sábado, 28 de abril de 2012

Territorio prohibido

Me gusta cocinar porque mi madre nunca me dejó entrar en la cocina. Bueno, sí. Después de mucho insistir, me dejaba pelar una patata, luego llegué a conseguir que me permitiera cortarla en palitos para freírla, pero poco más. Sin embargo, me prestaba sus libros de cocina (esos de los que jamás hizo ni una sola receta), y yo me tiraba las horas muertas mirándolos, soñando con el día en que, dueña y señora de mi propia cocina, podría probar esas y otras mil posibilidades, fuera del "sota, caballo y rey" de mi señora madre. Que, todo hay que decirlo, guisa estupendamente, pero imaginativa y rompedora... poco.

Ahora tengo en mi casa esos libros, y muchos más: mi biblioteca gastronómica es bastante completa y en algunos aspectos muy pintoresca, debido a mis viajes. Hago menos recetas nuevas de las que en su día pensé que haría, pero porque mi situación personal (una persona sola en casa) limita bastante a la hora de guisar. Y es que a mí me gusta cocinar para los otros. Disfruto casi más preparando que comiendo, lo cual no quita para que haya diseñado una batería de platos especialmente adecuados para una persona sola, por su comodidad de preparación, aprovechamiento de sobras o posibilidades de congelación. Y cada día, en el momento de ponerme el delantal y encender el fuego, doy mentalmente las gracias a mi madre por prohibirme la entrada en la cocina, por hacer de esa obligación odiosa para tanta gente un placer ansiado y vedado. Sin proponérselo, haciendo de la cocina territorio prohibido para mí, consiguió el efecto contrario.

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