viernes, 27 de abril de 2012

Un día cualquiera

Suena el despertador y abres los ojos. Otro día más, de los de diario, esos a los que nos une ese amor-odio tan peculiar del que sabe que, aunque se pase la vida esperando los festivos, es mejor que haya días laborables. De los que contamos como los presos, algunos incluso los tachan del calendario con saña, apretando bien fuerte con un rotulador de los más gordos, como si la energía y el grosor del trazo ayudaran a acelerar el tiempo y el viernes fuese a llegar antes. Un día sin grandes cosas en la agenda, anodino sobre el papel, pero que, de repente, arrasará todo a su paso. Nada volverá a ser lo mismo. Cuando nos metamos en la cama, será nuestra primera noche de un después único e irrepetible. El día nos habrá deparado una sorpresa no por deseada menos sorprendente, porque hay noticias que siempre te zarandean cuando las recibes. Y no tienen por qué ser malas. En realidad lo hacen porque son buenas. Y lo cambian todo. Para siempre.

Pero así son las cosas importantes de la vida. Igual que las insignificantes: no avisan. Y ocurren un día. Cualquiera.

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