sábado, 12 de noviembre de 2011

Desvelada (y con hambre)


Me despierto en mitad de la noche. Otra vez. Desvelada y con hambre. Sé que es inútil que intente dormirme: si no me levanto, terminaré con dolor de cabeza después de dar mil vueltas, así que salgo de la cama. Decido comer algo y leer las páginas de economía del periódico: un remedio infalible que me deja agotada y rendida de sueño a los cinco minutos. Mientras haya noticias sobre la bolsa, por mí puede hundirse la industria farmacéutica, sección somníferos. Camino de la cocina, me sorprende la claridad lechosa que se cuela por el balcón e inunda el salón. Siento un escalofrío extraño, como si alguien me estuviese mirando. Me siento inquieta, tanto que incluso me doy la vuelta, buscando unos ojos que no encontraré. Porque es sólo la luna, esa luz rara de la luna llena, que da a las cosas un aspecto fantasmagórico e irreal, yo incluida. Me río de mi propio miedo, para espantarlo, mientras abro el frigorífico, sin saber muy bien qué busco. Me doy cuenta de que no quiero un yogur, que me da pereza calentarme ahora un vaso de leche, y que ni siquiera tengo ganas de terminarme ese último trozo de tarta de fresa que sobró del postre. Con un suspiro, cierro la puerta de la nevera. Nada me convence.

Porque ahora mismo sólo me apeteces tú.

7 comentarios:

Jean Bedel dijo...

La última frase es mítica jefa :-)

Jesús Miramón dijo...

Me ha gustado mucho, qué bien escrito está. Bravo.

Ah, y coincido con Jean Bedel: esa última frase es mítica...

Juan Carlos Vivó Córcoles dijo...

Mucho me ha gustado. La ausencia de alguien. Qué dolor.

Teresa, la de la ventana dijo...

Pues me alegro de que os haya gustado tanto(curiosamente, los tres sois hombres. Da que pensar, ¿no?). ¡Muchas gracias, chicos!

Anónimo dijo...

Dejavu..., Teté.

Paco Principiante dijo...

Desvelada y con hambre de tantos meses...
un abrazo

Teresa, la de la ventana dijo...

La mente es así de caprichosa, Anónimo. Te lleva y te trae donde quiere, y sólo necesita un pequeño detalle. Puede ser la luna, un gesto, una canción...

Incluso al hambre se acostumbra una, Paco. Lo "bueno" que tiene es que, pasado un cierto punto, ni lo sientes. Lo que no se va nunca es una cierta nostalgia por los detalles perdidos: el placer de sentarse a la mesa y compartir un rato de charla frente a un plato, o abrir el frigorífico y pensar "A ver qué le preparo esta noche...". Pero, no hay que obsesionarse por lo que te falta, o terminas no viendo lo que aún te queda. Porque la vida es todo lo ancha que tú le permitas serlo. Y yo intento mirar hacia delante, sí, pero también hacia los lados: no me está yendo mal.