martes, 22 de mayo de 2012

Por suerte, no soy hipocondríaca...

Tengo una mala salud de hierro que me mantiene el calendario salpicado de revisiones, pero que me permite considerarme sana y llevar una vida normal que muchos quisieran para sí. No estoy enferma de nada en concreto, pero tengo varios puntos débiles que de no estar férreamente controlados y vigilados, harían de mí una persona quebradiza y con una vida limitada por su escasa salud, como esas damas lánguidas de antaño destinadas a no hacer esfuerzos y a quedarse en casa para no romper el difícil equilibrio entre estar bien y estar mal. Sin ser aprensiva, sí que la cercanía de las citas médicas me trastorna; no es que de repente me duela todo y piense que me voy a morir, pero me invade un malestar indefinido, un desasosiego que contamina el resto de mis actividades y pensamientos, y un sentimiento de cuenta atrás hasta que llega el día de ir al médico. El día termina por llegar, claro, casi siempre todo sigue bien y puedo continuar con mi vida. El alivio borra de un plumazo la semana antes y sus sinsabores, pero es imposible eliminar la sensación de que nunca podré relajarme del todo, porque dentro de otros seis meses tendré que volver. O salir corriendo a urgencias si las cosas se tuercen. Por suerte, soy capaz de sopesar lo malo que me pasa con lo mucho que aún conservo intacto en este chasis que me ha tocado en suerte, y mi vida no es una perpetua angustia. Pero sin ser hipocondríaca, sé lo que puede suponer entrar en el engranaje médico como paciente y no salir. Y eso está ahí. Borroso y desdibujado la mayor parte del tiempo. Un poco más nítido a medida que se acerca una nueva Itv. Y a eso, por muy optimista que sea una, no se pueden cerrar los ojos.

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