jueves, 15 de septiembre de 2011

Lo de siempre


Siempre me dieron envidia los abueletes que se iban a echar la partida al bar, con puntualidad y regularidad casi religiosa cada tarde, lloviera o tronara. No porque me guste especialmente el dominó, o jugar a las cartas (soy bastante mala para cualquier tipo de juego de mesa, consecuencia lógica de haberme criado sin hermanos hasta los diez años...), ni porque no sea nadie sin mi licor de hierbas después de comer (no bebo nunca), sino por el ritual. La cita cotidiana en el mismo lugar, y no otro. La simbiosis perfecta con el entorno (ese señor del jersey de ochos sólo puede sentarse ahí, es su mesa, y forma parte del paisaje tanto como el cuadro del equipo de fútbol del barrio, colgando ya descolorido de la misma chincheta roñosa desde hace veinte años). La fidelidad casi maniática a la misma comanda (camareros que no necesitan preguntar qué va a ser, y si lo hacen es por decir algo). El bar como puerto seguro en el que recalar cuando quieren estar solos, o con los amigos, cuando necesitan huír de la parienta u olvidarse de un trabajo casi siempre poco gratificante. Lugares siempre abiertos (o casi), como la funeraria, como un faro en la noche, dando seguridad por el simple hecho de que seguirá estando ahí, abierto, siempre. Por algo tantos garitos de beber y comer, lucen en su nombre un hogareño y cálido "Casa Mengano": porque muchos de sus parroquianos terminan, literalmente, sintiéndose más a gusto que en la propia, esa de la que cada mes pagan su hipoteca.

Y ahora, quién me lo iba a decir, incluso yo tengo mi propio sitio así. No es exactamente un bar, sino una cafetería, pero para el caso es lo mismo. Porque allí dirijo mis pasos cuando quiero pensar, y necesito que mis pensamientos se expandan, no obstante, más allá de mi propia cabeza. Aunque no soy de las personas previsibles y metódicas, a las que el camarero se adelanta preguntando sin necesidad: "¿Qué? ¿Lo de siempre?" A mí me gusta cambiar, dependiendo de mi humor, o del tiempo que haga, del café al té en sus múltiples variedades, solo, con leche, frío o caliente. Y allí, sola en mi mesa, esa sí, la de siempre, no sé por qué, pero cuando veo a gente hablando a mi alrededor, leyendo un libro, o sencillamente mirando al infinito, también ellos perdidos en sus propias miserias personales, me resulta más sencillo pensar en mis cosas. Quizás porque yo también me veo así, desde fuera, y relativizo  considerablemente todo lo que me bulle en la sesera. La soledad, incluso la bien llevada, a veces termina siendo una habitación más grande o más pequeña,  pero sin ventanas. Y yo las necesito. Para respirar. Para salir de mí, y para dejar que los demás entren.  

Podría leer cómodamente tirada en el sofá de mi casa. O escribir el post del día como hoy, en el ordenador del salón. Reflexionar sentada en la tumbona mientras miro la luna. Podría. Lo hago a veces. Pero otras, lo hago mejor allí. Frente a un té de bergamota. O un café con hielo. Escuchando la música que otro elige por mí. Absorbiendo como una esponja la vida de los otros, siempre interesante, siempre distinta y, en el fondo, igual a la mía, igual a la de todos. 

5 comentarios:

Miguel Baquero dijo...

A mçi me encantan ese tipo de rutinas, la de los bares. Donde voy, enseguida busco alguno que vaya conmigo. Realmenre, a eso es a lo que yo llamo una "segunda residencia"

Teresa, la de la ventana dijo...

Yo lo he descubierto hace poco, Miguel, y es tal y como parecía desde fuera. Me gusta mucho la sensación de sentirte en un lugar cada día un poco más tuyo.

Los parques son otro mundo, Peñas. Pero también pueden convertirse en pequeños santuarios personales, paradójicamente siendo lugares públicos y a la vista de todo el mundo, igual que los bares, realmente.

Gonzalo Viveiró Ruiz dijo...

Tener un bar así es como lo de la entrada anterior. Parte de estar vivo es eso. En España somos sociales en los bares, en otros paises lo hacen en otros sitios, pero hace falta un sitio para estar en público, aunque sea callado y leyendo

Teresa, la de la ventana dijo...

Quizás por eso esta entrada ha seguido a la otra, Gonzalo. Casi nada es casual.

Portorosa dijo...

A veces hace falta estar entre los demás.

Un beso.