lunes, 23 de diciembre de 2013

Que alguien me saque de aquí


Hace tiempo que dejé de adornar la casa por Navidad. Me desmotivó una familia nada amiga de la fanfarria navideña, que se reúne, se regala cosas o come a lo grande porque es lo que toca, pero no porque lo sientan de verdad, ni porque les apetezca lo más mínimo. Me pudo su falta de ilusión, y ahora soy incluso peor que ellos. Si pudiera esfumarme hasta el ocho de enero, lo haría. Porque en mí se ha cumplido eso de que estas fiestas son veneno cuando te falta alguien cercano. Doy fe de que lo son. Son días dañinos, en los que los recuerdos no son los más ponzoñosos, paradójicamente. Lo que más se clava es el presente. Y lo por venir. Ni está, ni estará. Nunca. Jamás. Y cada vez irán faltando más personas queridas, ley de vida, con lo cual será aún peor. Pero bueno, la ventaja de todo esto es que dura lo que dura, y pasa, hasta el año que viene. Así que vivo estos días horribles como un peaje que me cuesta pagar, pero que pago, cerrando los ojos y andando muy deprisa, para que pasen lo más rápido posible.

miércoles, 18 de diciembre de 2013

Cara lavada

Porque a veces hace falta. Verse un poco diferente, aunque debajo esté la misma y todos lo sepamos. Sin embargo, un lavado de cara siempre refresca. ¿Y qué mejor momento para darle un nuevo giro estético a la ventana que el año nuevo que se avecina? Convertir lo cotidiano en algo a lo que mirar con otros ojos. O con los mismos, pero con una mirada diferente.

El mismo perro, sí. Pero de vez en cuando gusta estrenar collar nuevo.

viernes, 13 de diciembre de 2013

Desidia

Creo que no soy la única que anda desganada con el blog, la blogosfera languidece y la gente ya no escribe ni actualiza con el brío y la garra de antaño. Supongo que las cosas tienen su momento cumbre, y el de este espacio mío pasó hace mucho. Lo estoy comprobando al releer hacia atrás buscando posts para el audioblog. Mis días de gloria bloguera pasaron, es un hecho comprobable a golpe de calendario, y no puedo hacer nada por evitarlo. Recuperar las entradas que más me gustan y hacerlas escuchables sólo me está sirviendo para ser consciente de que o ya no tengo nada que contar, o he perdido el toque de cómo hacerlo. 

No cerraré, porque sé que puedo volver a encotrar la veta otra vez, cuando menos me lo espere. Pero voy a intentar no agobiarme al comprobar lo que es un hecho: ya no escribo como antes. Mis posts no son más que vueltas a lo mismo, a un intento de justificarme frente a mí misma, la primera, y frente a los que todavía se dejen caer por aquí. No quiero convertir el blog en el muro de las lamentaciones que ya es, así que intentaré callarme si no tengo nada mejor que decir. Y seguiré grabando los posts que sí merecen la pena y que me recuerdan que hubo un tiempo en que yo era una bloguera interesante.

domingo, 1 de diciembre de 2013

Down

La tristeza a veces se presenta inesperadamente, sin motivo aparente, y te pega un empujón que te sobresalta más que la tristeza misma. No saber por qué estás de bajón, y sin embargo, estarlo. Y como no reconoces las causas con claridad, sentirte incapaz de superarlo, de solucionar los motivos de tu ánimo sombrío y desganado. Llevo bastantes días ya así, y no logro salir del bache, por más que lo intento. 

Si pudiera acostarme y dormir hasta que me despertara sin esta sensación de que todo va mal, me metía ahora mismo en la cama. Pero así no se arregla: ya lo he probado.

viernes, 11 de octubre de 2013

Mi Madrid


Nací en Madrid. Madrid capital. Viví allí durante veintiséis años. Ya llevo fuera otros veinte. Sin embargo, y sin proponérmelo, Madrid sigue siendo mi punto de referencia. Aunque vaya poco, apenas una vez por semana, o incluso menos. Cuando no voy, no la echo de menos; me he adaptado bien a la periferia casi serrana donde habito, estoy a gusto. Sin embargo, es cuando ya estoy allí cuando me doy cuenta de que esa es mi ciudad. Mis raíces están en los madriles. De primera generación, sí, y precisamente por eso mucho más consciente de lo que supone haber nacido allí: un pequeño triunfo sobre la miseria anunciada que les esperaba a mis padres de no haberse liado la manta a la cabeza y haber emigrado nada más casarse. Yo soy la gran esperanza de una vida mejor, de unos estudios que llegaron hasta la universidad. Y eso sólo podía pasar en un sitio como Madrid. Toco allí porque estaba cerca, y porque mis padres eran aventureros, pero no demasiado, sólo lo justo y necesario para conseguirlo. 

Hoy, paseando por la zona de Sol, me he dado cuenta de lo mucho que mi vida ha girado en torno a todas esas calles. Sin haber vivido nunca por allí, pero siendo ésa nuestra zona de, digamos, esparcimiento, compras y salidas desde que recuerdo. La primera vez que cogí el metro fue para ir a la Puerta del Sol. A El Corte Inglés de Preciados. Eso lo recuerdo como si fuera ayer mismo. La linea uno, el olor, los carteles incomprensibles para una cría de cinco años que empezaba a leer, pero ya lo leía todo: los nombres de las estaciones, lo del pie entre coche y anden, aquello de dejar salir antes de entrar... Mis primeros recuerdos y una buena parte de los mejores momentos de mi vida hasta los veintiséis ocurrieron en esa parte de la ciudad. Y volver, aunque sólo sea un rato cada cierto tiempo, me hace darme cuenta de lo mucho que me gusta reencontrarme con esas calles, esas tiendas y esa atmósfera tan mía, tan parte de mí. 

Podré terminar mis días aquí, o a miles de kilómetros, quién sabe qué será de mí. Pero sea como sea, bastará con que coja el metro y me baje en Sol, que me meta en La Mallorquina y me coma una napolitana, o que me acerque a Pontejos a comprar unos botones, para sentirme en casa. Y eso es algo que no me ocurre en ninguna otra parte del mundo. 

martes, 8 de octubre de 2013

Compro noes a cambio de excedente de síes - Razón aquí

Hay cosas que no se aprenden nunca. No hablo de habilidades, como la música, jugar al ajedrez o escribir bien. No. Me refiero a saber rectificar errores que, quizás aparentemente no lo sean, pero que te hacen polvo cada vez que salta la liebre. Piedras en la que tropiezas una y otra vez, por más cuidado que pongas y más rodeos que des. Rasgos de tu personalidad que te definen y que, mira tú, les vienen de perlas a los otros, y, total, ésa eres tú, ni intentes cambiar, sería inútil. Seguramente. Pero también sería la hostia poder. Y en mi caso, la inutilidad continua del esfuerzo no me arredra, y sigo intentándolo. Me da igual que me digan que perdería parte de mi encanto, de mi forma bonachona de ser. Es posible, y creo que puedo pagar ese precio si es a cambio de aprender de una vez a decir "No". 

Porque yo tengo un problema. Y gordo. Me cuesta horrores negarme a cosas que en realidad no quiero, pero que de llevar adelante mi negativa podrían fastidiar a otras personas. Así que reculo, y cedo. Y aunque realmente es que no, termina siendo que sí. Para inmediatamente arrepentirme, claro. Lo recuerdo así durante toda mi vida, y ya son años. Y no puedo seguir así. Porque cada vez que me trago un "No", me sienta mal. Me revuelve el estómago y me desazona el espíritu. Arrastro un error que podría haber evitado, y esa estupidez mía, la de actuar mal a sabiendas, lo agrava. Me siento mal doblemente: porque estoy haciendo lo contrario de lo que realmente quería hacer, y, lo que es peor, porque soy una débil incapaz de imponer mi criterio y mi voluntad sobre los deseos de los demás. Digamos que me falta el egoísmo necesario para no caer en la estupidez. 

Así que ahí ando. Dándome de cabezazos contra la pared por no aprender, y volviendo a hacer el firme propósito de pensar dos veces antes de responder. Y cuando un "Sí" me baile en los labios, estar completamente segura antes de soltarlo. Tengo que aprender. Lo malo es que no sé cómo, no se me ocurre nada que no haya intentado ya. Pero tengo que hacerlo, si no bien del todo, mejor de lo que lo hago ahora mismo. Soltar más a menudo esos noes que demasiado a menudo me amargan la existencia. Mi salud mental depende de ello.

domingo, 6 de octubre de 2013

Apagón informativo


Recuerdo cuando estudiaba la carrera, en más de una ocasión me pregunté mientras cogía apuntes como una descosida, cuántas veces podía llegar a escribir en esos cinco años la palabra "información". Así, con todas las letras. Porque mis apuntes eran claros y sin abreviaturas, no me hacía falta pasarlos a limpio, porque iban listos para ser estudiados. Y sí, debí escribir miles de veces esa palabra. Y ahora, casi veinticinco años después, ando sumida en un asco y repulsión a la cosa informativo-periodística que me mantiene en una ignorancia elegida de lo que está pasando en el mundo. Esquivo la información como el que huye de las abejas porque si una le pica, se muere. Una ignorancia siempre muy relativa, claro, porque que no lea periódicos o no vea telediarios ni oiga informativos en radio no significa que no me entere de la cosas. Hay otros canales, y las redes sociales, concretamente Twitter, es la vía por la que me llega casi todo de lo que me entero. El titular. Ya si eso, si me pica la curiosidad, pongo algún telediario, o veo "El Intermedio", "Salvados" o algún programa que sí creo que merece la pena ver, como los reportajes de "Encarcelados", pero poco más. Sé que esta fobia va en contra de mi naturaleza, pero quizás no se deba tanto a cómo se cuenta lo que pasa como a la propia situación en que estamos. Tan deprimente, que cuanto más se sabe de ella, más se sufre. Y aunque no puedo aislarme ni huir de lo que me rodea, ni tampoco quiero, intento enterarme de lo justo. Lo necesario para sentirme dentro de este mundo, pero sin demasiados detalles. Ya me llegan sin preguntar, sin indagar, es apartándome del chorro de información y sigue salpicándome mucha, así que no quiero más.

Pensar que hubo un tiempo en el que a mí me llamaba la atención el periodismo, que quería ser uno de ellos, vivir desde dentro lo que ahora miro con repelús, me parece increíble. O no tanto, después de todo estoy donde estoy, fuera del mundillo. Las circunstancias, mis elecciones y mis descartes me fueron apartando de ese camino. Quizás, después de todo, las cosas pasan porque tienen que pasar...

miércoles, 2 de octubre de 2013

Vuelta al cole


Acabo de matricularme de Básico 2 de Francés en la Escuela Oficial de Idiomas. Dicho así suena de lo más rimbombante, pero sólo es un intento de no olvidar el idioma, ahora que no lo hablo a diario. Serán al menos cinco años de repasarlo y aprender, de fijar lo que ya sé y sistematizar lo que aprendí sin saber lo que aprendía. Me apetece, aunque sé que a lo largo del curso echaré pestes por la cantidad ingente de deberes, ya me pasó con el inglés y me costó mucho no rendirme y tirar la toalla. Pero hoy, un día antes de que empiecen las clases, tengo ganas e ilusión. Que no es un mal comienzo, creo yo.

También dentro de unos días empezaré de nuevo con las clases de teatro. Otra cosa que me ilusiona y me apetece mucho. Dos actividades con horarios y disciplina, aunque tengo muchas más cosas entre manos. No, no me aburro. Ni chispa. Mi vida está más que llena de cosas que hacer, gente con la que estar y mi perrita, que hoy me ha dado un buen susto enganchándose con una dálmata. He temido por su vida, literalmente y sin exagerar, pero no ha llegado la sangre al río. Pensar que le pase algo a Lea me da escaloríos y terror.

Esa perrita llegó a mi vida en el momento justo, y ha crecido conmigo, y yo con ella. Nos queremos y nos necesitamos. Tenerla ha sido una de las mejores decisiones de mi vida.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Dejando hueco a dolores nuevos


El verano da sus últimos estertores, y así mi vida pasada sigue tirando hojas secas para dar paso a brotes tiernos que espero sanos y fuertes. La savia nueva ya corre por mis venas desde hace muchos meses, no tengo espíritu inmovilista, pero sigo arrastrando cosas, sobre todo cosas, que me atan al pasado. Y aunque el pasado nada tenga de malo en sí mismo, porque también es yo, sí que se puede convertir en un lastre si no lo integras, si lo llevas como un peso. Y a mí me estaba empezando a pesar mucho. Pequeños detalles domésticos que sin amargarme la vida no me dejaban tirar para delante. Ciertos objetos eran capaces de remover lodos profundos y dejarme tocada en la superficie. Y mucho. Y como hay problemas que se solucionan con una bajada al contenedor y una visita a Ikea, eso he hecho. Cambiar muebles. Tirar cosas. Hacer un poco más mía la casa, ese sitio donde paso tanto tiempo y que ya es sólo territorio mío y de la perra.

Supongo que he estado pasando por varias etapas psicológicamente necesarias, y ahora toca reafirmarme en mi independencia. Decir "Si me ha tocado la china, pues que sea con todas las consecuencias: a tomar por culo el pasado". Y no significa eso que esté olvidando lo bueno que vivi y a quien me acompañó. Pero sí que aprendo a mantenerlo apartado en un lado de mi cabeza, a la vista y controlado, pero intentando no tropezar con ello a cada paso que doy. Como me ha estado pasando todo este tiempo. Porque no es cómodo, ni práctico, ni sano. Ni hará que él vuelva. Ahora toca esto, y esto, mi vida en solitario, pide un escenario nuevo, renovado. Y en ello estoy. Cada vez quedan menos cosas a mi alrededor que me despiertan dolores pasados. Lo que tenga que dolerme ahora, que al menos sea nuevo.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Vaya manera de volver...


Septiembre ya va más que mediado, y yo sigo lánguida y rara. Me gustaría retomar el blog con un post optimista y lleno de planes y balance veraniego, pero no me sale. Llevo unas semanas con un estado mental desconcertante. Dispersa, medio tristona sin un motivo claro, incapaz de concentrarme en nada, sintiendo que el tiempo se me escapa entre los dedos y no lo aprovecho como tenía pensado, ni como es debido. Durmiendo poco y despertándome demasiado pronto. Soñando cosas raras y desasosegantes que me dejan mal cuerpo durante medio día. Me gustaría averiguar qué leches me pasa, pero no tengo ni idea de cómo hacerlo y, lo que es peor, me da miedo saber qué me pasa, no sea que no pueda solucionarlo y me angustie más.

Así que intento dejar pasar los días, a ver si llegan otros más normales y vuelvo a coger el ritmo. Sin esta sensación tan rara y tan difícil de identificar que me tiene a mal traer. Tengo motivos para estar contenta, y aunque no estoy triste, tampoco estoy bien del todo. Quizás deba acostumbrarme a este si es no es, pero no creo que pueda. No me gusta no entender lo que me pasa, más que nada porque si no lo comprendo, difícil puedo encontrarle solución. Así que sigo dándole vueltas, luchando contra esta desidia extraña y convencida de que, tarde o temprano, acabaré con ella.

martes, 20 de agosto de 2013

Hasta septiembre

Hoy me he levantado con ganas de actualizar el blog, pero lo único que se me ocurre es quejarme del calor, de mi indolencia y lloriquear, así que me parece que volveré a borrar esta frase en cuanto le ponga el punto. Aunque lo que debería hacer es cerrar el blog por vacaciones y dejarme de tanta tontuna. Sí. Es lo que haré. El año que viene, todo julio y agosto. Por lo pronto, corro las cortinas hasta el 1 de septiembre.

sábado, 17 de agosto de 2013

Letargo


Estoy muy sintética yo últimamente. Nunca he sido de muchas palabras, pero lo cierto es que ahora, menos. O lo mismo es que no tengo mucho que contar. O que me importa poco contarlo. Escribir no es una necesidad, en realidad nunca lo ha sido, más bien es un placer al que recurro cuando me apetece disfrutarlo. Algo que cojo y suelto caprichosamente, cada vez más, y eso hace que me sienta menos culpable cuando lo abandono. O cuando lo reduzco a la mínima expresión.

Pero bueno, hoy quiero contar eso, que tengo poco que contar. El verano, como siempre, hace mella en mi ánimo y en mi humor, en mis niveles de actividad física y cerebral. No tengo ganas de nada, el calor me reduce a la sombra de lo que soy, y lo único que me queda es dejar pasar el tiempo lo más tranquila posible, porque me va a dar igual ponerme nerviosa y desquiciarme. No es fácil, pero ahí ando. Soy activa por naturaleza, y esta pasividad inerte a la que me obligan las temperaturas altas, me aniquila. Así que, como los presos esperando salir, voy tachando días del calendario y, menos mal, cada vez quedan menos.

Como la lavanda, intento escapar del verano, pero no puedo. 


miércoles, 24 de julio de 2013

De una princesa y un paje, dos encantamientos y un reencuentro

Había una vez, en un país no tan lejano, una princesa. Una de tantas jovencitas de sangre real, con una vida palaciega feliz, en un bonito castillo, junto a su príncipe. No eran reyes, ni falta que les hacía. Su vida era tranquila así, sin grandes preocupaciones, viendo el tiempo pasar, disfrutando de la suerte de estar juntos y de las comodidades de ser hijos de reyes. Sin embargo, un día, un brujo caprichoso y aburrido, decidió jugar a ser dios, pero un dios malvado, y eligió al príncipe para probar sus malas artes. El príncipe empezó a languidecer, a pesar de su lozanía y ganas de vivir, y la princesa, desesperada, intentó hacerle revivir, manteniéndose a su lado todo el tiempo, pero sin éxito. El encantamiento al que el brujo le había sometido era irreversible, y ninguno de los esfuerzos de la princesa, ni las súplicas a su padre, el rey, para que encontrara un mago bueno capaz de revertir el hechizo, tuvieron éxito. El príncipe se apagaba, lentamente, y la princesa, aunque no encantada, estaba tan prisionera de la maldición como su esposo. Durante ese tiempo, los cortesanos se alejaron de la joven pareja real. No era divertido ver al principe cada vez más débil, camino de un final claro y trágico, y la princesa, aunque sana, no tenía cabeza para nada más que su real esposo, así que, poco a poco, las damas fueron desapareciendo de la corte, y la princesa se encontró sola. Sola y encerrada en sus aposentos, sin ganas de salir ni ánimo para nada que no fuera apurar todos y cada uno de los segundos que al joven príncipe se le escapaban por entre los dedos, como arena de playa. Sin embargo, en sus ratos de soledad, la princesa lograba sentirse menos sola. Cuando el príncipe dormía, ella miraba por la ventana, recordando tiempos mejores y soñando con un futuro desconocido pero que, por fuerza, tenía que ser mejor que ese presente tan desolador. Un día, un joven paje que pasaba por delante del corredor al que daba la ventana de los aposentos principescos se la quedó mirando. El joven se acercó, y le comentó lo bonitos que estaban los rosales desde hacía unos dias. La princesa reconoció al paje, alguna vez le había visto ayudar en palacio o trabajar en los parterres, y recordó sus miradas siempre curiosas, aunque, aunque desde la distancia y el respeto que suponía el rango de ella. Sin embargo, esa tarde, la princesa agradeció el atrevimiento del joven, y viendo que el príncipe dormía tranquilo, acompañó al paje a ver la rosaleda, para estirar las piernas y despejar un poco su atribulado espíritu. El paseo fue corto, pero agradable, tanto que la princesa se sorprendió unos días después echando de menos la conversación cortés y las miradas francas y directas a sus pupilas del paje jardinero. Así que, aprovechando que su amado descansaba, la princesa cogió unas tijeras y decidió salir al jardín a cortar unas flores. Y ahí, justo al lado de las rosas de pitiminí, estaba el paje atrevido. Ambos sonrieron, abierta y espontáneamente, como si ambos estuvieran esperando el encuentro. Y la princesa, sorprendida, reconoció el por qué de esas ganas de cruzarse de nuevo con el joven criado: él la miraba de frente, sin mostrar pena, ni compasión. Hubo muchos más paseos, muchos, y durante ellos, la princesa lograba olvidar el terrible hechizo que había destrozado su vida, y durante un rato, volvía a ser la chica divertida y risueña que latía bajo la máscara de esposa desgraciada que todos veían.

Un mal día, el príncipe se retiró a descansar, y ya nunca despertó. La princesa se dedicó durante un tiempo a recoger los pedazos de su vida y a pegarlos. Era una chica hábil, y aunque faltaban trozos enormes, consiguió un buen resultado. Un día, paseando por entre los lilos, la princesa divisó al paje. Con una sonrisa, se acercó a él. Sin embargo, el muchacho hizo como que no la veía, y se marchó por otro sendero. La misma situación se repitió durante varios días. Hasta que ella, confundida, le mandó llamar una mañana y le preguntó directamente por qué actuaba así con ella. Entonces, el paje, desviando la mirada, dijo que no podía seguir hablando ni paseando con ella por el jardín, porque ahora el que estaba encantado era él. La princesa no podía creerlo, dos encantamientos en palacio, y en tan poco tiempo, pero se recompuso y le dijo que no importaba: él había estado a su lado durante el duro trance, ahora ella haría lo posible por acompañarle en su desventura. El paje se negó, insensible a las súplicas de la princesa. El muchacho había visto sufrir a la joven, y no quería que ella volviese a penar de ese modo por nadie, ni siquiera por un simple criado. Ella protestó, inútilmente, pero el hechizado criado era tozudo, y un día desapareció y nadie supo nunca más nada de él.

Muchos años después, cuando la princesa ya había dejado atrás los sinsabores del encantamiento, y volvia a ser feliz, el paje regresó a palacio. No había dejado atrás la maldición, pero había echado tanto de menos el jardín y a su dama que se dio cuenta de que aquel era su sitio. Maldito o no, nunca encontraría la paz lejos de aquellos muros y aquellos árboles. La princesa no podía creer lo que veían sus ojos y oían sus oídos. Pero ahí estaba. Reconociendo su error, y tratando ya no de recuperar un tiempo irrecuperable, pero sí de aprovechar bien el que aún estaba en sus manos. Hechizado o no, maldito o bendito, quería tenerla a su lado.

La princesa sonrió, y tomándole de la mano, le dijo que la acompañara al estanque, porque aquel verano los jazmines olían mejor que nunca...

(Sí. Es para ti.)

domingo, 21 de julio de 2013

Objetos sin alma


Lo que voy a contar es una perogrullada. Vaya por delante. Es algo que sabemos. Vivimos con ello, porque es tan lógico y previsible que reflexionar al respecto es innecesario, una pérdida de tiempo. Y sin embargo, hasta que no lo vives, pero bien de cerca, no eres consciente de cómo impresiona saber que por poco o mucho que tengas, cuando te mueres, te vas de vacío. Que todo sobra. Y hasta que no te ves obligada a enfrentarte a montones de objetos que no son tuyos, pero que ya no tienen dueño y que ahora te pertenecen, no te haces una idea de lo abrumador que resulta. De lo pequeña que te hace sentir. De lo insignificante. De la sensación de inutilidad de todo. Afortunadamente es un sentimiento pasajero. Es mucho más fuerte el instinto de supervivencia. La alegría de ser tú la que estás viva. Pero de entrada, y durante un tiempo (y luego intermitentemente, cuando menos te lo esperas, cuando te chocas con un objeto en concreto, con un aroma, con una canción, con unas flores que tú no sembraste, pero que brotan tenazmente cada año, como si nada hubiese pasado, como si a ellas no les importase...), en esos momentos puntuales, pero dolorosos, sientes un vacío inmenso. No por el que dejó el fallecido, no, sino por culpa de los que lo llenan todo: sus cosas. Estorbando dolorosamente. Tan panchos. Como si no hubiese pasado nada. Pero todos esos objetos, ya no son los mismos. Aunque lo parezcan. Cualquiera que los mirara pensaría que sí, que son simples libros, ropa, cámaras de fotos, recuerdos de infancia, plantas, colecciones cuidadosamente atesoradas durante años. Tú sabes que no. Que ahora no son nada. Porque han perdido algo que, aunque no se veía, estaba ahí, dentro de ellos. Ya no tienen alma. 

Duele pensar en el amor que ponemos, sin querer, o a veces queriendo, en las cosas de las que nos rodeamos. Y de la incomprensión de ese cariño para los demás. Por eso, cuando alguien muere y sus cosas permanecen, es tan triste. No porque te recuerden momentos y situaciones del que se marchó, sino porque se quedan huérfanas, y ellas no lo saben. Aunque sean objetos valiosos y útiles, y consigan tener una nueva vida, nunca será lo mismo. Tendrán que labrarse una nueva historia en manos de otros, o bien morir sepultados por la indiferencia de quienes nunca podrán entender el valor que tuvieron, y terminarán en la basura.

Ahora me pertenecen algunas cosas que en origen no fueron mías, y a muchas les he logrado dotar de una nueva historia, a mi lado. A otras, no, y terminé dándolas a quien sí podía hacerlo. Muchas las tiré, casi con miedo a que la carga emocional que llevaban dentro me explotase en las manos y me destrozase. A las que siguen conmigo, a veces me quedo mirándolas, y dejo de verlas como mías, y de repente, me pesa demasiado su pasado. Y, de nuevo, aparece aquel vacío inicial, el de un montón de cosas sin dueño. Sin embargo, la mayor parte del tiempo las miro y no veo lo que fueron, sino lo que son, lo que yo he llegado a hacer de ellas. Supongo que eso es la vida que me toca vivir en adelante. Un precario equilibrio entre un pasado que no quiero borrar, pero que debo mantener a raya para impedir que me ahogue, un presente sólo mío, y un futuro que sea como debe ser,  una incógnita.

miércoles, 17 de julio de 2013

Cosy attitude


La vuelta a casa después de casi dos semanas de vacaciones en Cannes ha sido reveladora, aunque en el fondo, no tanto. Me gusta salir, pero más me gusta regresar, y estar en mi casa. No puedo evitarlo, ni me avergüenza la falta de glamour que supone reconocerlo: soy una persona casera. No digo que ya haya cubierto el cupo viajero de toda mi vida, pero sí un alto porcentaje. Siempre que he viajado, he disfrutado, y me alegro de haber pisado tierras lejanas y lugares increíbles, por supuesto. No reniego de ello, pero en muchas ocasiones hubiese preferido no salir, quedarme en casa, y eso es así. Ahora puedo hacerlo, elegir si salir o quedarme: es la libertad del buey suelto, que bien se lame, o no, según le dé, y esa ventaja, el libre albedrío, está ahí, y la aprecio en su justa medida, que es mucha.

Tener a alguien a tu lado implica una serie de servidumbres que son un hecho, y que molestan, por mucho que la parte buena de las ventajas las cubra con su fulgor y al final hagas como que no las ves y no te importa. Pero claro que las ves, aunque sea en visión lateral. Y claro que te importa, y te joden. Y un día, a toro pasado, descubres que durante años has estado haciendo cosas que no sólo no te ilusionaban ni pizca, sino que algunas te repateaban de lo lindo. Y aunque ya no tiene remedio, y acaso ni importe, valoras más que todo aquello haya dejado de pasar. Y aprendes, para la próxima, a pensar más en ti, y menos en lo que se espera de ti, o en lo que le gustará al otro, o en lo que le hará feliz. Porque la caridad empieza por uno mismo, y si siempre cedes, llega un día en el que la norma sea que tú cedas. Y que no se plantee ni siquiera la posibilidad de que tu opción no sea tan válida como las otras, sino que exista.

Bañarme en el mar, coger colorcito, estar con mi madre muchas más horas de lo habitual. Echar de menos mi casa, mis cosas, mi pueblo. Todo suma. Hasta lo que resta.

Eso necesité mucho tiempo y mucho dolor para llegar aprenderlo. Pero se me grabó a fuego.


viernes, 28 de junio de 2013

Vacaciones y (ya) planes...

Sigo medio atontada, sintiéndome casi culpable de gandulear sin tasa, asimilando lentamente que estoy de vacaciones y que he aprobado el último curso de inglés en la Escuela Oficial de Idiomas. El inglés fue mi actividad extraescolar desde los ocho años hasta los dieciocho. Luego lo dejé, hasta el año pasado. Este ha sido el último al que le dedicaré atención y esfuerzo. Lo que sé me tendrá que bastar para leer, ver películas o viajar en lengua anglosajona. Mi dominio de ella no es perfecto, ni mucho menos, pero me ha servido durante todo este tiempo incluso para sacarme el título de la EOI, y me servirá en adelante. Un título que no quiero para nada, pero que es, otra vez, una especie de punto y aparte. Un cerrojazo para poder abrir otras puertas.

El francés lo aprendí sin proponérmelo, hablándolo durante diecisiete años. Lo entiendo en un 90% si lo escucho o lo leo, lo hablo con fluidez y un descaro inconsciente que me permite atreverme hasta con lo que no estoy segura de saber, pero apenas lo escribo. Me cuesta horrores hacer un simple SMS, dudo de la ortografía de la mayor parte de las palabras de la frase más simple. Así que está claro cuál será la elección de mi nuevo idioma para el curso que viene en la escuela. Si quedan plazas, entraré en B2 (el examen de nivel decidió que meterme a empezar de cero era excesivo), y aunque estoy segura de que renegaré muchas veces de hacerlo, la idea de no matricularme, tampoco me seduce, porque me gusta aprender y en lo que al francés respecta tengo muchísimo por delante. Mi soltura oral me ayudará, claro, pero me tocará trabajar, y mucho. Desfalleceré, lo sé, pero seguiré adelante. Y esta vez, cosa que no pasaba con el inglés, sí tengo una meta práctica para mejorar el idioma: mi familia francesa. Comunicarme mejor con ellos, no perder lo que sé, sería suficiente motivación, aunque no tuviera otra.

Seguiré con el teatro, claro está. Los mismos compañeros del año pasado, más otra clase, que unifican en una. Esta vez tocará meterse con textos, la época de las improvisaciones pasó, y la verdad es que me apetece, aunque también me asuste el tener que memorizar. Soy mala para aprender de memorieta, pero habrá que hacerlo.

Si mis horarios se van encajando como es debido, quizás hasta me atreva con el tango. Pero eso es otra historia...

viernes, 21 de junio de 2013

Fenómenos inexplicables

Reading: 21/25 Listening: 23/25 Writing: 15/25


Update 25/06/13: 
Speaking: 17/25. O sea, que ya tengo el titulo de inglés de la EOI

miércoles, 12 de junio de 2013

Culpable, sí...


Creo que es la primera vez en mi vida que me presentaré a un examen sin haber estudiado prácticamente nada. El viernes tengo el escrito de inglés (último año en la Escuela Oficial de Idiomas), y puedo decir que voy con lo puesto. A lo que salga. Cómo he llegado a este punto de no retorno a dos días de la fecha es fácil de explicar, pero quizás difícil de entender, y, para mí, complicado de asimilar. Demasiados años siendo buena estudiante, responsable y de las que, aunque les hubiese salido un examen primoroso, nunca estaban seguras de nada. Pero ya tengo cuarenta y seis años, y se me ha pasado el arroz estudiantil. Es un hecho. Ni tengo la misma capacidad de concentración, y lo que es peor, no tengo ilusión, ni un objetivo que me empuje a estudiar. No necesito el título para nada, y saber más o menos inglés no me quita el sueño. Me he manejado bien hasta ahora con el que sabía, cuando de verdad me hacía falta para trabajos, cosa que ahora no pasa. Entonces ¿por qué me apunté a la escuela? Pues porque me apetecía la actividad, el hecho de ir a clase, y sí, aprender. No lo he hecho, las clases han sido un coñazo insoportable que me han costado sudores y férreo autocontrol no abandonar (estuve en un tris en navidad...). Sin embargo ahora, cuando podría quitármelo de en medio con un empujón y ya, exploto y prácticamente abandono. Aunque no tenga mucho sentido, y quizás por eso estoy aqui ahora, escribiendo esto e intentando justificarme, es lo que ha pasado, y ya nada puedo hacer. Me temo que soy así, de extremos. Lo doy todo, o me enfurruño y no doy nada. Pero eso no quita para que me sienta culpable y fatal, porque mi ser natural es estudioso y peleón, o al menos lo fue hasta que dejó de tener sentido tenerlo. Una evoluciona a lo largo del tiempo y acorde con las circunstancias, cambia y lo hace de manera irreversible, y no sé si esto que me pasa es para peor, pero está ahí, es una realidad, y tengo que asumirla, porque no veo sentido gastar más energías intentando luchar contra ello. Pero la realidad es que ahora no quiero estudiar, porque me cuesta más que me compensa, y como puedo permitirme el lujo de hacerlo sin que me regañen ni pase nada, sea. Y la realidad es más fuerte que el malestar o el sentimiento de culpa.

Y no, no hace falta deshojar la margarita. Salvo un milagro de última hora, o una conjunción perfecta de los astros... suspendo. Seguro.




domingo, 9 de junio de 2013

Teatreando

Me apunté a teatro casi sin proponérmelo, sin buscarlo, sin desearlo apenas. Quería hacer algo, nuevo a ser posible, y de las opciones que se me presentaron, ésa era la más tentadora. Podía permitírmelo económicamente, para empezar. Al ser una escuela municipal, no era caro. Y estaba a diez minutos andando desde mi casa. Por treinta euros al mes, cuatro horas a la semana y la posibilidad de hacer algo que, de entrada, pintaba divertido y diferente, había que probarlo, al menos. Luego se demostró que la carambola era perfecta.

Eso fue el año pasado. Disfruté mucho, pero sólo fue un aperitivo, una tapita ligera para abrir boca. Hubo cambios en la escuela, y el grupo se disgregó. Unos se fueron, otros se quedaron, pero pasaron curso, pero yo decidí repetir, quería empezar de cero con los nuevos profesores que se incorporaban. La compañía Yllana tomaba las riendas de la escuela.

Y este año ha sido aún mejor. De los casi veinte iniciales, hemos quedado diez personas, un grupo muy bien avenido que ha funcionado como un reloj. El curso tenía como eje central la improvisación, y vive dios que le hemos sacado partido. El proyecto de fin de curso era precisamente eso, una obra original a base de improvisaciones que hemos escrito entre todos y que ayer mostramos en público. Había que pensar algo en lo que participáramos igualmente los diez, un argumento que permitiese a todos estar en escena el mayor tiempo posible, algo coral. Y salió. Después de varios brainstormings, se no ocurrió que la acción trascurriese en un bar, uno de esos de citas rápidas, y que se formaran parejas de lo más variopinto. Una comedia divertida y ágil, con sorpresa final y muchas risas. Anoche el público disfrutó, y creo que todos salieron más que sorprendidos por lo que habíamos hecho un puñado de principiantes sin idea de nada. 

Ya estamos todos apuntados para el curso que viene. Parece que el grupo no se dispersará. Yo estoy deseando volver a trabajar con ellos. Sin buscarlo, de la manera más tonta, me he dado cuenta de que me encanta actuar. Ah, en la obra yo era la camarera del bar. Una francesa con un acento tegggggible... Pero luego se descubre que no, que era mentira, que soy española, y de Campo Real. Pero tampoco eso es cierto: al final resulta que soy policía... La Agente Juarez. Juliana Juárez...

viernes, 7 de junio de 2013

Waiting for his master


Siempre me llamaron la atención esos perros que algunos amos dejan a la puerta de los comercios esperando, mientras ellos hacen sus compras. De entrada, me preguntaba cómo se atrevían a dejar al perrete ahí solo, expuesto a que cualquiera se lo llevara con sólo desatar la correa. "Ni de coña dejo yo al mío ahí, qué angustia", pensaba cuando no tenía perro. Ahora que lo tengo, lo sigo suscribiendo: la posibilidad de que un extraño se encapriche de Lea y se la lleve mientras yo compro yogures me parece tan terrible que prefiero ir a casa, dejar a la perra, y luego volver y hacer la compra, aunque se me vaya media mañana en ello. Sin embargo, no todo el mundo es tan neuras como yo, y mucha gente confía en la bondad de los extraños, y pasa tranquilamente a hacer sus gestiones mientras su animalico les espera. Un día, uno de ellos me llamó la atención un poco más de la cuenta. Estaba tranquilo, con esa falsa calma tensa del que piensa "A ver si no va a volver... Pero sí, tiene que volver, qué tontería... Pero está tardando mucho...". Se estaba tan quieto y me miraba con cara de "¿Tú qué piensas? Volverá a por mí, ¿verdad?", que me quise llevar el momento y le hice una foto. Fue la primera. Desde entonces he hecho unas cuantas.

Las puertas de los supermercados y las de los bancos son una mina. Allí, en la del Día, me encontré una mañana a Lucas, un chuchete negro y ya mayorcito. Su amo es un señor de ochenta y tantos años con el que a veces me he cruzado mientras paseo a Lea, y más de una vez hemos pegado hebra al hilo de los ímpetus juveniles y juguetones de mi perra frente a la pachorra senil del suyo. Así que cuando le vi ahí atado, no podía no hacerle una foto para mi colección. Se dejó hacer, posando incluso, y aunque es un perro poco vistoso, la foto quedó graciosa, como la de esos señores objetivamente feos, que un día se maquean y jurarías que hasta les encuentras atractivos y todo.

Pasaron los días, y me encontré de nuevo con Lucas y su amo. No sé por qué recordé la foto del perro, y se la enseñé. Los ojos y la cara de alegría al verlo no son para contarlo. Me di cuenta de que algo tan simple y tan sin importancia para mi, una foto más para mi etiqueta "Waiting for my master" de EyeEm e Instagram, para este buen hombre era un tesoro. Pero yo sólo podía enseñarle la foto en mi teléfono, así que me fui a casa con un sentimiento agridulce. Hasta que pensé un poco. Imprimí en papel la foto de Lucas, y la he llevado en el bolso durante semanas, hasta que me he vuelto a cruzar con ellos esta mañana. "A usted quería yo verle", le he dicho cuando le he visto. Su cara ha sido todo un poema, hasta que le he recordado lo de la foto del perro. Cuando ha cogido el sobre y la ha sacado, ha sido como ver a un niño desenvolver su regalo de reyes más deseado. Supongo que Lucas ya está en un portarretratos en el comedor de este hombre...

Sí. Me he sentido un poco como Amélie Poulain...


jueves, 30 de mayo de 2013

Aprendiendo a ser egoísta


Siempre he sido consciente de mi tendencia a la generosidad. Una virtud que deja de serlo cuando juega en tu contra. Y creo poder decir a estas alturas de la película que en mi caso ya ha se ha convertido en un defecto. Soy demasiado flexible, tanto que he estado a punto de romperme en más de una ocasión. Pienso en exceso no tanto en la opinión de los otros, lo cual me da bastante igual, sino en sus sentimientos. Me importa mucho la posibilidad de herir a la otra persona, y con tal de no hacerlo me olvido de mi, aparco mis necesidades o deseos para dar prioridad a los de los demás.

Lo que pasa es que me estoy dando cuenta de que ese altruismo empieza a molestarme, que no me compensa tanto como antes. Ya no me resulta tan gratificante complacer a los demás, es más, me crispa y me hace sentir bastante estúpida, porque pocas veces es recíproco o te lo agradecen. Creo que estoy empezando a descubrir los placeres del egoísmo y la necesidad de mirar por mí. No me olvido de mi lado generoso, porque es parte de mi personalidad y me gusta y me sale ser buena persona. Pero la línea que separa la bondad de la idiotez es fina, y ahora intento poner más cuidado para no caer tan a menudo del lado de la estupidez.

Supongo que forma parte de la evolución constante que todos tenemos, pero en mi caso supone un giro importante, por novedoso. Me cuesta un poco reconocerme y, sobre todo, creérmelo, cuando me cabreo y pongo a dios por testigo de que no volveré a hacer el canelo por gente que no aprecia el esfuerzo. ¿Lo conseguiré? Tengo mis dudas, pero también sé que si cuido y me preocupo tanto por los otros, merezco sentir en carne propia esa sensación. Y como no es algo que se pueda comprar, acudiré a un proveedor fiable y de confianza: yo misma.

martes, 7 de mayo de 2013

De los tiempos pasados y cómo para nada fueron mejores. Sólo a ratos...


Aunque no reniego de mi infancia, tampoco la añoro. Fui bastante feliz, pero mucho menos de lo que podría haberlo sido objetivamente hablando. Y en buena parte por una razón que a muchos les parecerá incomprensible: tuve la mala fortuna de tener pueblo. Y digo bien, una mala suerte espantosa, porque tener un sitio donde ir a sólo una hora de coche y sesenta kilómetros de distancia nos permitía plantarnos allí a menudo, demasiado frecuentemente, matando cualquier posibilidad de viaje o esparcimiento que no fuera en el puto villorio manchego. Lo odié mucho, y lo sigo detestando por cómo limitó y redujo mi universo conocido a ese único destino durante los primeros veinte años de mi vida. Y porque también supuso la mayor fuente de tensiones entre mis padres, de las graves, de las de poner a una pareja al borde del divorcio en muchas ocasiones. De las de no hablarse durante semanas y mirarse con odio infinito. De ésas.

Sin embargo, mentiría si dijera que todos mis recuerdos ligados al pueblo son malos. Hubo unos años, pocos, pero intensos, porque los recuerdo bien y con agrado, en los que disfruté mucho. Fueron los comprendidos entre los ocho y los trece. Un tiempo en el que ir allí me permitía hacer cosas diferentes, sentirme de otra manera que en la ciudad, y vivir una libertad que no era posible en el asfalto madrileño. Además tenía primos, tres chicos, que aunque más pequeños (o quizás, gracias a eso...), me permitían incluso tener una pandilla, un grupito pequeño y manejable en el que me convertí en la lider no sólo por ser la mayor, sino por venir de Madrid. 

Ahora aquel pueblo en el que se podía ir a explorar por las afueras, jugar a ir de excursión y de aventuras como si fuésemos Los Cinco (aunque sólo eramos cuatro, y sin perro...), estar por ahí hasta que se hacía de noche sin que nuestras madres estuviesen intranquilas, o pedir agua a cualquier vecina, simplemente diciendo que éramos los nietos de la María, ha desaparecido. Ahora es una ciudad dormitorio más, un sitio lleno de adosados conejiles y centros comerciales. No volveré. Nunca. Bueno, sí, cuando tenga que vender la casa de mis padres. Porque no se me ha perdido nada allí. Los malos recuerdos los tengo enterrados y, por suerte, se pudrieron hace mucho tiempo. Los buenos aparecen a veces, como ayer, cuando me puse a escribir una redacción para inglés, hablando sobre "La casa rota", unas ruinas donde íbamos a merendar y a jugar con las bicis. Y un recuerdo trae otros, como el de mí misma, imitando el acento manchego para sentirme más integrada cuando me quedaba allí unas semanas, o el de mis primos, defendiéndome a pedradas cuando otros chicos no me dejaban jugar con ellos y me llamaban "forastera". Esos, los buenos recuerdos, estarán siempre ahí. Tapando a los malos. Listos para sacarme una sonrisa cuando menos lo espere.

(Los de la foto somos mi primo Jose y servidora. Me hace gracia mi forma de cruzar las piernas, tan mía, cuando sólo tenía nueve años. Sigo cruzándolas igual. Sin proponérmelo, sin darme ni cuenta...)

domingo, 5 de mayo de 2013

Yo, mi, me, conmigo


Estoy disfrutando, y digo bien, porque los estoy viviendo muy a gusto, unos cuantos días festivos que, incluso en mi situación sabática, son días de asueto y vacaciones. Aunque no trabaje, tengo obligaciones con horarios que de vez en cuando se ven interrumpidas por el calendario vacacional, y aunque sean elegidas y bastante ligeritas, obligaciones son. Y como tales, es un placer eludirlas, esquivarlas y gandulear un poco con el espíritu en modo no laboral. En mi caso, será casi una semana, ya que el lunes es fiesta en el pueblo donde vivo. Y aunque podría haberme ido por ahí, no lo he hecho. Me hacía falta un descanso en casa,  de ése cuasi vegetativo. De los de no hacer nada, pero nada de nada. De no mirar el reloj. Ni pensar cosas como "Tengo que planchar", "A ver si hago los deberes", "Debería escribir un poco, ahora que puedo". No. Mi yo anárquico pide paso, a codazo limpio, y ¿qué demonios?, me apetece dárselo. Soy libre, nadie me manda y tengo que aprovechar esta coyuntura por la que muchos matarían. Tengo la necesidad de sentir esa libertad, de poder elegir no lo que me conviene, ni lo mejor, sino lo que quiero. Sin pensar en las consecuencias, ni si es lo adecuado, ni lo correcto, sin tener en cuenta a los demás, sino pensando sólo en mí. ¿Habrá llegado el momento de ser egoísta y empezar a disfrutarlo? Me da que sí.

Desde que me quedé sola, intenté llenar mi tiempo y mi espacio, tan vacíos ellos, con actividades, gente y vidilla. Un poco a tontas y a locas, la verdad sea dicha, por el simple hecho de hacerlo, de no quedarme parada, de seguir pedaleando aunque no tuviera nada claro dónde quería ir y, ni siquera, si quería ir. Poco a poco he ido desbrozando el panorama, y lo que hago y cómo lo hago se ajusta más a mis deseos reales, no a lo que se supone que debes hacer cuando te quedas sola y no quieres que te coma la depresión y la miseria moral. Por ejemplo, el primer verano de mi nueva vida me lo pasé yendo de excursiones a la montaña con un grupo. El segundo, sólo fui a una. No me apetecía. De hecho, ni el primero tenía verdaderas ganas de ir, pero me obligué. Ahora sé que no volveré. Porque realmente no quiero ir. Y así con todo. Lo mismo con estos días de fiesta en los que si no te vas por ahí, parece que eres una muerta de hambre y una aburrida.

Este puente no he salido porque no me ha dado la gana, pero podría cerrar la boca a algún listo que me mirase con cara de pena con la foto que he hecho esta mañana, mientras paseaba a la perra. Desde mi pueblo, tan tierra adentro, he visto el mar...

sábado, 27 de abril de 2013

Punto y aparte.


No me veo en la obligación de decir que estoy bien cuando es evidente. Quiero decir, quien conoce mi historia, suele conocerme a mí, así que entiende mi manera de llevar lo que quizás para otro hubiese sido un peso insoportable. No preocupo a los que me quieren porque saben que estaré bien. Es más, ni siquiera en los peores momentos llegué a preocuparles como debería haberlo hecho, porque pronto vieron que, a pesar de todo, yo podía con eso y más. Pero esa entereza mía puede dar lugar a error también. Que lleve bien las dificultades, que no me puedan, que haya capeado el temporal bastante dignamente no me hace insensible, ni indestructible. Tengo mis malos momentos, como es natural, y no los evito, porque hay que pasarlos para que se vayan y desaparezcan, siguiendo su camino. Esquivarlos, creo, es un error, porque ese tipo de ratos son un peaje necesario para poder dejarlos atrás, cerrados y finiquitados, y que no te ronden después, dándote empujoncitos puñeteros y repitiendo como los niños pesados "Estoy aqui, no me cerraste, hola, hola, mírame, hazme caso...".

Mi recorrido ha sido fluido, y aunque me he ido encontrando con este tipo de bajones de vez en cuando, he podido controlar sus efectos bastante bien, desde el momento en que contaba con ellos. Pero verlos venir no los hace más fáciles ni llevaderos, en absoluto. Es más bien al contrario. Sabes cómo te sacudirán, dónde te va a doler, y cuentas con que andarás días con el cuerpo revuelto, el alma por los suelos y la sensación de que la vida te ha tratado mal, jugando contigo a la mala buena suerte. Una suerte con trampa, porque te manipula haciéndote creer que viene de cara, y te sonríe. Y lo hace, pero para poder apuñalarte a por la espalda cuando menos te lo esperas. Un regalo envenenado.

Ayer cerré un nuevo episodio cuyo precio fue alto, pero me consuela saber que siendo uno de los más temidos, también es de los más definitivos. Aunque no sea la primera vez que lo digo y suene a repetido, sí, de nuevo he cerrado otra puerta de mi pasado que me dolía cada vez que el viento la entreabría, sólo verla así, entornada, me trastornaba, así que la seguridad de que ya no tendré que abrirla nunca más, me reconforta lo que nadie sabe. Vendrán tiempos mejores. O peores, no cuento con haber cubierto mi cupo de desgracias en esta vida, ojalá, pero no soy tan ingenua. Pero sea lo que sea, serán nuevos dolores, nuevos sufrimientos. Ya veré cómo me enfrento a ellos.



martes, 23 de abril de 2013

¿Día del libro? No, gracias.


En días como hoy, me siento bastante rara, porque gustándome leer tanto como me gusta, no comparto el entusiasmo febril del día del libro. Es más. me pone de bastante mala leche. Y menos aún me lanzo a comprar libros y rosas como si no hubiera mañana. Ejem, cómo lo diría. No. Ni de coña. Días como hoy tienen la virtud de estomagarme hasta lo indecible, consiguiendo el efecto totalmente contrario: que no compre nada, ni ese día ni en mucho tiempo. El efecto asqueo me dura, y mucho. Y que si por un casual  a algún despistado se le ocurre regalarme algo, es muy probable que le mire mal, y durante una temporada le tenga incluso un pelín de tirria. No entro en el juego de los días de, me niego, por norma y sistema. No me gusta que me obliguen, a nada, y el celebrar por huevos fechas en las que, de rebote y curiosamente, se consumen cosas y se gasta dinero, como que no. 

Otra cosa que vengo observando con sorpresa mayúscula es cómo desde que tengo el Kindle mi amor por el papel está desapareciendo por momentos. Me estoy descargando libros que tengo en la estantería en papel y leyéndolos en el ebook. Y los que hasta hace poco miraba con arrobado amor, me resultan cada día más indiferentes. Dudo mucho que vuelva a comprarme un libro de papel nunca más. Exceptuando los de cocina. Ya no me hace falta tocar, almacenar y sentir que poseo algo tangible. Me basta con saber que puedo leerlo, que la esencia está ahí dentro del aparatejo, sin mayor soporte ni parafernalia física.

Soy la primera sorprendida, que conste. Si me lo hubiesen dicho hace sólo cinco años, me hubiese reído en la cara del incauto. De esa y de tantas cosas que he dejado en el camino. Ligera de equipaje, hasta en eso...



lunes, 15 de abril de 2013

Fracasos que no lo son tanto...


Lea llegó a casa hace poco más de dos años, y no pudo hacerlo en un momento más oportuno y necesario. Que coincidiera con el momento en que yo empezaba a encauzar la nueva etapa de mi existencia fue providencial, porque ahora también ella va asociada a estos tiempos nuevos, y me gusta que sea así. No está "contaminada" por recuerdos, ni malos ni buenos, y eso creo que es muy positivo. Forma parte de mi vida de ahora, y se ha ido convirtiendo en algo más que una mascota: una parte fundamental y preciosa, llena de ternura, complicidad y momentos compartidos. Ahora mismo es el ser vivo más cercano a mí. El que más sabe de lo que hago, de lo que me pasa, de lo que pienso y de lo que sueño. Y podría jurar que también es a quien más importo y el quien más me quiere.

Cuando la traje a casa, me propuse educarla perrunamente, no caer en el error de humanizarla, y creo que lo he logrado. Hablo con ella, pero eso es inevitable: hablo en voz alta hasta cuando estoy sola, así que tener un interlocutor, aunque sea mudo, tiene el efecto de que la lengua se me desate mucho más. Pero salvo mis "conversaciones" constantes con ella, creo que he logrado no mimarla en exceso, ni malcriarla... salvo en una cosa. Nunca quise que durmiera en mi cama, y ha terminado haciéndolo. La costumbre de dormir la siesta conmigo (eso sí se lo he permitido siempre) le abrió una puerta de placeres insospechados a los que, la muy pillina, no parece estar dispuesta a renunciar. Y como hacer una cosa una sola vez con ella es sentar un peligroso precedente, una noche en la que se puso mala y no logré tranquilizarla hasta que la subí a dormir conmigo a las tres de la madrugada y, por fin, pudimos descansar, marcó un antes y un después. Ya no hay manera de que duerma en su cama por las noches. Y bueno, después de todo, a mí me está terminando por gustar sentirla tan cerca, su respiración suave, esos suspiros inesperados que de vez en cuando suelta, hasta los gruñiditos y medio ladridos que da cuando sueña. Lo que empezó siendo un fracaso de mi sistema educativo perruno se ha convertido en un inesperado regalo.

No hay mal que por bien no venga. 

domingo, 14 de abril de 2013

Aquellas pequeñas cosas

viernes, 12 de abril de 2013

Días difíciles


Ésta que está a punto de terminar está siendo una semana rara, difícil, agitada. De esos días que hubieses querido ahorrarte, pero que como no puedes, lo solucionas pasando corriendo por encima de ellos, como si quemaran, nerviosa, impaciente, ansiosa por que acaben y queden atrás, dejando su espacio de siempre a tu rutina habitual, como si no hubiese pasado nada. Pero sí que habrá pasado algo, y aunque no sea malo, sí que supone un después que deja atrás, ya sí, una etapa. Un punto y aparte que te desvincula definitivamente de un ayer que aunque cercano todavía, ya es historia, y te lanza sin red al resto de tu vida.

Desde hace unos días, he estado moviendo papeles que han levantado polvo de otro tiempo y me han llevado de nuevo tres años atrás, poniéndome, lo reconozco, bastante triste. Y, otra vez, aunque nunca lo olvido del todo, me he dado cuenta de lo sola que estoy, aunque la soledad no me pese en el día a día. Sin embargo, a la hora de la verdad, sé que no cuento con nadie, salvo conmigo misma, y sin que me acobarde, me resulta un poco desolador.

Y cuando creía que todo era agua pasada, y ya no podía mover molino, vaya sí lo ha hecho. Y a pesar de la zozobra y el maremágnum burocrático, parece que he sobrevivido a la borrasca, así que cierro con cuidado la puerta de nuevo y, espero, definitivamente. Y aunque no condeno la estancia, porque ni puedo ni debo, no volveré a entrar, si puedo evitarlo. Porque ahora toca abrir otras puertas. Es el momento de aprovisionarme de nuevas llaves y explorar habitaciones nuevas. Mirar hacia delante y que el fardo que, aunque no lo parezca, llevo a la espalda y que estos días ha crecido un poco más, me resulte lo menos molesto posible para poder seguir adelante.


domingo, 7 de abril de 2013

Una cuestión de coherencia


A veces es necesario tomar decisiones que sabes que lo cambiarán todo, precisamente para que todo se quede como está, porque es así como tiene que ser. No se trata de poner una zancadilla al cambio, ni al progreso, ni a la evolución personal, nada de eso. El cambio es inherente a ti, y no lo obstaculizas, pero hay cosas que son los pilares de tu personalidad, y sabes que por mucho que evoluciones, soportan el peso de lo que eres, y sin ello estaríamos hablando de otra persona. Así que, como no eres cobarde y sabes que será un dolor necesario y pasajero que te ahorrará otros mayores y futuros, actúas. Porque sabes de sobra que, aunque no sea fácil, aunque te trastorne, aunque parezca estúpido objetivamente hablando y a cualquiera a quien se lo contaras te miraría con cara de "Tu eres medio lela, chiquilla...", más sufrimiento te traería no hacerlo, y, a fin de cuentas, la opinión ajena te importa bien poco cuando lo que quieres es ser capaz de dormir tranquila y reconocerte en el espejo cuando te mires.

Y es que todo se reduce a eso. A una coherencia interna que, como bien dice la palabra, te mantiene unida, con una solidez propia que sólo puede venir de ti misma y de tus actos, de la armonía entre lo que piensas y lo que haces. Y sabes muy bien que, sin ella saltarías en pedazos. Dejarías de ser tú, y sí, tus trozos se terminarían por juntar de nuevo, formando algo que tendría tu cara, y tus andares.

Pero no serías tú.

domingo, 31 de marzo de 2013

Echo de menos

Echo de menos su sonrisa. Lo que más. Porque no necesitaba palabras para decirme millones de cosas con sólo sonreírme.

Echo de menos el tacto de su piel. Esa sensación de fragilidad que siempre me trasmitió y que no sabía hasta qué punto iba a ser algo verdaderamente real, y no imaginaciones mías.

Echo de menos hacer postres para él. Podría haber sobrevivido a base de flanes, arroz con leche y natillas. Daba igual lo que me esforzase en lo salado: esperaba con ansia la parte dulce y ahí era donde se le veía disfrutar de veras.

Echo de menos sus manos. Y todo lo que sabían decirme ellas solas. Y cómo mi piel respondía. Lo bien que se entendían entre ellas. 

Echo de menos sus silencios. Esos que a veces lograban exasperarme. Lo bueno era que a menudo precedían una frase inesperadamente dulce que me dejaba tocada durante días. 

Echo de menos sorprenderle observándome. Esa sonrisilla pícara cuando le pillaba. La mía al darme cuenta. El beso que le seguía. La sensación de que su vida era mejor porque yo estaba en ella.

Echo de menos decirle que le quiero. Se lo decía mucho. Sin venir a cuento. En el momento adecuado. Siempre. A todas horas. Me salía con la misma naturalidad que respirar. Así que tengo un stock acumulado que sigue creciendo y no sé dónde voy a meter.

Sí. Le echo de menos.

Mucho.

martes, 26 de marzo de 2013

Cosy attitude


Las vacaciones de Semana Santa de este año se presentan hogareñas. No me moveré de casa, y no sólo no me importa, sino que me encanta la perspectiva de leer, vaguear, jugar con la perra, salir de paseo si deja de llover, probar a hacer algún pan nuevo o tomarme un té caliente después de la correspondiente siesta, en el sofá y bajo la manta. Soy casera, y siempre lo he sido, más feliz entre mis cuatro paredes que en el lugar más maravilloso de la tierra.

Lo cierto es que de un tiempo a esta parte, he dejado de viajar. No radicalmente, pero casi. Sigo yendo en Navidad a la Galia, con la familia, pero se acabaron los veraneos de un mes por el extranjero. Au revoir. Aparte de que mi bolsillo no me lo permite con las mismas alegrías que antaño, pero es que tampoco me apetece como entonces. Ahora se me hace bastante más cuesta arriba, porque supone irme sola, y viajar sola, por mucho que digan que es grato y como más se interactúa y mejor se conoce el sitio que visitas, no me seduce lo más mínimo. Reconozco que me asusta. Me da miedo que surjan problemas logísticos, o aburrirme como una ostra y querer venirme a los dos días. Pero sobre todo me da pena no poder compartir los momentos bonitos, las risas, las sorpresas. Llevo bien la soledad, pero en determinados momentos tengo que esquivarla. Y los viajes es uno de ellos. Uno de esos puntos negros de la autopista en los que soy débil y vulnerable. Tengo asociados a los viajes demasiados buenos recuerdos que, lejos de reconfortarme, se presentan en tromba y me impiden disfrutar del ahora. Sí. Duele. ¿Dejará de doler algún día? Seguramente. O sólo será una leve molestia, un picor ligero en la cicatriz. Pero tendrá que pasar más tiempo.

Así que, de momento, prefiero refugiarme en el calor de la casa, la sonrisa de mi perra y estrenar costumbres y rutinas que sólo me pertenezcan a mí. Ser capaz de crear recuerdos nuevos que no me arañen el alma cuando, dentro de un tiempo, se me presenten. 

Y sí. Creo que lo estoy logrando... El mundo seguirá ahí, esperando que lo recorra, cuando esté  preparada.

lunes, 25 de marzo de 2013

De los tipos de abrazos (V): Abrazos de amor


Se trata del Abrazo por excelencia, en la medida en que en muchas ocasiones los anteriormente descritos no son sino etapas intermedias o maneras de llegar a éste. En él se reúnen las mejores características de los anteriores, aunque también tiene rasgos propios del sentimiento amoroso, del que toma su nombre, y que no comparte con ninguna otra manera de abrazar. Con el abrazo gratis tiene en común el desinterés, un cierto sentido filantrópico y caritativo, pues aunque nadie desdeña la correspondencia en un abrazo de amor, lo principal en estos abrazos es el hecho de dar, de entregarse al otro, de ofrecer, olvidándose de uno mismo. La sonoridad del abrazo dicho aparece en los de amor, puesto que en un abrazo de amor es posible, e incluso recomendable, susurrar palabras adecuadas a un momento tan íntimo en el oído del otro, lo cual añadirá emoción e intensidad a un instante volcánico por definición. La calidez y seguridad de un abrazo de envolver está presente en todo abrazo de amor que se precie, puesto que la sensación de que el mundo exterior, con todas sus maldades y peligros, se queda fuera, también suele aparecer en este tipo de abrazo. El abrazo de amor también comparte la fuerza físico-mental del abrazo de fundir, afectando tanto a cuerpo como espíritu, en la medida en que el amor también reúne, indisolublemente, ambas facetas, la física y la mental, o lo que es lo mismo, lo sexual y lo emocional. No se ha descrito nada mejor en materia de abrazos que uno de este tipo, con lo cual se deja abierta una puerta a la investigación para superarlo, aunque la mayoría de los entendidos considera que en este campo ya está todo definitivamente descubierto. 

domingo, 24 de marzo de 2013

De los abrazos y sus tipos (IV): Abrazos de envolver


Tipo de abrazo caracterizado por una cierta indolencia en una de las partes, concretamente en la persona que es abrazada, motivada por un estado carencial del ánimo, melancolía o tristeza en grado variable, que lleva a la otra parte, es decir, al que abraza, a reaccionar y tomar la iniciativa. La persona envuelta en un abrazo de estas características no lo pedirá, o quizás sí, dependiendo de la necesidad de ser reconfortado y de la confianza establecida entre ambas partes. A diferencia de muchos abrazos, por no decir todos, el de envolver suele ser unidireccional: uno abraza y el otro se deja abrazar. Si algo caracteriza a este tipo de abrazo es la suavidad y la delicadeza. Un abrazo de envolver no tolera brusquedades ni apretones, características éstas que, en cualquier otro tipo de abrazo, son casi imperativos y necesarios. En los abrazos envolventes, la presión ejercida es mínima, puesto que lo que se pretende es crear la sensación, si no verdadera si muy parecida, de burbuja protectora, de nido mullido y cálido, en el que nada malo puede ocurrir. Sensación ésta falsa científicamente hablando, pero que es más que suficiente para que el abrazado termine con el espíritu fortalecido y el alma reconfortada. Es un abrazo muy recomendable por sus efectos terapéuticos y preventivos, pues además de mejorar situaciones desfavorables, sirve como vacuna para nuevos momentos críticos, ya que la seguridad de tener cerca a alguien capaz de envolverte abrazándote, anima y sosiega hasta a los ánimos más deprimidos y tristones.


(Continuará...)

sábado, 23 de marzo de 2013

De los abrazos y sus tipos (III): Abrazos dichos


Esta modalidad engloba tanto los abrazos dados por escrito como expresados de manera oral. Debido al repunte del género epistolar motivado por el auge del correo electrónico o del teléfono móvil y sus mensajes SMS, vuelven a estar sumamente en boga los abrazos dichos por escrito. Es habitual terminar mensajes electrónicos con la poco original expresión “Un abrazo”. De la misma manera, un elevado porcentaje de conversaciones telefónicas se cierran por parte de ambos interlocutores con la misma frase. Estos abrazos verbalizados, debido al uso indiscriminado y excesivo que se viene haciendo de ellos, han perdido mucho del valor intrínseco que quizás un día tuvieron, en aquellos tiempos en que alguien de verdad deseó tener delante a su corresponsal para poder abrazarlo, y al no poder ser, lo escribió en un papel, seguramente mojando una pluma de ave en un tintero. En la actualidad, un escasísimo número de abrazos dichos o escritos son sinceros deseos de abrazar al otro, por lo cual se recomienda no tenerlos demasiado en cuenta cuando se reciben, o en su defecto, someterlos a una cautelosa cuarentena, debido a su carácter meramente funcional y manido como cierre de un mensaje o conversación.

(Continuará...)

viernes, 22 de marzo de 2013

De los abrazos y sus tipos (II): Abrazos Gratis



Modalidad de abrazo relativamente reciente, concretamente del el año 2004. Las crónicas cuentan que su inventor fue un chico australiano, al decidir salir a repartir abrazos por la calle entre los transeúntes que salían a su paso, después de recibir él mismo un achuchón cariñoso por parte de una desconocida en un momento de depresión y necesidad absoluta de ser abrazado. Se trata, pues, de abrazos ofrecidos sin motivo justificable por desconocidos provistos de un cartel en el que figuran las palabras “Abrazos Gratis” a otros desconocidos, en lugares públicos, como aeropuertos, estaciones de tren o la propia calle. Aunque este movimiento de abrazadores desinteresados reconoce no ser una organización no gubernamental, los objetivos de los que abrazan gratis son similares a los de estos grupos caritativo-solidarios con la humanidad: proporcionar un instante de alegría inesperada e inmerecida, y por ello más valorable, a gente que quizás conscientemente no crea necesitar que le abracen, pero que siempre termina por agradecer el gesto. No se precisa la existencia de vínculos afectivos entre el abrazado y quien le abraza, aunque podría producirse si se diese el caso de que un conocido de algún miembro del movimiento de Abrazos Gratis pasara por la calle en el momento justo de un acto de este tipo. En esos casos, el abrazo gratis se convierte de manera automática en otro tipo de abrazo, dependiendo de la intencionalidad del mismo y del grado de conocimiento de los implicados, entre otras variables.

(Continuará...)

jueves, 21 de marzo de 2013

De los abrazos y sus tipos (I)



Un abrazo puede definirse, de entre muchas maneras, como el acto en el que dos cuerpos, humanos ambos, o al menos uno de ellos, establecen un contacto físico en el que los miembros superiores son los principales protagonistas. Ese contacto se caracteriza por el ejercicio de una presión de intensidad variable sobre otro cuerpo con las extremidades superiores, pero en todos los casos de manera cordial, aunque no necesariamente sincera. El contenido afectuoso, sea cierto o fingido, diferencia claramente a los abrazos de otros contactos físicos en los que los brazos también actúan, como son las bofetadas, los cachetes o los puñetazos. Bien es cierto que un abrazo dado con excesiva fuerza puede ser tan doloroso o más que un guantazo dado sin convicción y con la mano floja, pero en cualquier caso lo que cuenta es la intención de hacer o no daño, siendo la agresividad algo totalmente fuera de lugar en un abrazo. Como la propia palabra indica, aún a riesgo de resultar redundante, todo abrazo precisa de un par de brazos para poder llevarse a término, y es condición sine qua non para que se produzca. De ahí la necesidad inexcusable de que de los dos individuos implicados en un abrazo, al menos uno de ellos disponga de extremidades en la parte superior del tronco. Aunque lo más frecuente sean los abrazos entre miembros de la misma especie, bien del mismo o de diferente sexo, los seres humanos pueden abrazar a animales, a plantas, e incluso a seres inanimados. Ejemplos de ello son los abrazos que se da a los animales de compañía, en especial gatos, si se dejan, y perros, más dóciles y agradecidos a la hora de ser abrazados por sus amos. También es posible abrazar a los árboles, con efectos terapéuticos discutibles pero defendidos por ciertas corrientes místico-ecologistas. En cuanto a la materia inerte, se conocen casos extremos en los que algún individuo en estado etílico pero aún consciente, ha llegado a prodigar tiernos y afectuosos abrazos a farolas o luminarias del alumbrado público, con el mismo frenesí y cariño que si tuviera entre sus brazos a la mujer de sus sueños.
Los abrazos son expresiones de sentimientos o estados de ánimo que aparecen en múltiples situaciones de la vida diaria. Todos ellos tienen en común un acercamiento que rompe el perímetro de seguridad corporal, no escrito, pero real, que todo ser humano establece en torno a sí mismo. De ahí que sea importante saber qué tipo de abrazo es el pertinente en cada ocasión, a la hora de elegirlo para darlo y también para saber qué representa cuando es uno el que lo recibe.
Los abrazos pueden ser muy distintos, según la intencionalidad del que los da, o lo que es lo mismo, en el objetivo perseguido al proporcionarlos y/o recibirlos. Ciertas corrientes de pensamiento consideran que hay tantas maneras de abrazar como personas, pero esa afirmación supone una manera fácil de sortear la cantidad de matices, tan interesantes como decisivos a la hora de abrazar y ser abrazado, que intervienen en un acto tan inocuo en apariencia como trascendente en el fondo. A pesar de que sólo se trata de un contacto físico momentáneo entre dos cuerpos, los abrazos tienen una serie de efectos, inmediatos y secundarios, dignos de ser tenidos en cuenta, por sus virtudes curativas, turbadoras, euforizantes o reconciliadoras con el género humano. Bien es cierto que hay algunos abrazos que, bien sea por sus características propias o por el poco entusiasmo de los interesados en llevarlos a cabo, se olvidan a los escasos minutos de recibirse o darse, la mayor parte de ellos, cada uno en su género, modifican situaciones anímicas y pueden llegar a trastornar, en ocasiones muy seriamente, la naturaleza emocional de los implicados.
La tipología de abrazos que a continuación se detalla intenta poner un poco de orden en un universo, el del abrazo, tan apasionante como apasionado. Conocedores de las limitaciones de esta investigación, damos por hecho que son muchos los tipos de abrazos que quedarán fuera de este estudio. Eventualidad ésta que no nos preocupa lo más mínimo ni obstaculiza el disfrute que pretendemos sacarle al esfuerzo de sistematizar algo tan poco estudiado hasta la fecha. Sin embargo, no es nuestro objetivo recoger de manera científica y rigurosa todos los abrazos posibles o probables, sino definir, de una manera entretenida, pero no por ello menos seria, varias de las modalidades de abrazos más habituales, a fin de que el lector sepa qué debe hacer cuando, por ejemplo, se sienta triste y necesite que el mundo vuelva a girar a su velocidad normal, o en el caso opuesto, en el que lo que precise sea compartir su alegría o sus sentimientos amorosos con una persona determinada. El presente estudio servirá, o al menos ese es uno de sus objetivos, para saber qué hay detrás de ciertos tipos de abrazos que, demasiado a menudo, se confunden con otros de características muy similares, dando lugar a errores a veces lamentables, que en ocasiones han desembocado, tal y como puede comprobarse en la jurisprudencia matrimonial, en divorcios, o lo que es peor, en casamientos mal avenidos y prolongados tan inútil como dolorosamente en el tiempo. 

(Continuará...)

martes, 19 de marzo de 2013

De cuando mi abuelo inventó una cámara de fotos distinta a todas los demás


(No sé por qué me he acordado hoy de este relato, uno de los últimos que escribí, y al releerlo me ha apetecido recuperarlo para la ventana...)

Cuando mi abuelo se compró su primera cámara a los fotógrafos aún se les llamaba “retratistas”. Eran tiempos lejanos en los que hacerse una foto era un pequeño acontecimiento en la vida de una persona, un capricho caro, para el que la gente elegía los momentos clave de sus vidas, y acudía al estudio con sus mejores galas para ser inmortalizados. Chicas guapas con su vestido de domingo recién estrenado, quintos uniformados que no querían que sus novias les olvidaran, niños vestidos de marinerito a punto de comulgar, o bebés rollizos con faldones llenos de puntillas. Las fotos de mi abuelo quizás no fuesen técnicamente perfectas, pero sí que conseguían sacar lo mejor de los retratados. La sonrisa encantadora de la chica sosita y tímida, el perfil con menos acné del recluta, la carcajada descontrolada del niño que había entrado al estudio llorando en brazos de su madre, y que mi abuelo sabía calmar con su paciencia infinita y un poco de ayuda extra. La jirafa Rafa y el pollito Pito pasaron de nuestro cajón de los juguetes a compartir espacio con un peine, un bote de laca y un espejo del tocador de la abuela Beatriz. Su marido no necesitaba mucho más para conseguir resultados tan buenos que lo que empezó siendo un pasatiempo para las tardes que le dejaba libres su trabajo en el Ministerio de Agricultura, terminó convirtiéndose en su verdadera profesión. Hasta el punto de terminar alquilando un pequeño local al lado de la panadería del barrio. El taller de un zapatero remendón al que atropelló un tranvía se convirtió en el estudio donde mi hermano y yo pasamos las mejores tardes de nuestra infancia.
A los sesenta y cinco años, el abuelo Bruno aún era un tipo atlético y ágil, de facciones tan aniñadas que poca gente le echaba más de cincuenta. El retiro le pilló en plenitud de facultades y energía, así que en lugar de aburrirse y deprimirse por haber dejado en el armario el uniforme de conserje, fue como si rejuveneciera quince años. Empezó a abrir la tienda también por las mañanas, y se pasaba allí todo el día, salvo el rato del medio día en el que se iba a comer, y se echaba la siesta. La jubilación coincidió con la época en la que las fotografías de estudio empezaban a escasear: la gente había descubierto el gusto por hacer sus propias fotos, y las cámaras encontraban su hueco en las maletas de los veraneantes. Así que los retratos empezaron a ser sustituidos por el revelado de carretes y las fotos de carnet. Tareas demasiado mecánicas para el espíritu creativo de mi abuelo, pero que también le dejaban mucho tiempo libre. Unas horas muertas que no tardó en ocupar con un proyecto secreto, un misterio incluso para su propia esposa. Como antes de dejar el ministerio, volvió a abrir el estudio sólo por las tardes: las mañanas, a puerta cerrada, las dedicaba a trabajar en el cuarto de revelado. Ni siquiera la abuela Beatriz consiguió sacarle una sola palabra en los dos años que tardó en preparar el prototipo.
La tarde que lo terminó, mi hermano y yo merendábamos un bocadillo de mortadela, mientras hacíamos los deberes sobre el mostrador de la tienda. El abuelo estaba encerrado con el invento, como casi siempre en los últimos meses: cada vez dedicaba más horas a sus experimentos y menos al negocio, se quejaba mi madre. Aquella tarde aún no le habíamos visto, pero siguiendo instrucciones de la abuela, no nos habíamos atrevido a molestarle. Cuando salió, se acercó a nosotros y nos dio un beso a cada uno, como hacía siempre. La abuela, que hacía ganchillo en una sillita baja, levantó la vista de la labor, y sonrió. “¿Ya está?”, le preguntó. “Sí”, respondió él. Fue todo. Ella siguió tejiendo, como si nada. Félix y yo nos miramos, y decidimos seguir también a lo nuestro. Y no por falta de curiosidad: pero si mi abuela sólo había conseguido arrancarle un sí a su marido, nuestros intentos por saber más serían un fracaso. Así que yo le pegué otro mordisco a mi bocadillo, y mi hermano siguió coloreando. Y nos olvidamos del tema. Hasta el fin de semana.
Aquel domingo, como todos, iríamos a comer paella en casa de los abuelos. También estarían mis tíos, y mi prima Lourdes, que ya estudiaba en el instituto. Sin embargo, la noche antes, el abuelo nos llamó por teléfono para decirnos que en lugar de llegar a la una para el aperitivo, como siempre, quería vernos en el estudio, a eso de las once. Todos sabíamos que aquella irregularidad tenía que ver con su proyecto. Pero lo que nadie esperaba, por muy seguros que estuviéramos de que el ingenio del abuelo tenía que haber parido algo grande, era lo que terminamos encontrándonos.
El fotomatón era idéntico a los que empezaban a verse en las estaciones de tren y en el metro. La decepción apareció, en mayor o menor grado, en las caras de todos nosotros. ¿Tanto rollo para terminar poniendo un aparato de ésos en el estudio? Era evidente que la robustez de mi abuelo sólo era aparente: debía estar perdiendo facultades. La primera en verbalizar lo que todos pensábamos fue mi madre. “Pero papá, ¿necesitas eso en la tienda? Si a ti te encanta hacer fotos de carnet… Son lo más parecido a los retratos de antes…”. El abuelo sonrió con picardía, y le dijo que no se dejara engañar por las apariencias: aquello parecía un fotomatón, pero no lo era. “¿Cómo que no? ¿Acaso no hace fotos?”, exclamó mi tío Ramón. Hacía fotos, claro que sí, pero los resultados no tenían nada que ver con lo que la gente esperaba cuando cerraba la cortinilla y se sentaba en la banqueta redonda. “Vamos a ver, Bruno… Podrán ser de mejor calidad, con mejor color, sin tanta cara de presidiario, pero poco más. Una foto es una foto, a fin de cuentas”, dijo mi padre. Pues no. Una foto podía ser mucho más. La única pega, le explicó el abuelo, era que el aparato no era recomendable para cierto grupo de personas. “¿Estás diciendo que tiene algo así como efectos secundarios, como las medicinas? A ver si nos va a pasar algo… Quítate de ahí, Lourdes”. Mi tía Mercedes, tan aprensiva como siempre, cogió del brazo a mi prima y las dos se fueron lo más lejos posible del fotomatón. ”No entiendo nada, Bruno”, le interrumpió la abuela. “Explícate de una vez, hazme el favor, ya está bien de tanto misterio y tanta tontería”.
Entonces, el abuelo sonrió, y se me quedó mirando. Yo levanté la mano, como en el colegio, ofreciéndome voluntaria para probarlo. Entré en la caseta, y me senté en el taburete. El abuelo la hizo girar conmigo encima, hasta que me vi reflejada en el espejo de enfrente. Con suavidad, me apartó el flequillo de los ojos, y me acarició la cara. Luego cerró la cortina, y me dijo que no me moviera hasta que terminara de contar hasta treinta. Así lo hice.
Nueve pares de ojos parecían empujar con el pensamiento al cartoncito alargado con mis fotos, que aparecieron de repente, sobresaltándonos a todos. El abuelo se acercó a la máquina, y lo cogió. Todos nos abalanzamos sobre él, pero fue a mí a quien puso en la mano la tira de cuatro fotos. Quemaba todavía, y desde el cartón tibio un niño rubio y sonriente me miraba. Mi hermano me quitó las fotos de la mano, y gritó “Abu, que éstas no son. Deben ser del último que se las hizo, que no salieron”. El abuelo sonrió enigmáticamente, y no dijo nada. Mis fotos, es decir, las del chico de pelo claro y ojos chispeantes, pasaron de mano en mano, mientras todos miraban la tira de papel, y me miraban a mí. “Eh, que yo he hecho lo que me ha dicho el abuelo. Estarme quieta y contar. No es culpa mía”.
“Claro que no, bonita. ¿Qué va a ser culpa tuya?”, me tranquilizó el abuelo, dándome un beso. “Ya os dije que no era un aparato como los demás”. “¿Quién es ese niño, papá?, preguntó la tía Mercedes. “Es el hombre de su vida, hija. Esta máquina no saca fotos de quien se sienta frente a ella, sino de su pareja ideal”. Durante un minuto, nadie dijo nada. Todos nos miramos con una mezcla de miedo e incredulidad. Miedo a que el abuelo hubiese perdido la cabeza por completo, así, de repente y sin remedio. No podía ser, pero sin embargo, ahí estaban las fotos. Yo me había puesto frente a la cámara, tan seria como siempre que me retrataban, pero la cara risueña que veíamos multiplicada por cuatro era la de otra persona. Nada menos que la del hombre con el que, de encontrarnos algún día, yo sería más feliz que con ningún otro.
Fue mi hermano el que rompió el silencio. “Prueba conmigo, Abu”. A los pocos minutos, volvíamos a arremolinarnos en torno a mi hermano, que sostenía tembloroso una serie de fotos que mostraban a una chica de su misma edad, vestida a la manera africana, de rasgos bastos, pero sonrisa deslumbrante. ¿”Una negra?” gimió Félix. “Yo no quiero tener que casarme con una negra, jooooo”.
“Papá, ¿quieres decir que si yo me hago la foto, aparecerá Antonio?”, preguntó mi madre. “Puede ser, hija, pero sólo si tu marido es el hombre de tu vida. Si te has casado con el hombre correcto, Antonio será el que salga en las fotos. Si no, aparecerá otro. Por eso no es recomendable que usen este aparato personas ya emparejadas. Es arriesgado”.
El abuelo nos explicó que aquel invento podía usarse para saber quién era la mujer o el hombre perfecto para ti. Y que lo había perfeccionado hasta el punto de poder elegir la zona de búsqueda a gusto del consumidor. Pulsando unas teclas con los colores del parchis, podías encontrar a tu media naranja en tu propia ciudad (botón rojo), en tu provincia (verde), en tu país (amarillo) o en el extranjero (azul). Una promesa encerrada en un rectángulo de cuatro por tres centímetros, un rostro sin nombre que te miraba invitándote a ser feliz, con quien, seguramente, jamás te cruzarías o que quizás te estaba esperando a la vuelta de la esquina, en el portal de al lado. El aturdimiento era general. Mis padres se miraban, mis tíos se miraban, y mi prima Lourdes, con una tira de fotos en cada mano, nos miraba a Félix y a mí. Todo era demasiado raro. Y todos nos hacíamos la misma pregunta. ¿Cómo podía estar tan seguro el abuelo de que las personas que salían en las fotos eran precisamente eso, la mujer o el hombre de tu vida, y no tu potencial asesino, por ejemplo?
“Bruno. Enséñanos las fotos que salieron cuando probaste tú”. La abuela había dicho lo que todos queríamos saber. Y su marido estaba preparado. Se metió la mano en el bolsillo de la camisa, y sacó tres tiras de papel. “Probé con misma ciudad, misma provincia y mismo país. Y saliste tú, Beatriz. En las tres. La mujer de mi vida. ¿O no?”. La abuela sonrió. “¿Y la extranjera?”, preguntó mi hermano. “Pues no lo sé. La verdad es que sólo hice esas tres. ¿Probamos a ver qué sale?”. Su mujer asintió, y él desapareció detrás de la cortinilla.
Cuando el cartón salió por la ranura, nadie podía contener su impaciencia. Entre las manos de mi abuelo, una mujer morena, de ojos verdes y piel de nácar sonreía con tristeza, aceptando su destino, lejos del hombre que nunca conocería y que, quizás éste sí, le hubiese hecho feliz.
Sí. La máquina funcionaba perfectamente. Porque todos sabíamos que a mi abuelo, desde jovencito, siempre le encantó Ava Gardner…

domingo, 17 de marzo de 2013

Sola, pero bien acompañada


Este año hará tres que vivo sola. Emprendí la vida en solitario a los cuarenta y tres años, objetivamente tardísimo, y soy consciente de que podía haber sido un desastre. Porque yo salí de casa de mis padres con veintiséis años para irme a vivir con el hombre que terminó siendo mi marido durante tres lustros, así que no hubo una etapa intermedia de poder ser independiente y escorrearme a placer: hice las cosas, sin proponérmelo siquiera, a la antigua usanza. Y no lo eché de menos, la verdad. Pero de pronto, un día abrí los ojos y me encontré convertida en una cuarentona y en mis manos, la posibilidad de hacer lo que debería haber hecho con veinte.

Y ahora, desde la perspectiva que me da el tiempo transcurrido, tengo que reconocer que esa libertad no buscada es muy gustosa. Aunque no haga el uso que podría hacer de ella, porque no va conmigo ni con mi carácter pasar al extremo opuesto. No, no soy promiscua, y creo que no sería capaz de aprender a serlo, aunque me lo propusiera. Necesito sentir algo por las personas con las que me relaciono sexualmente, así que el abanico de posibilidades se reduce bastante. Tampoco me van los engaños, así que el target sigue menguando: bastantes de los hombres de mi edad con los que podría llegar a algo ya están emparejados, pero yo no valgo para ser la otra, la amante. Como le dije a uno, no me gusta chupar banquillo, y sólo salir a jugar un rato. Si juego, quiero ser titular. Si no, prefiero verlo por la tele.

Pero pensando en esa posibilidad, en la de llegar a ser titular, y jugar a tiempo completo, tengo claro que compartir mi vida con alguien no es una meta. Claro que me gustaría enamorarme otra vez, no voy a esquivarlo si me lo encuentro, pero no lo busco, ni me preocupa si no aparece nadie. Soy feliz así. Me siento a gusto viviendo sola, y no me veo metiendo a alguien en mi casa, y menos aún yo mudándome a otro sitio.  Me gustaría sentirme amada, y amar, pero, sin renunciar a esta soledad independiente que me he encontrado y que me gusta de veras. La posibilidad de un "Living apart together" está ahí, y creo que es la que mejor encajaría con la Teresa que soy ahora. Pero ¿qué dirá ese hombre que quizás se enamore de mí un día cuando le diga que sí, que vale, que yo también le quiero, pero mejor si sigue en su casa y yo en la mía? ¿Me mirará como a una marciana? Y lo que es más importante ¿me seguirá amando bajo esas condiciones?

 suivre...

martes, 12 de marzo de 2013

Rojo Dos

Es el primero porque fue el primero. El primer blog que llamó mi atención, que me gustó por lo que contaba y cómo, el que me metió en el cuerpo el gusanillo bitacoril fue el suyo. Ceci n'est pas un weblog. Toma ya. Un buen título, ingenioso, y encima en francés. Tenía muchas papeletas para llamar mi atención, y lo hizo. Aunque podía haber sido sólo un nombre llamativo, no lo era. Detrás había alguien y mucha vida. Empecé a leer y retrocedí, pero lo más importante: me inspiró. Vamos, que me dio una envidia horrorosa, y decidí que yo también quería un blog, y uno así de bueno. Uno que hiciera a mis lectores volver a por más, releer lo viejo aunque ya supieran lo que iba a pasar, sentir que ese tipo era una buena persona, e incluso querer que fuese su amigo, que les importara lo que le pasase, que se alegrasen con sus alegrías y se entristeciesen con sus desgracias. Empecé a comentar, y pronto él también empezó a pasarse por mi casa. Se asomó a la ventana sin miedo, y ahí sigue todavía. La simpatía fue mutua y de ésas que no te explicas con una falta de mantenimiento absoluta: podíamos pasarnos meses sin saber uno del otro, épocas valle de apatía bloguera de uno u otro lado y, a la vuelta, el buen rollo seguía siempre ahí. Intacto. Una situación tan fluida y naturalmente grata que, durante años, aplazamos el siempre presente "a ver si quedamos a tomar un café y nos vemos de una vez". No fue sino hasta este verano que, quizás gracias a la inmediatez y cercanía que da Twitter, concretamos y, por fin, nos vimos. Rojo Dos era tal cual escribía, idéntico en la distancia corta a como se comportaba conmigo por escrito. Eso si, altísimo. No estoy acostumbrada a ir con gente mucho más alta que yo, así que a su lado siempre me siento canija. Pero en el cara a cara, las cosas fueron igual de bien que en la casilla de los comentarios o en los 140 caracteres. Sé que me aprecia de verdad, siempre me lo ha demostrado, y sé que él sabe que es recíproco. Es mi amigo virtual más antiguo, y a él le debo haberme atrevido a montarme un blog sin tener ni idea y a haber aprendido a bloguear como es debido. Así que sí, tenía que ser el primero, porque se lo merece. Y porque, aunque hace años que dejó aparcado su blog (la vida 1.0 le tiene demasiado ocupado), adora escribir, y lo hace muy bien. Por suerte, no ha dejado de hacerlo (no como otras... ejem...), y ahora ha empezado un blog que, igual que con el otro, me tiene totalmente enganchada. Esta vez es ficción, una novela policiaca que, cada día, por entregas, te deja con ganas de más y con el corazón en un puño, pendiente de la suerte que correrá el pobre ex-inspector Velázquez. Demasiada lluvia para un otoño cualquiera, se llama. Y no es amor de amiga, pero no tiene nada que envidiar a cosas escritas por gente como Lorenzo Silva o Domingo Villar. 

Grande, mi Rojillo.