lunes 28 de noviembre de 2011

Ojos de otoño

Para J. 

Erase una vez un chica con los ojos asustados. El miedo era parte de ella, de hecho cualquier observador avispado al verlos hubiese dicho que eran de color marrón-susto. Para ella, el temor era un colchón mullido al que se lanzaba a menudo: la menor contrariedad, el desafío más pequeño hacía que se tambaleara y terminara cayendo en él. Un refugio tramposamente seguro, ya que, en realidad, estaba lleno de peligros, de los auténticos, de ésos que te atrapan y no te sueltan. Cada vez que se acurrucaba bajo la manta, notaba las púas y los hierros retorcidos de los que estaba relleno el colchón, clavándosele en la espalda. Ella pensaba que era normal, que el mundo era un lugar difícil, inhóspito, hostil. Tenía miedo de todo y al mismo tiempo de nada, y esa ambiguedad de su temor lo hacía aún más desconcertante y terrorífico. Hasta que después de mucho pensar se dio cuenta de lo que realmente le asustaba era el propio miedo. Era esa sensación continua de desamparo, de que algo iría mal siempre, aunque no fuera justo, aunque no se lo mereciese, esa falta de fuerza para cambiar algo, para cambiarlo todo. Y sin embargo, la chica de los ojos asustados no se resignaba. Cuando más miedo tenía, más pensaba en lo injusto que era vivir así, y miraba con envidia a los demás, alegres y despreocupados, capaces de avanzar por la vida con una sonrisa y los ojos llenos de deseos, ilusiones y osadía. 

Hasta que un día, alguien paro, miró, y la vio. Vio su miedo, pero también sus ganas de acabar con él, y todo lo que guardaba debajo. No era difícil verlo, sólo bastaba fijarse un poco. Un tesoro de fuerza, entusiasmo, alegría, generosidad y pasión. Y decidió quedárselo. ¿No es lo que hacen los que encuentran algo en lo que nadie había reparado antes, sobre lo que miles de pies habían pisado sin detenerse a cavar? A partir de entonces, la chica de los ojos asustados empezó a mirar de otro modo las cosas y las personas, y descubrió que los colores, sin el filtro del miedo, eran mucho más vivos y bonitos. Decidió regalar al menos una sonrisa al día a un desconocido, y comprobó divertida que casi siempre se la devolvían, y que esa sensación era increíblemente placentera. Un día se dio cuenta de la cantidad de cosas que tenía pendientes de hacer por primera vez, todas ésas que quedaron en su día arrinconadas por culpa del miedo. Y las empezó a hacer. Una tras otra. Dándose cuenta de que siempre había más, siempre un poco más emocionantes y sorprendentes. Pero no todo fue fácil para ella. Dejar atrás el miedo no te libra de los peligros, sólo te los pone delante en igualdad de condiciones. El peligro y tú. Un duelo en el que a veces se gana y otras se pierde. Aunque la chica de los ojos asustados siempre ganó. Incluso cuando lo perdió todo. La desgracia la hizo más fuerte, más correosa, más hábil para afrontar las contrariedades que vinieran. En lugar de acobardarse, se hizo más sabia y mucho más valiente. Aprendió a relativizar, a dosificar sus fuerzas y preocupaciones. Sin miedo ya en los ojos, ni en el corazón. Con la curiosidad y el atrevimiento que sólo tienen los que saben del valor la energía vigorizante de la luz por haber estado demasiado tiempo en la oscuridad. 

Había aprendido a vivir. Y ya nunca dejó de hacerlo.

3 comentarios:

Bichejo dijo...

Pues mira qué curioso…ayer empecé a leer un libro. La última frase que leí antes de acostarme decía algo así como “creo que aún no han aprendido a vivir”, con tono de lástima.

Aprender a vivir es complicado, yo ando en el camino, y te felicito por haber aprendido. Que los valientes no son los que no tienen miedo, sino los que se enfrentan a su miedo.

Jo, a veces soy de un cursi que tumbo.

Anónimo dijo...

Y sus ojos, en vez de reflejar miedo, beben ahora la luz de cada día devolviéndola con tonos de curiosidad y el color de la miel.

J.

Teresa, la de la ventana dijo...

Pues sí, Bich. Es complicado, mucho, pero es la única opción para disfrutar un poco de la vida, la opción B es bastante peor. Y la vida es demasiado corta como para andar titubeando.

Bendita curiosidad, ¿verdad, J.?

 
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