jueves, 1 de noviembre de 2012

La crueldad de noviembre

Ni abril ni leches. Para mí, noviembre es el mes más jodido y difícil del año. Treinta días complicados que empiezan hoy. Aunque de hecho no tengo muchos muertos cercanos a mis espaldas, apenas los propios de la "ley de vida": tres de mis abuelos. A ver, algunas personas de mi entorno han ido desapareciendo, pero eran eso, conocidos, gente que no me importaba tanto como para que su ausencia me llegara a doler, quizás me escociera ligeramente en su momento, pero sin dejar huella duradera. Sin embargo, hace dos años noviembre pasó a ser el mes triste e hiriente, el de la peor pérdida que haya tenido hasta ahora. Un mes sombrío que octubre me anticipa sin ser del todo consciente con una tristeza indefinida y borrosa, y el que diciembre remata con sus festejos y reuniones familiares en los que el hueco se hace dolorosamente visible. En realidad, los últimos tres meses del año se han convertido en un periodo de tiempo que, sin querer, deseo que pase lo antes posible, para empezar otra vez en enero con el espíritu sosegado y el ánimo alto.

No tengo cementerio a donde ir. Y casi me alegro, porque si tuviera sepultura que visitar hoy, que la tristeza se concentraría en ese lugar y ese momento de una manera que quizás no pudiera soportar y me hundiría de verdad durante semanas. Pero eso no me libra del pesar, de un desconsuelo intermitente, más tenue, más disperso a lo largo del año, como las cenizas que repartí por varios lugares, que, en cierto modo, han quedado malditos, marcados para siempre, porque no creo que vuelva nunca. 

Igual que nunca volveré a verle a él.

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