sábado, 30 de abril de 2011

De la memoria y sus caprichos


Uno de los pocos recuerdos que tengo de salidas culturales con mi familia fue una visita fallida al monasterio de El Escorial un lunes, el día que mi padre libraba y justo el elegido por Patrimonio Nacional para cerrar sus Reales Sitios. No se me olvidará nunca la decepción de los cuatro, al llegar a la entrada, tan impresionante, y ver todo muerto y solitario, para después comprobar que estaba cerrado. Con las mismas, cogimos de nuevo el coche y volvimos a casa. 

Han pasado muchos años desde aquel día, pero hoy, al ver otra vez a lo lejos la enorme mole del monasterio, he vuelto a recordar perfectamente la euforia que sentí la primera vez que lo vi, y el bajón al leer el cartel de "Lunes, cerrado". Para una vez que en mi casa mis padres se remangaban y decidían ir a un sitio distinto al dichoso pueblo, la cosa salía fatal. Es curioso. Porque después volví al menos dos veces más, y lo pude visitar, pero hoy no recordaba nada de esas otras dos visitas. Excepto el panteón de los reyes, lo demás ha sido como si lo hubiese visto por primera vez.

Y me pregunto si, igual que sólo se aprende de los errores, las experiencias negativas flotan sobre las buenas, como el aceite sobre el agua...

8 comentarios:

Victoria dijo...

No es cierto que los malos recuerdos se olvidan y los buenos prevalecen. Creo que es un mecanismo de defensa para seguir adelante y no martirizarnos. Están ahí, agazapados sin hacer ruidíto y cuando llega el momento, zas, recuerdo recordado y jodiéndote el momento. Y algunas que somos un poco masoquistas y nos gusta regodearnos en la misería del momento. Pués eso, que hoy echo mucho de menos a mi madre. Un beso.

Teresa, la de la ventana dijo...

Eso mismo pienso yo, todo está ahí, lo bueno y lo malo. Pero no creo que sólo los malos recuerdos duelan, también algunos de los buenos cuando aparecen en determinados momentos pueden hacernos polvo. Animo, Victoria.

Miguel Baquero dijo...

Yo creo que el recuerdo de los malos momentos está agazapado para asaltarnos de vez en cuando, pero con el tiempo aprendemos a relativizarlo todo, y aquello del "lunes cerrado" que en su día igual nos pareció trágico hoy igual lo recordamos con una sonrisa y hasta hacemos chistes de ello. Y con el tiempo, poco a poco, las cosas nos van doliendo menos, pienso yo.

Anónimo dijo...

Yo estuve por última vez hará unos 6 años y lo que mas me decepcionó (la primera vez fui de niño también y recuerdo poco) fue la pequeñisima parte del Monasterio que es visitable si la comparas con la enormidad del edificio. Siempre he pensado lo interesante que debería ser poder visitar esos cientos de estancias a las que no tenemos acceso los visitantes.
La foto es preciosa, es tuya?
Vicent.

Teresa, la de la ventana dijo...

El tiempo no es que lo cure todo, sino que lo cambia. Sobre todo a nosotros. Y nuestra mirada sobre las cosas también lo hace. Estoy de acuerdo, Miguel.

Es cierto, la visita es bastante corta, teniendo en cuenta el mastodonte de edificio que es. No, la foto no es mía, no soy tan hábil, y ya conoces, Vicent, mi vaguería fotográfica... Ni siquiera me llevé la cámara.

Isabel - Frabisa dijo...

Fíjate que yo tuve una sensación parecida. Cuando lo visité tenía muchas expectativas y la decepción fue tremenda. Me pareció tan grande y TÉTRICO y me recorrió un escalofrío.

Un besazo, guapa

Teresa, la de la ventana dijo...

Uys. Pero si es la gran Fabrisa. ¡Bienvenida!

Adormidera dijo...

Creo firmemente en que somos por lo que fuimos. Creo en la bondadosa capacidad del ser humano de relativizar y suavizar los acontecimientos hirientes. Creo en el poder que tenemos de andar sin que nos pesen las alforjas, si realmente queremos hacerlo. Creo que somos dueños y muy capaces de reconducir, aunque a veces cueste. Creo que de lo malo se aprende y que en nosotros está el poder de pintar cada día de color, o no.
Por eso yo elijo ser, elijo donde estar, qué visitar, elijo cambiar de cadena, elijo, a veces, sí, dejarme invadir por la melancolía, sabiendo que al rato me sacudiré. Lo malo está, no desaparece, pero creo firmemente que tenemos la posibilidad de soltarle la mano, y dejarlo ocupar el rincón muy secundario que le corresponde, para seguir (transformados).

Creo que no conocía (o recordaba) el camino hasta tu sitio, Teresa. Volveré, aunque sea en silencio. Un abrazo.