lunes, 17 de octubre de 2011

Sólo faltan cuatro días para que sea viernes

Tal y como había previsto, después de meses de calma chicha, de inactividad activa, todo ha explotado de repente. El tiempo empieza a faltarme, o quizás es que todavía no me he organizado bien, porque no es fácil pasar de cero a cien en tan pocos días. Y yo lo estoy haciendo, y en más de un aspecto. Mi vida se va pareciendo a eso, a una vida, algo dinámico, interactivo, con gente a la que importo y me lo demuestran, con personas que se han metido en mi día a día y en mi corazón de golpe. Un todo estructurado, con su punto de rutina necesaria para desear y disfrutar de verdad la libertad del fin de semana o de las vacaciones. Sin ir más lejos este pasado viernes me sorprendí contenta de que lo fuera, yo, la que tantas veces se había reído de los que tenían el subidón adrenalítico de la semana ese día. Y las expectativas no sólo se cumplieron, sino que superaron con creces lo que había esperado con tantas ganas. El sábado fue un día que no olvidaré nunca, de esos que cuando eres viejecita y miras hacia atrás te hacen sonreír con picardía adolescente y un brillo especial en la mirada. Y el domingo llegué tardísimo a casa, agotada, pero deseando que fuese no viernes, sino jueves, porque ya tengo planes para ese día.

Y sin embargo, esta nueva etapa de mi existencia, tan llena de emociones, primeras veces y caras nuevas, también me ha traido un problema. Una contrariedad que si no es grave, sino todo lo contrario, sí que me supone un incordio a efectos prácticos. Y es que en el último mes he ido conociendo a muchísimas personas, más de las que mi pobre cerebro puede asimilar. Siempre me costó recodar nombres aunque las caras no se me suelen olvidar, pero eso no es un consuelo cuando alguien te dice cómo se llama y a los dos minutos de hablar con él, eres incapaz de recordarlo. ¿Preguntas y quedas como una idiota con memoria de pez? ¿Esperas a que el nombre vuelva a surgir espontáneamente en la conversación a riesgo de que no lo haga y, para los restos, tengas que dirigirte a él como "tú"? ¿O bien optar por la primera opción, o sea, preguntar, y quedar peor cuanto más tiempo haya pasado desde las presentaciones? No paro de conocer a más y más gente. A mis compañeros de clase de inglés y francés (veintitantos en cada una), tengo que sumar otros tantos en la de Arte Dramático (ya van unos sesenta). Y por si no fuera suficiente, en las últimas semanas mi círculo social-amistoso también se está ampliando de una manera increíblemente emocionante y desconocida para mí hasta el momento. Yo, la asocial por excelencia, no paro de entrar y salir, y de añadir caras y más caras, con sus correspondientes nombres e historias a mi enmohecido archivo de relaciones personales. Tanto que me estoy pensando seriamente confeccionar un excel para recordar los pocos nombres que mi frágil memoria tiene cogidos con alfileres. Y, sobre todo, para evitar mezclar churras con merinas.

Pero bueno. Soy feliz, sí. Al menos, hoy. Y me basta. 

12 comentarios:

Paco Principiante dijo...

Yo ese problema lo he tenido siempre. No solo porque conozca a más o menos gente, sino porque soy un desastre con los nombres y demás....
Con el tiempo he desarrollado dos formas de, si no evitarlo, que se note menos. Por una parte, si te presentan al alguien y al instante te olvidas, le llamas luego por un nombre absurdo (por ejemplo Filiberto), y se cree que es en broma y ya está.
Esto solo sirve cuando vas de marcha, en otro sitio haces el ridículo.
Y el segundo es con las famosas reglas nemotécnicas, por ejemplo tu serías Teresa la marquesa, y me fijaría en algo tuyo que me recordase a una marquesa...
Bueno, no se si el rollo que te he metido te sirve de algo, por cierto, espero que no te olvides de tu ahijado cigarrero

Rojo dijo...

Me encanta que te sientas así, Tere. Me hace sentir feliz.

Jesús Miramón dijo...

¡BIBA!

:-)

Teresa, la de la ventana dijo...

¿Olvidar a mi primer ahijado de la blogocosa? Nunca, Paco querido. Mi problema es al principio, cuando me presentan a más de cinco o seis personas. Una vez que nombre y cara entran en mi cerebro, ahí se quedan. Por los siglos de los siglos. Así que tranquilo. En tu caso no tengo (aún) cara, pero todo se andará... ;-)

Y a mí, Rojillo. Tu alegría me alegra porque sé que es sincera.

Ays, Jesús de mis entretelas. Si supieras la de veces que me he acordado de ti estos días, alucinarías. Gracias por estar siempre.

Anónimo dijo...

La vuelta al cole, ya no te acordabas de las cosas buenas qhue puede traer. Que sigas con la buena racha, recuerda levantarte con el pie derecho :).
Si aplicas reglas memotécnicas, me imagino la de mi nombre, asín que mejor no te cuento los apellidos.

Susana

Teresa, la de la ventana dijo...

Pues sí, Susana, se han juntado muchas cosas de golpe, y aunque algunas las esperaba (y con muchas ganas) otras están siendo una sorpresa constante. En cuanto a la memoria, no, no uso la mnemotécnia. Además, te digo lo que a Paco, no te pongo cara, así que de momento tú para mí eres "Susana, la anónima". ;-)

Teresa, la de la ventana dijo...

Pues no estaría mal, Peñas, porque con una memoria frágil, la buena voluntad no basta si el grupo es grande, y una acaba por dejar de prestar atención a lo que te dice la persona por repetir su nombre mentalmente para que se te grabe bien.

En cuanto a lo segundo,no, no hace falta que me lo digas: desde que empezaste a asomarte a esta ventana lo has demostrado en muchas ocasiones. Con cada pequeño paso que he ido dando. Pero mola escucharlo igualmente. Mil gracias. :-)

Alice vio la luna... dijo...

Teresa, es genial no tener tiempo si el que se tiene se está disfrutando plenamente. Sólo espero que no te olvides de mi nombre... De momento me toca mantenerme en un discreto segundo plano mientras me sienta como la más aguafiestas de todas las fiestas.

Un beso muy fuerte. Porfi, no te bajes ya nunca de la tabla de surf.

Anónimo dijo...

Uyyy, seño que la de la ventana me ha llamado amónina :D.
Yo tengo un problema serio con la gente cuando llevo un tiempo sin verla, se me olvida la cara y la tengo que recordar por asociaciones, que me fallan mucho. Y las mujeres suelen tener una memoria espantosamente buena para la gente, así que vienen, me saludan, hablamos de nuestras cosas y cuando se van me quedo horas pensando que quién era y de qué la conocía. O, en otras ocasiones meto yo la pata, una vez fui a saludar a mi antigua compañera de trabajo Lola la de Almería, qué raro verla por Madrid y en la fila del probador del cortinglés, oye y qué acento más raro que tenía la tía, y qué raripija que estaba, eso sí muy educada. Afortunadamente entramos cada una en nuestro probador y nos fuimos. Me quedo dando vueltas a lo rara que está Lola de Almería, cuando al cabo de tres horas me doy cuenta...joer, si era Lidia Bosch.
Qué apuros paso, y lo más gracioso es que soy muy buena pintora de caras, pero se me olvidan.


Susana

Gonzalo Viveiró Ruiz dijo...

No sabes lo que me ha alegrado leer esta entrada.

Teresa, la de la ventana dijo...

Jo, Arancha, ¿cómo me voy a olvidar de ti, so boba? Estoy deseando que me llames para decirme que ya ha llegado el día de la Fiesta, y preparar unas cuantas quiches y otras delicatessen gabachas. Eso querrá decir que, por fin, empieza tu momento. Un beso grande.

Ays, Gonzalo. Y a mi que te alegre. Se te quiere mucho aquí, en la ventana... :-)

Alice vio la luna... dijo...

Ya queda, poco, Teresa. Para Navidades esto se ha terminado. ¡Qué ganas, Dios!