martes, 15 de marzo de 2011

De la no maternidad

Cuando mi madre tenía mi edad, yo ya tenía veinte años. No consigo imaginarme a mí misma a estas alturas de mi vida con un hijo tan mayor, un adulto que ya estaría dando los primeros aleteos para volar del nido, pero cronológicamente hubiese sido posible. Quizás no fuese tan mayor, pero si las cosas hubiesen sido como quisimos que fueran en su momento, yo podría tener ahora un hijo de unos dieciséis años. Y seguramente alguno más, porque no hubiese sido hijo único. Yo lo fui durante mucho tiempo, y no me gustó nada, así que dudo mucho de que hubiese condenado al primero de mis vástagos a crecer sin hermanos.

Sin embargo, en ocasiones la vida va por su lado, y tus planes por otro, por caminos paralelos que ves a medida que avanzas, pero que en ningún momento se juntan. Por mucho que tú quieras salirte de la ruta que te va a tocar recorrer y saltar al otro lado, no siempre tu voluntad o tu empeño consigue enderezar lo que la vida tiene pensado para ti. Y el tiempo va pasando, tú fracasas una y otra vez en tus intentos de escribir otra historia, hasta el día en que asumes que las cosas son así, y que lo que querías no va a poder ser. 

Yo dediqué mucho tiempo, dinero y desgaste emocional a la idea de reproducirme, pero de la misma manera, con determinación y sin titubeos, supe retirarme de la partida cuando vi que la tenía perdida. Soy de las personas que piensan que todo ocurre porque tiene que pasar, por algún motivo oculto o no tan escondido, por lo que en ningún momento me planteé opciones alternativas. La idea de adoptar nunca la barajé: después de todo lo que habíamos vivido era una especie de sucedáneo, un "si no hay otra cosa...", un remedio a un problema que había surgido más que un deseo con vida propia. Si no tenía que ser, no sería. Sin amarguras. Sin frustraciones. Sin lamentos.

Y así ha sido. No voy a decir que me alegro de no tener hijos, pero tampoco me siento mal por no tenerlos. Cuando veo y escucho a los demás hablar de sus hijos, felices y asustados, abrumados por la responsabilidad, pero también rebosantes de orgullo y amor, sé que me he perdido algo, seguramente maravilloso, pero también con su lado terrible, y lo acepto, sin más. Porque es algo que no era para mí, no sé por qué, pero es así. Como no me tocó en el reparto de dones el saber dibujar o tocar un instrumento. 

9 comentarios:

Jesús Miramón dijo...

Creo que hay que ser muy valiente para aceptar de ese modo las cosas. No es por hacerme el listo, pero bastante antes de que lo demostraras siempre tuve la sensación de que tú lo eras.

Teresa, la de la ventana dijo...

¿Tengo otra alternativa, Jesús? Creo que se trata más de una cuestión de supervivencia, de apartar de tu camino lo que molesta, lo que impide seguir, aunque sean los escombros de cosas muy queridas para ti, porque son trozos de tus ilusiones. Pero una vez que se rompen sólo estorban, te recuerdan lo que fueron y lo que ya nunca serán. Yo suelo reaccionar así ante la adversidad, lo que no quiere decir que no me de mucha rabia, y sufra hasta que soy consciente de que me ha tocado una mala mano de cartas y veo que tengo que hacer algo o me moriré de asco. Pero una vez que me doy cuenta de que no ha habido suerte, no soy de lamentarme o estancarme en mi desgracia. Necesito seguir. Y sigo.

Paco Mediocre dijo...

"La vida es aquello que ta va sucediendo, mientras tu te empeñas en hacer otros planes" John Lennon. Hoy voy dejando los blogs que visito plantados de citas. Es que me lo ponéis a huevo... Pero al final, nada mío. Ya se empieza a entender el sobrenombre que me he buscado...

Teresa, la de la ventana dijo...

Pues sí, Paco, así es. Una no puede evitar planificar, e ilusionarse, es necesario y parte importante de la sal de la vida, pero también hay que aprender a aceptar que las cosas no siempre salen bien. Y la alternativa no tiene por qué ser mala.

Bienvenido a mi ventana.

José Antonio Peñas dijo...

Hoy precisamente hablaba de eso con mi hijo, de lo que significa tener o no hijos. Le expliqué que la cuestión de los hijos es una decisión, no una cuestión de bienestar, que si no hubieramos tenido un hijo nuestra vida simplemente seía distinta, ni mejor ni peor. Hay cosas que haríamos y ahora no podemos hacerlas porque tenemos un hijo, y cosas que nos habríamos perdido de no haberlo tenido, y ni una cosa ni otra significa nada de mayor o menor valor: tomas una decisión y asumes las consecuencias, como en muchas otras cosas.

¿Que a lo mejor mi chica y yo podríamos haber sido felices con otras personas, o solos? Pues estoy seguro que sí, lo seríamos. ¿Que quizás me hubiera ido mejor con otra vocación? Pues a lo mejor. Pero es que simplemente me da igual, una vida no se hace de "y si…"

Menos aún se hace de certezas absolutas. Conozco un par de madres profesionales, de esas que no paran de comentar lo increíblemente importante que es su dedicación a sus hijos, lo vacía que estaría su vida sin ellos, el amor indescriptible que destilan todos los esfuerzos que hacen por sus criaturas que, por supuesto, son seres angelicales y superdotados… Esa gente me da escozor y lo único que logro visualizar en ellas es un enorme vacío y una enorme frustración.

Babunita dijo...

Jó, Teresa dice mamy que que equilibrio el suyo, digno de nuestra mayor admiración!!!!

Teresa, la de la ventana dijo...

Creo que vemos las cosas de manera muy similar, Peñas.

Bueno, Babunita, no es flor de un día, hay que currárselo a diario, pero se intenta. Merece la pena.

Elvira dijo...

Y a mí no me tocó en el reparto una pareja satisfactoria. No digo que sea imposible a mi edad, pero creo que es así y ya está. Que no me ha tocado. Y como tú, intento disfrutar de la vida que tengo.

Gonzalo Viveiró Ruiz dijo...

Yo creo que tener hijos no te aporta nada imprescindible. Que los tienes vale, si no tu vida puede ser igual de buena. Es como enamorarse de adolescente, tenia ratos geniales y ratos horribles...y al final no servia para nada.