jueves, 25 de octubre de 2012

Cuando ir a dormir, asusta...

Sueño mucho, siempre lo he hecho, y suelo recordar con bastante exactitud, lo cual es, claro está, un arma de doble filo. Cuando lo soñado es bueno, me lo llevo conmigo durante mucho rato, el día entero, incluso puedo llegar a recordarlo años más tarde y sentir el mismo cosquilleo de felicidad al evocarlo. Lo malo es que cuando no es tan bueno, el malestar y el desasosiego tampoco me abandonan con facilidad. Muy al contrario: me agobia y me aturde, y me cuesta horrores soltarlo y enfrentar el día con normalidad. Si el sueño no sólo es poco agradable, sino que roza la pesadilla, es recurrente y escarba en heridas no del todo curadas, entonces es lo peor. Al día siguiente ando tristona, y revuelta, y las imágenes, las sensaciones y hasta los diálogos se me presentan frescos y vivos una y otra vez. Como esas canciones pegadizas que se te meten en la cabeza y no hay manera de sacarlas de ahí.

Hoy ha sido uno de esos días. Anoche volví a soñar con algo que, lejos de atenuarse, me duele un poco más cada vez que vuelvo a soñar con ello, y sé que no será la última. Aún ando desasosegada y pesarosa. Y ahora que tengo que volver a acostarme, confieso que me da un poco de miedo cerrar otra vez los ojos... 

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