sábado, 23 de junio de 2012

Todo llega

Mi madre, pesar de tender a un pesimismo que suele ponerme de muy mala leche, tiene siempre sin embargo muy a mano un refrán que no deja de ser contradictorio con esa esencia tremendista suya: "No hay mal que cien años dure, ni cuerpo que lo resista". Lo fía muy a largo plazo, de acuerdo, pero hay un puntito de luz al final del túnel que me gusta. Precisamente porque yo soy lo contrario. Quizás por haberla visto siempre en la actitud opuesta, mi ser natural es luminoso y entusiasta. No logro hundirme con facilidad, me tienen que tirar muchas piedras encima, e incluso cuando me las echan y me tambaleo, soy capaz de pararme un instante y admirar la bonita forma y el brillante colorido de los pedruscos. Pues todo esto viene a cuento de que todo acaba, lo bueno y lo malo, y a pesar de la crueldad del mes de junio he terminado los exámenes con buenas notas (empollona hasta la tumba, me temo...), el curso de teatro se cierra definitivamente el martes, y el verano se extiende ante mí como una planicie, si no infinita, si amplia y larga. Hasta octubre no vuelvo a empezar las actividades regladas, así que dispongo de unos cuantos meses de libertad suprema con la que no sé qué haré. Reconozco que me quema un poco en las manos, pero eso no es malo, simplemente es vertiginoso. Porque ahora no tengo disculpa para no escribir, aunque me cueste sentarme y no distraerme con el vuelo de una mosca. A pesar de que sea un trabajo que envicia, pero duro y solitario como pocos. Y aunque el verano no me favorece productivamente en absoluto, cuento con algo que sí que lo hace: muchas ganas. Y una novela que está gritándome cada vez más fuerte: "Acábame de una maldita vez, so vaga".

Suficiente, ¿no?

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