra los principios del joven Donald Walker, mi padre hubiera enloquecido al lado de una muchacha criada entre coches, facturas de pagos a plazos, licencias municipales de obras y planos de terrenos rústicos y urbanizables. Esa no era vida para un hombre que, el día de su veintitrés cumpleaños, escribió los nombres de todos los países del mundo en pequeños papelitos, y decidió que viviría el resto de su vida empezando de cero, como los colonos que hace años fundaron Sweetwater, en el estado que su mano sacara al azar de entre todos ellos. Un tipo que llegó a Madrid sin hablar ni una sola palabra de español, y después de tres décadas, es dueño de cinco tiendas de ultramarinos repartidas por cinco de las mejores barrios de Madrid, con óptimas expectativas de expansión ante el éxito que supuso la novedad de vender exclusivamente artículos no españoles, literalmente "ultramarinos", desde las latas de sardinas marroquies a las nueces californianas, pasando por arroz vietnamita o chocolate suizo. Alguien así sólo podía ser completamente feliz al lado de una mujer que, cansada de servir en casas en las que el hombre era poco menos que un huésped al que se veía por allí tan sólo para satisfacer sus necesidades alimenticias y sexuales, decidió que sólo se casaría con un americano o se metería a monja. Para mi madre, los sobrinos del Tío Sam eran los seres más simples, en el sentido de inocentes y medio salvajes, aventureros y emprendedores, deseosos de llevar a cabo todos sus sueños, de todo el planeta. Mi madre siempre ha sido demasiado aficionada a las películas del oeste. Frente a los "yankees", los hombres españoles que mi madre conocía eran todo lo contrario: de mente estrecha e ideas fijas, poco dados a las extravagancias, amantes de la rutina y el orden, sin mayores ambiciones que llegar bien a fin de mes e ir al fútbol, sin pizca de imaginación. Incluso el primer encuentro entre Donald Walker y Esperanza Martínez fue revelador y significativo para ambos. Mi padre arrolló a mi madre en unos grandes almacenes, mientras iba leyendo en el periódico una entrevista a Audrey Hepburn, y ella, por su parte y según confesó posteriormente, llevaba a duras penas los paquetes de navidad de la que sería la última casa en la que sirviese, y pensaba lo guapísimo que había encontrado a Gregory Peck en "Vacaciones en Roma", la película que esa misma mañana había llevado a ver a los niños de la casa, en sesión matinal. Un choque frontal que pudo haber tenido fatales consecuencias si mi padre no hubiese roto gracias al impacto media docena de copas de jerez, y por el cual estoy hoy aquí contando esta historia. El hecho de haber conocido a una chica chocando contra ella en unos grandes almacenes, al mas puro estilo cinematográfico, y que esa chica se llamara Esperanza, fue decisivo para mi padre, que a partir de ese momento concentró todos sus esfuerzos en conquistar a mi madre. El no sabía que mi madre ya había caído a sus pies en el momento de la colisión, cuando, instintivamente, mi padre exclamó: "I'm sorry, I'm so sorry". Donald Walker llevaba ya año y medio en Madrid, y trabajaba en un supermercado como supervisor-mozo-cajero, es decir, llevaba el negocio junto al dueño, un viejo segoviano a punto de jubilarse, casado y sin hijos. Yo nací a los veintisiete meses del encontronazo entre mi padre y mi madre en la planta de juguetes. Puedo afirmar que fui un niño deseado, fruto del amor y de la felicidad de una pareja que no dejaba de pellizcarse uno al otro para cerciorarse él, de que no estaba aún en Sweetwater, y ella, de que no tenía que volver pronto a casa para poner la cena al señor y acostar a los niños. Podría pensarse que de semejante pareja nacería un niño a tono con sus progenitores: un soñador, poético y extravagante cruce entre la vieja España, cuna de soñadores e idealistas conquistadores, y la joven América, todo un coloso forjado gracias a los músculos de los esclavos negros del sur y el valor de los colonos que se establecieron al oeste del río Mississippi. Creo que mi presencia en casa fue una forma de contrarrestar los torrentes de fantasía, amor, felicidad y proyectos que mis padres tenían. Yo, la verdad sea dicha, caí como una ducha de agua fría sobre esa ardiente y enamorada pareja, y supongo que en algunos momentos llegaron a odiarme. Fui un niño débil, que nació con problemas vasculares y llegó a recibir el bautismo en la propia maternidad, por temor de que no sobreviviese lo suficiente como para celebrar ni siquiera mi primer mes de vida. Tuve una infancia marcada por las paperas, la rubeola, la varicela, el sarampión y la hepatitis, todo ello aderezado con intermitentes amigdalitis y bronquitis que más de una vez amenazaron con hacerse crónicas. Las largas estancias en cama y lo esporádico de mi asistencia a clase hicieron de mi un niño retraído, reflexivo y poco alegre. Mis padres comenzaron a preocuparse por mí cuando decidí no hablarles durante una semana, después de que celebrasen mi quinto cumpleaños sin mi consentimiento, tan sólo dos días después de que me estirparan las amígdalas. Desde muy pequeño aprendí a castigar a mis padres con mis silencios, a veces prolongadísimos, mi apatía y, sobre todo, mi afán de apuntarlo todo. Escribo prácticamente todo lo que pienso, hago y veo de forma exhaustiva y regular dsde que a los siete años cogí una hepatitis interminable. El aburrimiento, primero, el no poder soportar a mis padres, después, y el gusto por ver escrita parte de mi vida, más tarde, hicieron de mí un fanático de los diarios y las cartas dirigidas a mí mismo. Fui un niño difícil, contradictorio y poco agradable, pero mis padres me adoraban. El pequeño Joey, hiciera lo que hiciera, seguía siendo "mi corderito" para Esperanza y "my buddy" para el bueno de Donald. Cuanto más culpable me sentía por ser querido de semejante forma cuando no daba motivos más que para ser detestado, más ganas me entraban de desaparecer, de esfumarme de Madrid para siempre. Llegué a desear en lo más profundo de mi ser que Colón se hubiese quedado en su pueblo dedicado a la pesca de bajura, en vez de meterse en descubrimientos que no le importaban, y que George Washington hubiese puesto una granja de pavos en lugar de luchar contra los ingleses. Cualquier cosa antes de que dos cabezas locas como mis padres se hubiesen llegado a conocer.

Así crecí, entre dos espíritus libres, flotantes, etéreos, que dirigían sus vidas y la mía merced a corazonadas e intuiciones que, para mal ejemplo de los de su especie, eran casi siempre acertadas y les permitían vivir conforme a sus ideas. Hace casi dos años que acabé mis estudios en la Universidad. Soy médico, carrera que elegí por su carácter universal, pues lo mismo es un niño resfriado en Osaka (Japón) que en Caracas (Venezuela), igual que en nada se diferencia un apéndice de un viejo jubilado de Sausalito (California) al de una jovencita de Cophenague (Dinamarca). Quiero salir de España para separarme de mis padres, cuyo endiablado encanto me impediría desprenderme de ellos si llegara a encontrar un trabajo en Madrid, pues sé que seguiría viviendo a su lado hasta que me casara... o incluso después. Me voy a Sweetwater, donde, gracias a la influencia de mi abuelo, casado en segundas nupcias con la hermana del director del centro de salud, he conseguido un puesto de médico ayudante del titular de la sección de Pediatría. Si mi padre dejó este pueblo, estoy seguro de que a mí me encantará. Mis primos Neil y Josh, a los que no conozco personalmente, pero con los que me escribo desde que tenía diez años, me han contado que Andie Long, la que fue novia de mi padre, se casó y tiene una hija que no está nada mal, y tiene a todo Sweetwater pendiente de ella, sospechosamente soltera y sin compromiso a sus veinticuatro años. Según mis datos, es una muchacha tranquila, poco habladora, con gran sentido práctico, que trabaja como contable en el concesionario de su abuelo, ahora regentado por su padre. Ordenada y meticulosa, no ha salido ni una sola vez del estado de Texas, y no parece tener intenciones de hacerlo. Mis primos creen que yo le voy a gustar mucho, pues según ellos, la nieta del viejo alcalde Long es muy aficionada a la cocina mexicana, y está aprendiendo español en la academia de Paco Ortega, un cubano que ha enseñado español a medio Sweetwater. Puede que, después de todo, Donald Walker tuviera que venir a Madrid para que su hijo Joey encontrara la felicidad en Sweetwater. Quizás. Nunca se sabe.

12 comentarios:

Maga dijo...

Acabo de leer el relato..., qué interesante, y bien escrito.
Desde luego he aprendido bastante.
Me ha encantado, y además te has adelantado.
"10" en imaginación.
¡Muchísimas gracias Teresa!, es un detalle muy generoso.

Teresa, la de la ventana dijo...

Bueno, Maga, la verdad es que al releerlo me parece que no ha envejecido mal... teniendo en cuenta que lo escribí con 22-23 añitos.

Gracias a ti, lo que se escribe no vale para nada si no hay alguien que lo lea.

virgi dijo...

Me ha encantado, está súper bien traído. De veras precioso.
Vengo del blog de Reyes, un abrazo

Teresa, la de la ventana dijo...

Vaya, muchas gracias, Virgi. Y bienvenida a mi ventana.

José Antonio Peñas dijo...

Me gusta esa expresión: endiablado encanto.

Teresa, la de la ventana dijo...

¿Por qué, Peñas? ¿Quizás porque suena endiabladamente encantadora? ;-)

blog marlei dijo...

Enhorabuena, aunque con unos años de retraso. Supongo.
Sabes? Tu relato me ha echo googlear sweetwater.
Y he encontrado esto.
http://es.wikipedia.org/wiki/Sweetwater. Pero no los he oído nunca. Los buscaré.
Saludos y enhorabuena again.

Teresa, la de la ventana dijo...

Muchas gracias, BlogMarlei, y bienvenido. No tenía ni idea del grupo, yo también buscaré a ver como suenan.

Rojo dijo...

Con 23 años ya escribias así?! qué arte! no dejes tu novela por el amor de Dior!!

Teresa, la de la ventana dijo...

No me ruborices, Rojillo, haz el favor... ;-)

Reyes dijo...

Jjaja muy bueno.

el chico de la consuelo dijo...

jo que envidia...todo tan perfectamente ordenado, en ese recorrido circular que lleva al principio, sus comas en el lugar preciso y no como un servidor que escribe a borbotones sin orden ni concierto.
Ma gutao!!