sábado, 18 de febrero de 2012

Atrapando instantes


Mi relación con la fotografía ha sido, durante toda mi vida, de amor-odio. Nunca fui de esas niñas que sacan la lengua y se niegan a salir en foto, pero sí que me costaba ser natural y cada vez que me ponía delante de una cámara era la crónica de un fiasco anunciado. Era como si siempre estuviese pensando "Esta vez voy a salir de nuevo horrible...", y claro, salía horrorosa. Tristona, sin estarlo. Seria, mucho más de lo que realmente era. Y asustada, sin motivo ninguno para tener miedo. Tengo pocas fotos de niña riendo desde los cuatro años en adelante. Supongo que cuando fui consciente de mí misma empecé a sentirme intimidada por las cámaras. En los carretes de mis padres, todavía hay alguna foto pasable, pero las fotos de estudio son realmente momentos congelados de "Por favor, que esto se acabe pronto, yo no quiero estar aquí." Allí sí que me sentía ya no intimidada, sino muerta de miedo y vergüenza ante el señor fotógrafo. De nada servía que me dejara juguetes, o que me colocara con suavidad el pelo detrás de las orejas. No sabía qué cara poner, y siempre ponía una extrañísima que no era la mía de todos los días. No me reconozco en esas fotos. O lo que es peor, sí lo hago en algunas, y me da muchísima pena de esa niña con expresión siempre tensa, en guardia, sin esa despreocupación tan propia de la infancia. 

Con el paso de los años me tocó a mí coger la cámara, y tampoco le encontré el gusto. El momento de parar para hacer una foto en vacaciones siempre me parecía inoportuno, me daba una pereza infinita, y volver a casa con un carrete de fotos de monumentos que estaban en cualquier enciclopedia conmigo delante en tamaño diminuto, tampoco me motivaba gran cosa. Pero todo cambió cuando encontré un marido no sólo aficionado, sino buen fotógrafo. Pude delegar la tarea de las fotos de vacaciones en él, y empezar a salir en algunas, descubriendo con alegría cómo la chica asustada empezaba a sonreir en las fotos, y a reconocerse. Es curioso observar el antes y el después en mis álbumes a partir de mi encuentro con Thierry.  

Ahora no tengo marido que me fotografíe, pero sí una cámara que empiezo a usar con gusto. Me temo que seguiré sin hacer fotos de monumentos, pero el Iphone 4S y su facilidad de uso me está descubriendo un universo nuevo, una forma distinta de pararme a mirar el mundo que me está empezando a gustar. Y gracias a la doble cámara, también de seguir mirándome a mí misma. Mis autoretratos siguen siendo los de la mujer alegre de los últimos años, más o menos sonriente, pero ya nunca tensa ni temerosa de que la cámara revele más de la cuenta. Supongo que ya he perdido mucho de ese miedo que arrastré durante tanto tiempo y que tan claramente recogían aquellas viejas fotos. Porque con el tiempo, me he dado cuenta de que no pasa nada porque te miren, y te vean. Al contrario.

(Foto de la flamante ganadora del premio 20Blogs de este año, Clara Grima, a la que tengo el gusto de conocer y con la que compartí la emoción de su victoria la noche del jueves. En ese instante, Luis Piedrahita la nombraba junto a los demás finalistas... Unos segundos más tarde estallaba la alegría. Su blog, Mati y sus mateaventuras, bien se lo merecía. ¡Enhorabuena a Clara y también a Raquel, la ilustradora del blog, que no pudo estar en Madrid esa noche tan especial...!)


1 comentarios:

Reyes dijo...

Te entiendo perfectamente,pero no hace falta mantener las cosas siempre al mismo fuelle,sino usarlas o no.
En cualquier caso te deseo lo mejor y que sigas bien.
Abrazos.