miércoles, 2 de mayo de 2012

Dicen que el desayuno es la comida más importante del día...

Esta mañana, mientras casi gemía de placer ante las mejores porras y churros que probaba en muchos años, no he podido evitar pensar en lo mucho que las distintas maneras de desayunar se parecen a las diferentes maneras de gozar en la cama. Me explico. Hay días en los que te apetece algo rápido y adrenalítico, sin alharacas: un café bebido de pie, junto al fregadero. En cambio otros te sientes mimosa y quieres el menú completo: caricias sin prisas, besos interminables, que te amen largo y tendido, muy tendido, a ser posible entre sábanas recién planchadas y a la luz cálida de las velas. Es el momento del brunch pantagruélico, de café y tostadas, mermeladas y miel, bollería francesa aún caliente, tumaca con jamón del bueno y un buen zumo de naranja recién exprimido. Y también hay mañanas en las que te despiertas y lo que te pide el cuerpo es un polvo salvaje, desatado, de los que te dejan las piernas temblonas y la piel húmeda, casi humeante. Efectivamente: hay días en los que lo que necesitas un buen chocolate con churros. O con porras, lo mismo da.

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