martes, 8 de noviembre de 2011

La calumnia



Reconozco que fui una niña que vio mucha televisión.


Mis jóvenes y seguramente inmaduros padres nunca me metieron pronto en la cama. Y no porque yo montara el numerito, sino porque era algo que no debían considerar importante. Sí lo era, por ejemplo, que dijera palabrotas, que me chupara las manos después de subir de jugar en la calle, o que me comiese el choped del bocadillo y dejara el pan. Eso no me lo permitían. En cambio, cenaba con ellos y veía las mismas cosas por la noche. Muchas películas, de lo más dispares. Varios ciclos de directores y actores norteamericanos. Alfred Hitchcock y Billy Wilder. James Stewart y Katherine Hepburn. Musicales de Elvis y westerns de John Ford. "El Halcón Maltés" y "Imitación a la vida". De todo. La única censura que recuerdo, en escenas amorosas o sanguinolentas en exceso, era mi madre levantándose de la silla y plantándose frente a la pantalla, mientras hablaba en voz muy alta de cualquier cosa estúpida, hasta que cambiaba el plano, y la acción seguía su curso. Así tuve la suerte de ver mucho cine, e igual que me comía sin preguntar todo lo que me ponían en el plato, me fui echando para el cuerpo una cultura cinematográfica que, aún hoy, me sorprende. Me suenan todos los clásicos, de todos los géneros, y tengo vagos recuerdos de haber visto la mayor parte de las películas que se consideran imprescindibles. Reconozco a multitud de actores, directores e incluso autores de bandas sonoras, porque aparte de gustarme el cine, me encantó siempre leer, y me leía, o hacía que me leyeran cuando aún no sabía, los títulos de crédito de las películas, desde que aparecía el león de la Metro hasta que salía el dibujito del Depósito Legal. Ni uno ni otra sabían inglés, pero a mí me sonaba mucho mejor mi madre. "Léemelos, mama". "Jon Vaine", "Rober Michun", "Paúl Neuman"...



No hace mucho volví a ver una de esas películas que recuerdo en blanco y negro, y que en realidad lo era: "La calumnia" ("The children's hour", William Wyler, 1961). Evidentemente, en su día no pillé el por qué se montaba la que se montaba por culpa de la amistad demasiado estrecha entre dos profesoras. A los diez años, una niña de los setenta no podía tener ni idea de lo que suponía una relación lésbica, aunque tampoco me lo hubiesen explicado por mucho que hubiese insistido: de esas cosas no se hablaba. Sin embargo, recuerdo la impotencia y la angustia al ver cómo el mundo se les echaba encima a Audrey Hepburn y a Shirley MacLaine por algo, lo que fuera que hubieran hecho, y que en realidad no hicieron. Y cómo, de nuevo, igual que a mi me pasaba en el patio del recreo por aquel entonces, ganaba, y de qué manera, la niña odiosa y mala. Lo peor de todo era que una cría de ésas no se metía sólo con otras de su tamaño, que también, sino que se atrevía a arruinar la vida de dos mujeres adultas. Su poder, que yo veía enorme, resultaba ser casi infinito: nadie estaba a salvo de la maldad de alguien así, ni siquiera los todopoderosos mayores. Fue una película que nunca olvidé, porque, en cierto modo, me hizo perder la inocencia respecto al hecho de que mis padres pudiesen protegerme de cualquier amenaza. Una historia que ahora, al verla de nuevo, ha conseguido sobrecogerme tanto como entonces, reviviendo la sensación de desamparo e injusticia cósmica que entonces sentí. Ese miedo, que nunca se me ha ido del todo, a la gente que no necesita motivos para hacer daño, porque simplemente encuentra placer en ello, en tener el poder y usarlo. Igual que tampoco he conseguido todavía librarme de esa certeza de pertenecer al grupo de víctimas potenciales: los ilusos que piensan que están a salvo, tan sólo porque ellos nunca harían algo semejante.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Me hacen gracia las normas de tus padres, pero no creas que en mi casa teníamos alguna mucho más sorprendente a ojos de extraños.
Por cierto que la calumniadora es una niña de unos diez años muy capaz de entender lo que dejaba entrever, a tu vez dejas entrever que alguna criaturita te estaba haciendo la gran puñeta.
Yo crecí en un ambiente en el que los límites estaban bien marcados, yo no era de las guays porque mis padres no lo eran, y durante algunos años no estaban, y con esas tuve que apechugar. Lo que me llegué a hartar, el mundo convencional de normas tiene muchos vericuetos no escritos con los que tienes que aprender a manejarte, si no, y sobre todo siendo mujer, vas habiada.

Susana

Babunita dijo...

Oh!! Don Benito!!! Puede recomendarle a su padre que se pase por aquí, Emilio está haciendo unas reflexiones muy interesantes sobre los episodios:

http://librodecuentas.wordpress.com/2011/11/02/371/

http://librodecuentas.wordpress.com/2011/11/05/372/