domingo, 20 de mayo de 2012

Cerrando el círculo

Cumplir la última voluntad de alguien es una de esas cosas, que ves llegar, temes que lleguen y sí, terminan llegando. Una responsabilidad a la que el toque de ultratumba le da un halo inquietante, da igual si crees en algo o en nada. De alguna manera, el hecho de que hayas recibido instrucciones precisas de alguien que ya no puede venir a reclamarte si lo haces mal o si no lo haces, contribuye a que la obligación de cumplir con esos deseos sea ineludible y, hasta cierto punto, opresiva e incluso angustiosa. Vamos, lo que se suele decir un marrón. No se contravienen las órdenes de un muerto, y menos aún cuando ese muerto te importa (y tú le importabas a él, eso está claro: si no nunca te hubiera elegido para ese menester tan importante). Así que el momento en el que haces lo que debías se convierte en una especie de liberación. Un momento triste, porque significa revivir muchas cosas relacionadas con esa persona, incluido su final, pero también alegre, de ligereza, de alivio por el deber cumplido. De cierre definitivo de un círculo que debía cerrarse y que nadie podía cerrar, excepto tú.

No sé quien será el encargado de cumplir con mis últimos deseos, ni siquiera sé si habrá alguien. Podría decir que me da igual, porque estaré muerta, pero mentiría. Sí me gustaría tener a alguien de confianza a mano, porque habiendo estado en ese lado, en el de los supervivientes, estoy segura de que la certeza de que alguien hará algo tan duro por ti debe aliviar el paso por el trago de la muerte de manera considerable. Porque, en cierto modo, es como si descargaras en el otro un poquito del terrible peso del fardo que supone el hecho de desaparecer. Como si en el momento en el que más solo te encuentras en toda tu vida, en el que nadie, ni quien más te quiere puede ayudarte, no lo estuvieses del todo.

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