jueves, 28 de febrero de 2013

De vendavales y de cómo ir capeándolos


Hace un viento horroroso en Las Rozas, y la mimosa que tengo en un tiesto ha vuelto a caerse, tumbada por el vendaval. No es la primera vez, será la cuarta, como poco, pero esta vez el tiesto ha dicho "Amén". Mi mimosa ya es un señor arbolito, así que necesita un tiesto grande, que pesa un quintal, por lo que el estropicio ha sido fino. Afortunadamente tenía otro vacío, bueno, sin plantas, pero con tierra, así que me ha tocado hacer el cambio, vaciarlo y trasplantar. Una odisea en medio de la ventisca. Ha sido complicado moverlo todo, ahora la terraza está hecha un desastre de trozos de tiesto y tierra desparramada, me duele la espalda y lo peor es que el problema no se ha solucionado: ha vuelto a caerse tres veces más, porque sigue haciendo aire, y puesto que es un tiesto idéntico al roto, tiene idénticas posibilidades de hacerse polvo otra vez. Sin embargo, en mi desesperación, se me ocurrió algo que hasta ahora, empecinada en levantar lo que quería caerse, se me había pasado por alto: ¿y si todo se redujera a cambiar el tiesto de sitio, en un lugar más resguardado de la terraza? ¿Y si además lo parapetara detrás de otros dos tiestos igual de grandes, que impidieran que el aire lo tumbase? Toco madera, pero de momento la mimosa no se ha vuelto a caer.

Lo cierto es que no me gusta nada cuidar del jardín. Lo hago con una especie de piloto automático, un mantenimiento de supervivencia porque no me queda otra, pero sin disfrutarlo ni pizca. Y sin embargo, me encanta verlo ahí, da muchísima vida a la casa, así que me obligo a esforzarme en algo que no sólo no me ha gustado nunca, además no se me da bien y es una de las pocas cosas de la casa que logran ponerme triste por estar demasiado ligadas a mi marido. Y eso es porque el cuidado de las terrazas nunca fue asunto mío, sino suyo, y en mi cabeza seguirá siéndolo siempre. Ha habido otras cosas que sí he podido reconvertir y llevar a mi terreno, como su despacho, que ahora es el mío y al que, por fin, puedo entrar y estar a gusto. Pero me costó más de dos años darme cuenta, en un ataque de lucidez y de cabreo, al sentir que estaba condenando una habitación, como si la de Rebeca DeWinter se tratara. Y no fue necesaria gran cosa, bastó con poner una cortina nueva, tres cojines, recuperar dos cuadros del trastero y cambiar los muebles de sitio. Y mi actitud, claro. La negativa absoluta a dejarme abatir. Las ganas de sentirme bien. Ésas siguen dirigiendo mi vida. Cada movimiento. Todos mis pensamientos van en esa dirección: en ser feliz con lo que tengo, con lo que cuento aquí y ahora, es decir, conmigo. Estoy sola, pero no tanto. No me he aislado, al contrario, inconscientemente, poco a poco, y casi sin pretenderlo, he ido abriendo mi horizonte, sacándome de la manga actividades socializadoras, mezclándome con gente de lo más variopinto, y alguna que otra persona se me ha quedado pegada durante estos dos años de soledad relativa. Sí, estoy sola. Pero no, no me siento sola. 

5 comentarios:

Teresa dijo...

Supongo que todo tiene su momento, pero a veces sí, cuesta ver claro.

Rojo dijo...

Eres admirable.

Teresa dijo...

Qué va. Sólo intento sobrevivir.

Ángela dijo...

A lo mejor lo que tú necesitas no es un jardín, sino un huerto. Un huerto lleno de tomates, calabacines, calabazas, pimientos, romero, salvia, orégano, menta, albahaca..., en fin, los ingredientes para tu cocina.
O nada. No tiene sentido hacer algo que no te gusta, creo yo.

Teresa A. dijo...

Vivo en un ático, Ángela, y no puedo poner huerto propiamente dicho, ya que tengo jardineras de obra, grandes, donde lo que pega y queda bien es lo que hay, arbolitos tipo coníferas o arizónicas. Pero entre col y col, lechuga, que se dice: también tengo hierbas aromáticas(estragón, hierbabuena, cebollino, perejil), fresones y, en cuanto pasen un par de meses, tomates cherry, que planto en tiestos grandotes. Soy perezosa para el jardineo, pero no puedo dejar morir lo que hay, por mucho que me traiga recuerdos que, muchas veces, me entristecen.