sábado, 13 de agosto de 2011

Botas nuevas

Cuando bajé al trastero a por mis botas de montaña, lo hice con ilusión, con ganas de volver a calzarlas. Así que, con calor y todo, me las puse y comprobé que me apretaban mucho, aunque lo achaqué a eso, a las temperaturas excesivas y a que quizás no era el mejor momento para ponérselas. Dos días más tarde, amanecí con las uñas de los dedos gordos de los pies moradas. Y me di cuenta de que unas inofensivas y mudas botas me estaban hablando a su manera. El mensaje estaba claro. Ellas, como tantas otras cosas de un pasado no tan lejano, también habían quemado su tiempo, corto por cierto, pero ya no daban más de sí (literalmente, en este caso). Estaba claro que nada era como antes, tampoco en eso, cuando eran las botas más cómodas que había tenido y jamás me hicieron daño: ahora mis pies habían crecido o ellas habían encogido, no lo sé, pero el caso era que algo había cambiado. En mi segunda excursión, llevé otras zapatillas, fuertes, pero más veraniegas. Como habrá tercera salida, y muchas más de cara al otoño-invierno, el siguiente paso estaba claro: necesitaba unas botas nuevas. A pesar de la pena que me da deshacerme de las mías (fueron bastante caras, además), es evidente que ya no me sirven. Podría seguir forzándome a llevarlas, pero seguirían haciéndome daño, e impidiéndome disfrutar del hecho de caminar. Así que, esta tarde he salido a pasar calor con la disculpa de buscar botas nuevas en las rebajas. Y las he encontrado. No están rebajadas, pero me están perfectas. Me he llevado los mismos calcetines que tenía el otro día para probármelas, y nada que ver. La vida es sabia, ciertamente. Hasta un par de botas inanimadas pueden serlo. Sólo hace falta saber escucharlas.

5 comentarios:

Ángela dijo...

Muy chulas tus botas nuevas. Con esas vas a subir y bajar y correr y andar y saltar como un sputnik. Tu entrada de hoy me recuerda una terrible experiencia que viví hace muchos años, cuando yo no tenía botas. Me las prestó una amiga, y con ellas subí hasta el glaciar del Aneto (donde por cierto sufrí un ataque de vértigo muy desagradable) y bajé otra vez. En la bajada, los dedos gordos iban chocando contra la puntera de la bota en cada paso. El dolor era espantoso, se me saltaban las lágrimas. Las uñas se me pusieron moradas, luego negras y, finalmente, las perdí. Se habían roto por la base.
Sí, unas botas buenas son importantes.

Teresa, la de la ventana dijo...

Muy importantes, Angela. Pueden fastidiarte el día, y los siguientes, como bien cuentas. Yo lo pasé mal al final de la ruta, y al día siguiente me dolían las uñas mucho, pero hasta dos días después no me di cuenta de que estaban un poco moradas (tenía las uñas pintadas, clarito, pero pintadas).

Alice vio la luna... dijo...

¡Preciosas botas! ¡Qué de posibilidades te van a dar...! jejejeje

Teresa, la de la ventana dijo...

Espero que me lleven lejos, Arancha... Y que el camino, ya en sí, merezca la pena.

1730 dijo...

Yo creo que voy a intentar andar descalza durante un tiempo, para ver si mis pies vuelven a ser los que eran antes de adaptarse a esas botas que tantas durezas me provocaron.