sábado, 3 de noviembre de 2012

Mala suerte


Salvando las distancias, que tampoco son tantas, vuelvo a vivir la experiencia de ser la cuidadora-acompañante-responsable de un enfermo grave. De nuevo un diagnóstico duro de digerir, una patología crónica y un pronóstico que sin ser definitivamente negativo, tampoco es para tirar cohetes. Esta vez no ha sido una persona, pero sí el ser vivo que más cerca de mí ha estado (y no sólo físicamente) durante los últimos tiempos. Mi perrita está enferma, y es grave. Siempre ha arrastrado un mal apetito y un estómago delicado, pero se  le achacaba a un carácter caprichoso y a ser de una raza que a veces da problemas. Sin embargo, la cosa ha terminado por tener mucha más miga de la que parecía. Si se confirma el diagnóstico en los próximos días, podría tener la enfermedad de Addison. Una insuficiencia de las glándulas suprarrenales que, de no haberme decidido hoy a llevarla de urgencias al veterinario, la habría matado en unos días. Si tiene eso, tendrá que medicarse de por vida, y ésta se acortará, no mucho, pero sí algo. Poco ha durado la tregua. Cuando apenas tenía de nuevo mi vida organizada, de nuevo vuelve a tambalearse. Y, curiosamente, de una manera que me resulta demasiado familiar. De nuevo me toca lidiar con médicos, revisiones, medicamentos, y traerla y llevarla al hospital veterinario como en su día me tocó en otro hospital, éste humano. Y aunque evidentemente no es lo mismo, muchas de las sensaciones que estoy sintiendo estos días, sí que se repiten, dolorosamente idénticas. El mismo miedo. La misma sensación de "Lo sabía, no podía ser tan bueno todo". La misma soledad al volver hoy a casa sin ella y notarla vacía, casi con eco. El mismo nudo en el estómago. La misma incertidumbre con qué pasará.  Las mismas ganas de llorar cuando la gente me anima con su mejor voluntad. 

A veces me siento afortunada. Mucho. Soy de alegría fácil. Pero luego viene la realidad, pasan estas cosas y me quita la la razón de un guantazo.

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