lunes, 26 de septiembre de 2011

Ultimos deseos


Lo hemos visto mil veces en el cine. La chica protagonista, agonizando, joven y, aunque devastada por la enfermedad, conservando aún rastros de su belleza, habla con serenidad pasmosa a su amado, que la mira angustiadísimo, como si quisiera beberse de un trago ese instante amargo, que sabe muy importante, y al mismo tiempo queriendo estar muy lejos, fuera de eso que parece una pesadilla y no lo es. Agarrándose a esa mano que aún le trasmite calor, pero que sabe que pronto no será más que un recuerdo doloroso. Y piensa todo eso mientras se obliga a no salir corriendo y no parar jamás, a escucharla, a asimilar bien lo que ella le está diciendo, porque es algo grave, decisivo, una cuestión, nunca mejor dicho, de vida o muerte, y tendrá que recordarlo perfectamente más adelante, cuando aquella escena no sea más que un recuerdo, algo que antes había visto tantas veces en tantas películas de domingo por la tarde, con un nudo en la garganta y pensando "Joder, qué mal".

Un nudo que se convertirá en una soga áspera, un dogal de angustia insoportable que te corta literalmente la respiración, cuando al final llega el día en que te ves a ti misma sola, dispuesta a cumplir esos últimos deseos. Su última voluntad. Un día como cualquiera que sabes que no lo será, lo sabes desde hace semanas, meses incluso, porque lo has ido aplazando, para estar más preparada. Pero nunca se está listo para echar las cosas en la mochila como cualquier domingo, y, en el hueco que queda entre el chubasquero y la cantimplora, meter parte de las cenizas de tu amado y llevarlas a la espalda durante horas, hasta el lugar exacto donde él te indicó aquel día en que empezó a ver cerca su final. 

Y aunque eres fuerte, no eres de acero, y avanzas con el alma rota por un paisaje que tantas veces recorristeis juntos, reconociendo cada sendero, cada piedra, y casi mareada por el olor a jara, que trae consigo oleadas de recuerdos que se te clavan como puñales. Pero sigues andando, porque es tu deber, porque él te empuja ahora igual que lo hacía cuando tú no podías más, y tiraba de ti, deportista nefasta, hasta la cumbre, diciéndote, "Venga, que tú puedes mucho más de lo que crees, adelante". Y debe ser cierto, porque el caso es que avanzas, tus piernas te siguen llevando a lo largo de más y más kilómetros, y sabes que si él pudiera verte, sonreiría, y estaría orgulloso de ti. Porque igual que entonces te mueve el deseo de complacerle, incluso a costa de ti misma. Sigues adelante a pesar de ese dolor agudo que habías empezado a olvidar y que ahora vuelve, fresco y afilado, después de meses. Y no puedes hacer nada, sino seguir, y dejar que te traspase de parte a parte, sin oponer resistencia. Hasta que el dolor da paso al alivio, a una secreta satisfacción del deber cumplido, de haber llevado tu amor más allá de la vida y de la muerte, como él quiso, como debe ser.  Lo has hecho, y bien hecho está.

12 comentarios:

El niño desgraciaíto dijo...

Puff, me puedo imaginar que habrá sido durísimo. Tantos recuerdos... pero lo has hecho y te felicito por ello. Sí que eres fuerte, de eso no hay duda.

Ánimo.

Rojo dijo...

Qué grande eres, Tere.

Anónimo dijo...

Me gusta cómo escribes, cómo cuentas las cosas -y lo siento, estoy floja de explicaciones hoy-. La experiencia dolorosa, de las que todos deseamos no tener, como tantas otras cosas que nos suceden.
Te deseo tranquilidad. Supongo que tú tendrás tus propios deseos para ahora.

Susana

Teresa, la de la ventana dijo...

No se lo deseo ni a mi peor enemigo, Niño. Pero así es la vida. Mal que nos pese, y por duro que sea, la muerte es parte de ella.

Ays, Rojillo... :-)

Pues sí, Susana, ojalá no hubiera que pasar por cosas así, pero nada ni nadie te lo garantiza. Te toca, y ya está. Estoy tranquila, sí. Gracias.

Sigo, Peñas, y cada paso que doy me demuestra que la vida no sólo duele, sino que también brilla más cuando te ha tocado pasar una temporada entre las sombras. Deslumbra, incluso. Y lo estoy disfrutando plenamente.

Alice vio la luna... dijo...

Este fin de semana ha habido sin duda una conjunción planetaria extraña que ha avivado los duelos por la ciudad y los alrededores.

Eres muy valiente, Teresa. Yo también intento tirar, como tú, pero esta convivencia no deja que se cure la herida, ya ves: otra frenada.

neoGurb dijo...

Como siempre, poco más que añadir a lo que dices. Lo has hecho, y bien hecho está. Y como he dicho en alguna ocasión, quien mira la muerte a la cara conoce mucho más de la vida. Un beso enorme.

Ángela dijo...

Me gustaría ser tan fuerte como tú. La vida nos pone pruebas que nos demuestran que podemos con ellas, y nos hacen fuertes. Espero recibas el cariño de los que sin conocerte físicamente, te sentimos como una amiga.
Ángela.

No dijo...

Me gusta ver a las personas cuando renacer de sus cenizas, son otras, son mejores, son distintas, son fuertes. Conozco a más de una/o.
Me alegro de leerte así, me alegro de sentirte bien, me alegro de que hayas optado por el camino de continuidad, de que no hayas parado tu vida, de que sea un punto y aparte.
Y sobretodo, de que te sientas tranquila.
Un besi Teresa

Teresa, la de la ventana dijo...

Ays, Arancha. Me acuerdo de ti cada día, y desearía que existiera un pedal acelerador para que todo terminara lo antes posible para ti... Otro beso.

Neo, no puedes dejar de pedalear: si lo haces, te caes.

Angela, todos podemos sorprendernos a nosotros mismos si nos vemos forzados por las circunstancias. Por supuesto que me llega vuestro cariño, no sabéis cuánto me ha ayudado en momentos muy malos. Bueno, algunos sí.

Dicen que se aprende de los fracasos más que de los éxitos, No. Lo que no te mata, te curte, está claro. Otro beso para ti.

Elvira dijo...

Hermoso, Teresa. Un abrazo

el chico de la consuelo dijo...

Tengo el corazón en un puño Teresa. Te mando un saco de abrazos. Hoy no sé escribirte nada. Animo!

Miguel Baquero dijo...

Sabes que, hagas lo que hagas, estarás haciendo lo correcto