viernes, 12 de octubre de 2012

"¿Y tú? ¿A qué te dedicas?"

Cuando alguien que acaba de conocerme habla conmigo y me pregunta por mi trabajo, tengo que explicar demasiado, remontarme muy atrás y contar cosas que poco importan a un desconocido, así que opto por la vía fácil y rápida: "Me estoy tomando una temporada sabática.". No suelo especificar cuánto tiempo, si acabo de empezarla o llevo meses ociosa, ni cómo puedo permitírmelo, ni por qué ahora precisamente. La gente suele captar mis pocas ganas de dar muchas más explicaciones, y la mayoría no indaga más. Algunos se alegran porque les he caído bien y es agradable ver que a algunas personas la suerte les viene de cara. Otros, todo lo contrario: muestran cierta envidia de manera más o menos evidente. Luego añado que mi inactividad no lo es tanto, y que no, no me aburro, porque ésa suele ser la siguiente pregunta. Es entonces cuando les hablo de mis clases de inglés, o de las de teatro, incluso de esa novela que no termina de arrancar, pero que quizás con el fresco se reactive, igual que mi creatividad y ganas de trabajar en ella. Y es curioso ver el proceso de cómo esa envidia sana inicial ya no lo es tanto. Supongo que sería más cómodo decir que estoy en el paro y ganarme su compasión y solidaridad, pero ni soy mentirosa ni me gusta dar pena. No busco trabajo, ni cobro subsidios, luego no considero que esté en el paro. Reconocer eso logra que la pelusilla dé paso a cierto resentimiento difícil de disimular: los ojos mienten mal. Y ya he visto muchas veces esa mirada, sé reconocerla.

El principio de curso está haciendo que me esté encontrando con mucha gente nueva, y lo que me obliga a hablar de mí más de lo que me gustaría. Pero es inevitable. Y mi versión de la historia sigue siendo la misma, es decir, la única. Ni alardeo de mi situación, ni la oculto. A veces doy algún detalle más, pero no es lo habitual. Aunque me está costando, voy aprendiendo a no sentirme culpable, ni a justificarme. La vida da muchas vueltas, a veces hasta el mareo y el vómito, y no siempre puedes decidir cuándo ni dónde pararla, y menos aún bajarte en marcha. Recordar cómo he llegado hasta aquí y por qué es otra historia muy distinta a por qué ahora no trabajo. Demasiado compleja y personal. Un cúmulo de acontecimientos que me pesan, cada vez un poco menos, también es verdad, pero hay días que duelen como si no hubiese pasado el tiempo. Que he ido acoplando lo mejor que he podido a mi actual día a día, porque son parte de mí. Pero no me he quedado ahí. Me ha costado, me cuesta todavía, pero sigo andando. Sí. He logrado seguir siendo yo, a pesar de mis circunstancias.


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