viernes, 28 de octubre de 2011

L.


Conocí a L. en la cola de la matricula de la universidad. Me contó que venía de una capital de provincia castellano-manchega, que se alojaba en un colegio mayor y que, viendo mi apellido, seguramente también estaría detrás de mí en la lista de clase. Así fue. Cuando llegué al aula el primer día, allí estaba ya él. Sin dudarlo, me senté a su lado. Se le veía contento de verme: ya podía decir que conocía a alguien, no como los demás, que según iban llegando se sentaban desperdigados por la inmensidad de la clase, llena de sillas. A mí me pareció el típico chico feo, tímido y con ganas de resultar simpático para compensar su escaso atractivo físico. Cumplió su objetivo, porque me cayó bien. Lo suficiente como para dejar que se pegara a mí durante tres cursos. Conocí a más gente, claro, pero mi satélite nunca abandonó su órbita. No sé cómo se las arreglaba para sentarse siempre a mi lado, a mi izquierda. Me grababa cintas con música que pensaba que tenía que descubrir. Así, gracias a él, conocí a Bruce Springsteen, y aprendí a amar a Joan Manuel Serrat, aunque no consiguió que me gustara su favorito, Queen. En cuarto curso, un día me sentí tan agobiada que cogí mi carpeta y me fui a sentar al otro extremo del aula. Le dije que no podía más, siempre con él ahí, pisándome los talones. Que no soportaba más su cabeza sobre mis apuntes: siempre se perdía y terminaba por dejar de escuchar al profesor, copiando directamente de mis folios. Aguantó mi estallido con entereza, como si lo esperase desde hacía tiempo, y, de repente, sus peores pesadillas se estuviesen materializando. Varios días más tarde, me entregó una carta redactada en términos oficiales, en la que rogaba tuviera en cuenta la posibilidad de reconsiderar mi postura y volver a mi sitio de siempre, jurando que no volvería a ser tan pegajoso y que me dejaría el espacio vital que, entendía, me había robado poco a poco durante los últimos tres años. Me mantuve firme, y no volví. Sé que fue un golpe del que no se recuperó nunca. Desde el fondo de la clase, podía verle girar la cabeza para mirarme, con esos ojillos, tan tristes ya de por sí, más desolados e inconsolables que nunca. Esas miradas suyas conseguían hacerme sentir realmente cruel, controlando la situación a mi favor y consciente de que le estaba haciendo daño. Pero por primera vez, yo me sentía poderosa. Estaba al otro lado. En el de los malos. La tímida y apocada descubría lo afilado de sus dientes, que también podía morder, y lo mucho que se podía disfrutar con el sabor de la sangre.

Lo último que supe de él, hará lo menos quince años, fue que terminó viviendo en un pueblo de Madrid, que se casó, tuvo una hija, y se ocupó del negocio de su suegro. El tampoco ejerció nunca la carrera.

Me pregunto si él también se acordará de mí cuando escuche a Serrat. Yo siempre lo hago.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Mala, seguramente lo has sido más veces. Satélite, yo lo he sido, y mala. Y muchas vceces descubres que estás haciendo con quien ves más débil lo que otro que era más fuerte que tú hizo contigo.
L seguramente sí te recuerda, y muy probablemente se ha reconciliado con el recuerdo.
La fecultad es espantosa, el hormigón absorbe toda la humedad que puede y luce unos chorreones que parecen meadas de fiesteros agotados. Un asco. Mejor no comprar una casa de hormigón, ni meterse dentro de una.

Susana

Miguel Baquero dijo...

Qué recuerdos me trae esa foto. Firma: un tipo que tampoco ejerció nunca.

Carmen dijo...

No puede ser, Teresa. Te lo has inventado.

Teresa, la de la ventana dijo...

Yo a pesar de todo le recuerdo con cariño, Susana. Porque también crecí con aquello, pegué un estirón al darme cuenta de que podía (y debía) decir "no". Siendo egoista, sí, por fin. Pensando en mí. Aun a costa del daño ajeno. La facultad... pues eso. Es CC de la Información. La más fea de la Complutense. La de "Tesis". Es lo que es. Horrible, pero única en su horripilancia. Y es la mía.

Muchos, ¿eh, Miguel? Bienvenido al club (creo que somos muchos más de los que pensamos).

En absoluto, Carmen. Yo aquí no invento, salvo que veas abajo la etiqueta de "Relatos", "Haikus" o "Microrrelatos". ¿Qué es lo que no te resulta creíble?

Carmen dijo...

La dureza. No tanto el pronto, como lo que dices de "sentirte poderosa... disfrutar con el sabor de la sangre". Esto no me lo creo.

Teresa, la de la ventana dijo...

Pues créetelo. Fui dura de verdad, pero es que llevaba tres años (¡3!) conteniéndome. Mis otros compañeros me dijeron que cediera, fijate hasta que punto la situación fue cruda, pero no lo hice. No me sentí bien siendo mala, pero sí viendo que podía ser egoista por una vez y mirar por mí.