lunes, 31 de octubre de 2011

Me gustan los aeropuertos


Me gustan los aeropuertos. Mucho. Casi tanto como odio los aviones. No tanto por mí, que vuelo poco y a regañadientes: considero al avión un transporte cada vez más cansino y exasperante, que pierde en trámites burocráticos y de seguridad lo que gana en rapidez a otros modos de viajar. Lo que a mi me gusta es pasar una tarde dando una vuelta por las terminales, acompañando a alguien que se va, o yendo a recoger a alguien que llega. Comprarme una revista francesa en una de esas tiendas llenas de prensa extranjera que jamás traerá el kioskero de mi barrio. Ver a la gente con sus maletas, con cara de ilusión por unas vacaciones deseadas, o con gesto cansado, ansiosos por llegar a sus casas. Soy tan paleta que podría tirarme horas mirando cómo los aviones despegan y aterrizan. Me encanta la sensación de seguridad que se respira allí. Falsa, claro está, porque en un aeropuerto te pueden robar hasta el alma si te despistas, y patearte los higadillos si te resistes, igualito que en plena calle. Pero aún así tengo clarísimo que si un día termino en la miseria y me toca dormir al raso, no seré una vagabunda de cajero automático y cartones en un carrito del Carrefour, sino de maleta trolley, periódicos extranjeros recuperados de las papeleras y lavados de gato en los baños de señoras.

Seré una mendiga de aeropuerto.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

A mi me encanta tomarme algo viendo los aviones tras los cristales.
Curiosa la reflexión sobre el tipo de vagabunda que serías, curiosa por los tiempos que corren, me recuerdas a la película de la Terminal. Pero lo bonito de la forma en que lo planteas es que incluso en una situación de gran dureza buscas como mantener el ánimo.

Susana

Juanjo ML dijo...

Hice un comentarios ayer pero veo que se ha perdido, o comento con el Firefox o no hay nada que hacer :(

Te decía que yo odio los aeropuertos, con odio visceral. Será porque por cada viaje chulo que he pdido hacer me han tocado diez de trabajo vete tú a saber qué sitio dejado de la mano de Dios. Para mi son la angustia de llegar tarde, de los retrasos, de perder una conexión, del tiempo perdido lejos de casa.

Menos mal que ahora viajo mucho menos y que en el proyecto que tengo ahora puedo ir cómodamente en AVE, que eso sí que es una bendición.

Teresa, la de la ventana dijo...

Ya ves, Susana. Intento encontrarle las vueltas positivas hasta a lo peorcito... De momento, lo logro.:-)

Juanjo, yo también los odio como usuaria, no me gustan nada. Y mira que yo no los he tenido que sufrir en viajes de trabajo, sólo de placer. Pero mi gusto por ellos es como lugar cerrado, como un microuniverso en sí mismo, eso es lo que quería explicar en el post. En que de alguna manera extraña, cuando voy allí como observadora me siento segura, a gusto, me conmueven los encuentros y me dan penilla los ejecutivos a los que veo agobiados y hartos de la vida. Pero también prefiero el tren. Con diferencia. Aún. Ojalá no se lo carguen también...