miércoles, 26 de octubre de 2011

Sombras de ayer, luces de hoy


Tengo parte de mi pasado guardado en una caja de cartón. Cuadernos pequeños, de todo tipo y calidad, pero que tienen en común una letra redondita y pulcra, clara y agradable de leer, que no ha cambiado apenas a lo largo de más de treinta años. Otra parte, la más reciente, está en esa nube en la que flotan posts escritos desde hace ya casi una década, y de vez en cuando también me gusta sumergirme en sus archivos con mirada de extraña, como si no fueran míos. Hoy he vuelto a hacerlo, esta vez en los de papel y boli: buscando otra cosa en un armario, me he topado con mis viejas libretas, y me he vuelto a perder durante un rato entre sus páginas, las que desde que recuerdo me han acompañado recogiendo mis preocupaciones y deseos de cada momento de mi vida. Me he encontrado de nuevo con la chica de catorce años que deseaba empezar el instituto, para salir del ghetto femenino del colegio de monjas. Y con la universitaria ansiosa por terminar la carrera y trabajar. Me resulta curioso comprobar cómo buena parte de mi vida la he vivido esperando que el tiempo pasara. Es decir, sin vivirla. Siempre impaciente por quemar unas etapas que me estorbaban, en las que no me sentía a gusto, y sin la garantía de que lo que vendría fuese a mejorar aquello de lo que quería huír a toda costa. Por suerte fue así, y cada paso hacia delante me llevó a lugares menos sombríos, a entornos más acogedores, a dejar atrás una soledad que, aunque a veces aún me ronda, ya he domesticado bastante. Hoy me cuesta reconocer a aquella joven angustiada y descontenta en la mujer en la que me he terminado por convertir. Porque, a pesar de que no siempre ha sido fácil, salí de aquella espiral de sala de espera y desasosiego continuo, de no estar bien en ninguna parte, siempre mirando a un horizonte demasiado lejano. Y me siento bien donde estoy. Ahora. El futuro ya no me atrae, ni me importa, ya le llegará su momento cuando le toque. Ya no rezo para que el tiempo pase a velocidad distinta de la normal. No quiero perderme ni un solo segundo de lo que estoy viviendo ahora mismo. El futuro ya no me deslumbra, porque sé que vendrá en su momento, y también se convertirá en presente. Como el de hoy, tan extrañamente luminoso, a pesar de sus zonas de sombra. O quizás precisamente por ellas...

3 comentarios:

Teresa, la de la ventana dijo...

Yo las he arrastrado conmigo a las tres casas donde viví después de irme de la de mis padres, y aquí siguen. A veces me da miedo abrirlas, no le veo sentido. Otras, me llaman, y no puedo evitar acercarme a ellas. Y siempre me queda la sensación de estar mirando la vida de otra persona. Y no sé si eso es bueno o malo.

neoGurb dijo...

Siempre esperando otra cosa, de algún sitio he sacado la frase de que la vida es eso que pasa mientras uno está haciendo otros planes, y qué cierto es.

Tal vez la madurez consiste en eso, en fijarnos en lo que pasa en lugar de imaginar lo que vendrá.

Anónimo dijo...

Con veinte mudanzas a mis espaldas, me hace mucha ilusión encontrar cosas de este estilo, que obviamente en mi caso es mucho más difícil. Bien por ti.
Sobre el esguince, siempre advierto que os fijeis si duele la planta del pie al caminar, eso nos pasó a una amiga y a mi a consecuencia de sendos esguinces, y la recuperación de la fascia plantar es más pesada.

Susana