viernes, 23 de diciembre de 2011

Un poco de marketing y autopromoción...

Hace mucho que no pongo ningún relato aquí, y hoy, una conversación del Twitter, me ha hecho recordar uno que escribí para el curso de escritura el día que el tema era "Fantasmas". Es el relato más delirante y surrealista que he escrito nunca y, con mucho, el que más me divertí escribiendo.


POR LO QUE PUEDA PASAR

La carrera musical de Simón Luengo fue tan corta como deben serlo la de las grandes estrellas del firmamento musical. Breve, pero intensa, y con un final inesperado y trágico. Si su manager, tan cuidadoso con los aspectos más peregrinos de la imagen y el concepto del grupo, se hubiese propuesto diseñar al milímetro su trayectoria, jamás hubiese previsto un momento tan oportuno y una manera tan adecuadamente dramática para dejar a los “Faithless Dogs” sin su cantante. Un disco en lo más alto de las listas de ventas, un premio al grupo revelación recién recogido en Miami (USA) y una gira veraniega a medio acabar, truncada por un accidente de tráfico camino del mayor estadio de fútbol del país. El espectáculo trasladado a las puertas del recinto, donde las fans aullaban de dolor al enterarse de que el lánguido cantante del grupo se desangraba camino del hospital. 

Simón supo que estaba muerto no cuando dejó de sentir dolor, sino en el momento en que empezó a recordar cosas de lo más extrañas sin pretenderlo. ¿Sería aquello lo que la gente llamaba “ver su vida en diapositivas” antes de pasar al otro lado? Mientras los bomberos peleaban inútilmente contra los hierros para sacar lo que quedaba de él, recordó su primer día de colegio, y las gotas de colonia que se deslizaban por su frente, mientras pensaba que iba a oler como una niña. Cuando un operario gordo y sudoroso consiguió al fin liberar su pierna izquierda, el roce de sus guantes le hizo sentir de nuevo el tacto de su primera cazadora de cuero, la que se compró con su primera tarjeta de crédito, después del primer single. Las órdenes enérgicas del médico del Samur se mezclaron en su cabeza con la voz de su madre, aquella misma mañana, la misma cantinela de siempre, a pesar de sus veintidós años, a pesar de su disco de oro y su premio Grammy, como si aún fuera al colegio, qué mujer, Dios… “¿Te has cambiado de calzoncillos, hijo? A ver si te va a pasar algo, te llevan al hospital y tu madre queda como una guarra”.

Pues sí: le había pasado algo, algo terrible y definitivo, y había ocurrido precisamente cuando llevaba varios días sin cambiarse de ropa interior. El terrible fantasma de la vergüenza materna se había materializado. Y sí, era tan espantoso como su santa madre había temido. Si la eternidad era para siempre, sería insoportable recordar cada día y hasta el infinito las risitas del celador cuando metió los gayumbos de manzanitas verdes en la bolsa de plástico y, en lugar de entregárselos junto al resto de sus cosas a sus padres, lo mandó por mensajero a una cadena de televisión. Porque él, Simón Luengo, el líder de los “Faithless Dogs”, ya no sería recordado como lo que debería haber sido, un joven y bonito cadáver, muerto en el momento justo para convertirse en leyenda, sino como el cantante de los calzoncillos sucios. Así había abierto el programa estrella del corazón: con la imagen de aquella prenda, de un color sospechosamente tostado, ocupando toda la pantalla.  La tierra no podía tragarle, porque ya lo había hecho aquella misma mañana en un sepelio que quiso ser íntimo y familiar, y que apenas pudo esquivar a las cámaras y a los periodistas que se agolpaban en el cementerio. Aunque el mal ya estaba hecho, sintió que tenía la oportunidad de intentar algo, cualquier cosa, ahora que estaba descubriendo que desde el más allá se podían hacer cosas increíbles en el más acá. Nada le devolvería ya una reputación destrozada, pero qué demonios, se divertiría un rato. Si algo le sobraba, era tiempo para hacer el idiota.

Fue el bajo de los “Faithless Dogs”, Arturo Rovaina, un chico calvito e insignificante que Simón conocía desde la guardería, el primero en encontrarse su cuarto patas arriba. Pensó que nunca antes una borrachera le había impedido recordar, pero aquella noche nadie se libró de beber demasiado: la ausencia de Simón pesaba, y había que seguir adelante, como si todo fuera igual, aunque no lo era. No dijo nada, volvió a colocar las cosas en su sitio antes de que su madre entrara a hacerle la cama, y lo olvidó. Hasta que Pablo Zapata, el batería, le contó que no se explicaba cómo habían podido entrar y salir de su casa en plena noche, sin despertarle ni a él ni a su novia, para finalmente no llevarse nada. Los cacos habían revuelto todos los cajones y habían tirado por el suelo toda su ropa interior. Angel Gómez, el guitarrista, reconoció que también sus calzoncillos aparecieron desperdigados por su habitación después de una noche loca con una fan. La chica aseguró no haber tocado su ropa, aunque terminó confesando que lo que sí había hecho había sido cortarle un mechón del flequillo mientras dormía. Hasta Paco Carnicero, el manager, reconoció ante los chicos que su mujer le había montado una buena bronca por revolver de aquella manera el cajón de la ropa interior. “¿Tú has visto la que has liado? Claro, como tienes a la mema de siempre detrás, colocándolo todo…”

Rubén Viñas, el nuevo cantante y antiguo segundo guitarrista de la banda, se quedó mudo a la mitad de la sexta canción del primer concierto sin Simón. Y no por falta de tablas, ni por los nervios de la primera vez. Ni él ni nadie esperaba aquello, aunque los periódicos dijeran al día siguiente que se trataba de una artimaña publicitaria para lavar el nombre de su anterior cantante, muerto en trágicas circunstancias, cuya memoria se había visto enturbiada por su escasa higiene indumentaria.

Miles de calzoncillos llovieron sobre los asistentes al concierto. Calzoncillos blancos, de cuadros, con corazones, de dibujos animados. De todas las tallas, estilos y colores. Pero también cayeron bragas. Tangas mínimos, sofisticadas y sexys bragas de encaje, y sencillas bragas blancas de algodón. La gente se volvió loca. Hubo alguno que se llenó los bolsillos con las prendas íntimas, mientras otros se fueron de vacío, aunque con más de un cardenal y algún que otro ojo morado. El concierto se suspendió durante una hora a causa de los disturbios, hasta que la policía desalojó el estadio, e hizo entrar de nuevo al público, ya más calmado y deseoso de terminar de ver la actuación de los “Faithless”.

Todos los medios de comunicación nacionales y varios extranjeros recogieron la noticia. Paco Carnicero juró ante los chicos y sobre la tumba de Jimi Hendrix que no tenía ni idea de quién había organizado aquella historia, aunque luego, en rueda de prensa multitudinaria, reconoció que aquello había sido una auténtica bomba promocional que les había hecho abrir todos los informativos. La gente agotó las entradas del segundo concierto esperando que volvieran a aparecer los calzoncillos voladores, pero no fue así. Nadie habló de la brillantez de la segunda actuación en vivo de los “Faithless Dogs” con su nuevo cantante: la marabunta que exigía “lluvia de gayumbos, tormenta de bragas” hizo que lo único que saliese en las noticias fueran los tumultos y numerosos heridos que los antidisturbios fueron incapaces de controlar. El representante de los muchachos tuvo que asegurar que en los próximos conciertos volverían a caer tangas del cielo para evitar la devolución masiva de las entradas. Sin embargo, a pesar de que aquella terminó siendo recordada como “La gira de los gayumbos”, nunca más llovieron tantas y tan variadas prendas como la primera vez, y sólo los privilegiados que asistieron al primer concierto pudieron llevarse a casa unos calzoncillos que cuando llevaban más de dos días sin lavarse, dejaban ver bajo la goma de la cintura, en letras mayúsculas y en verde fluorescente, la frase: “Siempre limpios… por lo que pueda pasar”.

6 comentarios:

miedoslibres.com dijo...

Gracias, Teresa, por tu regalo. Me ha gustado mucho. Un beso!

Anónimo dijo...

Me encanto leerlo en su dia, creo que fui el primero en hacerlo, y he disfrutado igual hoy.
Un autentico placer.
Vicent.

PD: Aun no se como se ponen las tildes en el puñetero movil este...

Teresa, la de la ventana dijo...

Por supuesto. Pero qué aburrido sería todo siguiendo sus instrucciones al pie de la letra, ¿no crees, Peñas? :-)

Estupendo, Pedro. Me alegro mucho. Y es un gusto verte de nuevo por aquí.

Así fue, Vicent. Hubo un tiempo en el que eras mi banco de pruebas, y lo recuerdo como una época genial. Incluso te debo el título de "Lazos", no creas que se me olvida...

@laeme dijo...

Me ha encantado, ¡Qué divertido!

Teresa, la de la ventana dijo...

¡Laeme! Qué ilusión, tú por aquí. ¡Bienvenida! Me alegro un montón de que te haya gustado.

José Antonio Arnedo dijo...

Qué bueno, esta entrada también me ha gustado mucho! :)

Enhorabuena, un saludo,

Jose