domingo, 31 de marzo de 2013

Echo de menos

Echo de menos su sonrisa. Lo que más. Porque no necesitaba palabras para decirme millones de cosas con sólo sonreírme.

Echo de menos el tacto de su piel. Esa sensación de fragilidad que siempre me trasmitió y que no sabía hasta qué punto iba a ser algo verdaderamente real, y no imaginaciones mías.

Echo de menos hacer postres para él. Podría haber sobrevivido a base de flanes, arroz con leche y natillas. Daba igual lo que me esforzase en lo salado: esperaba con ansia la parte dulce y ahí era donde se le veía disfrutar de veras.

Echo de menos sus manos. Y todo lo que sabían decirme ellas solas. Y cómo mi piel respondía. Lo bien que se entendían entre ellas. 

Echo de menos sus silencios. Esos que a veces lograban exasperarme. Lo bueno era que a menudo precedían una frase inesperadamente dulce que me dejaba tocada durante días. 

Echo de menos sorprenderle observándome. Esa sonrisilla pícara cuando le pillaba. La mía al darme cuenta. El beso que le seguía. La sensación de que su vida era mejor porque yo estaba en ella.

Echo de menos decirle que le quiero. Se lo decía mucho. Sin venir a cuento. En el momento adecuado. Siempre. A todas horas. Me salía con la misma naturalidad que respirar. Así que tengo un stock acumulado que sigue creciendo y no sé dónde voy a meter.

Sí. Le echo de menos.

Mucho.

martes, 26 de marzo de 2013

Cosy attitude


Las vacaciones de Semana Santa de este año se presentan hogareñas. No me moveré de casa, y no sólo no me importa, sino que me encanta la perspectiva de leer, vaguear, jugar con la perra, salir de paseo si deja de llover, probar a hacer algún pan nuevo o tomarme un té caliente después de la correspondiente siesta, en el sofá y bajo la manta. Soy casera, y siempre lo he sido, más feliz entre mis cuatro paredes que en el lugar más maravilloso de la tierra.

Lo cierto es que de un tiempo a esta parte, he dejado de viajar. No radicalmente, pero casi. Sigo yendo en Navidad a la Galia, con la familia, pero se acabaron los veraneos de un mes por el extranjero. Au revoir. Aparte de que mi bolsillo no me lo permite con las mismas alegrías que antaño, pero es que tampoco me apetece como entonces. Ahora se me hace bastante más cuesta arriba, porque supone irme sola, y viajar sola, por mucho que digan que es grato y como más se interactúa y mejor se conoce el sitio que visitas, no me seduce lo más mínimo. Reconozco que me asusta. Me da miedo que surjan problemas logísticos, o aburrirme como una ostra y querer venirme a los dos días. Pero sobre todo me da pena no poder compartir los momentos bonitos, las risas, las sorpresas. Llevo bien la soledad, pero en determinados momentos tengo que esquivarla. Y los viajes es uno de ellos. Uno de esos puntos negros de la autopista en los que soy débil y vulnerable. Tengo asociados a los viajes demasiados buenos recuerdos que, lejos de reconfortarme, se presentan en tromba y me impiden disfrutar del ahora. Sí. Duele. ¿Dejará de doler algún día? Seguramente. O sólo será una leve molestia, un picor ligero en la cicatriz. Pero tendrá que pasar más tiempo.

Así que, de momento, prefiero refugiarme en el calor de la casa, la sonrisa de mi perra y estrenar costumbres y rutinas que sólo me pertenezcan a mí. Ser capaz de crear recuerdos nuevos que no me arañen el alma cuando, dentro de un tiempo, se me presenten. 

Y sí. Creo que lo estoy logrando... El mundo seguirá ahí, esperando que lo recorra, cuando esté  preparada.

lunes, 25 de marzo de 2013

De los tipos de abrazos (V): Abrazos de amor


Se trata del Abrazo por excelencia, en la medida en que en muchas ocasiones los anteriormente descritos no son sino etapas intermedias o maneras de llegar a éste. En él se reúnen las mejores características de los anteriores, aunque también tiene rasgos propios del sentimiento amoroso, del que toma su nombre, y que no comparte con ninguna otra manera de abrazar. Con el abrazo gratis tiene en común el desinterés, un cierto sentido filantrópico y caritativo, pues aunque nadie desdeña la correspondencia en un abrazo de amor, lo principal en estos abrazos es el hecho de dar, de entregarse al otro, de ofrecer, olvidándose de uno mismo. La sonoridad del abrazo dicho aparece en los de amor, puesto que en un abrazo de amor es posible, e incluso recomendable, susurrar palabras adecuadas a un momento tan íntimo en el oído del otro, lo cual añadirá emoción e intensidad a un instante volcánico por definición. La calidez y seguridad de un abrazo de envolver está presente en todo abrazo de amor que se precie, puesto que la sensación de que el mundo exterior, con todas sus maldades y peligros, se queda fuera, también suele aparecer en este tipo de abrazo. El abrazo de amor también comparte la fuerza físico-mental del abrazo de fundir, afectando tanto a cuerpo como espíritu, en la medida en que el amor también reúne, indisolublemente, ambas facetas, la física y la mental, o lo que es lo mismo, lo sexual y lo emocional. No se ha descrito nada mejor en materia de abrazos que uno de este tipo, con lo cual se deja abierta una puerta a la investigación para superarlo, aunque la mayoría de los entendidos considera que en este campo ya está todo definitivamente descubierto. 

domingo, 24 de marzo de 2013

De los abrazos y sus tipos (IV): Abrazos de envolver


Tipo de abrazo caracterizado por una cierta indolencia en una de las partes, concretamente en la persona que es abrazada, motivada por un estado carencial del ánimo, melancolía o tristeza en grado variable, que lleva a la otra parte, es decir, al que abraza, a reaccionar y tomar la iniciativa. La persona envuelta en un abrazo de estas características no lo pedirá, o quizás sí, dependiendo de la necesidad de ser reconfortado y de la confianza establecida entre ambas partes. A diferencia de muchos abrazos, por no decir todos, el de envolver suele ser unidireccional: uno abraza y el otro se deja abrazar. Si algo caracteriza a este tipo de abrazo es la suavidad y la delicadeza. Un abrazo de envolver no tolera brusquedades ni apretones, características éstas que, en cualquier otro tipo de abrazo, son casi imperativos y necesarios. En los abrazos envolventes, la presión ejercida es mínima, puesto que lo que se pretende es crear la sensación, si no verdadera si muy parecida, de burbuja protectora, de nido mullido y cálido, en el que nada malo puede ocurrir. Sensación ésta falsa científicamente hablando, pero que es más que suficiente para que el abrazado termine con el espíritu fortalecido y el alma reconfortada. Es un abrazo muy recomendable por sus efectos terapéuticos y preventivos, pues además de mejorar situaciones desfavorables, sirve como vacuna para nuevos momentos críticos, ya que la seguridad de tener cerca a alguien capaz de envolverte abrazándote, anima y sosiega hasta a los ánimos más deprimidos y tristones.


(Continuará...)

sábado, 23 de marzo de 2013

De los abrazos y sus tipos (III): Abrazos dichos


Esta modalidad engloba tanto los abrazos dados por escrito como expresados de manera oral. Debido al repunte del género epistolar motivado por el auge del correo electrónico o del teléfono móvil y sus mensajes SMS, vuelven a estar sumamente en boga los abrazos dichos por escrito. Es habitual terminar mensajes electrónicos con la poco original expresión “Un abrazo”. De la misma manera, un elevado porcentaje de conversaciones telefónicas se cierran por parte de ambos interlocutores con la misma frase. Estos abrazos verbalizados, debido al uso indiscriminado y excesivo que se viene haciendo de ellos, han perdido mucho del valor intrínseco que quizás un día tuvieron, en aquellos tiempos en que alguien de verdad deseó tener delante a su corresponsal para poder abrazarlo, y al no poder ser, lo escribió en un papel, seguramente mojando una pluma de ave en un tintero. En la actualidad, un escasísimo número de abrazos dichos o escritos son sinceros deseos de abrazar al otro, por lo cual se recomienda no tenerlos demasiado en cuenta cuando se reciben, o en su defecto, someterlos a una cautelosa cuarentena, debido a su carácter meramente funcional y manido como cierre de un mensaje o conversación.

(Continuará...)

viernes, 22 de marzo de 2013

De los abrazos y sus tipos (II): Abrazos Gratis



Modalidad de abrazo relativamente reciente, concretamente del el año 2004. Las crónicas cuentan que su inventor fue un chico australiano, al decidir salir a repartir abrazos por la calle entre los transeúntes que salían a su paso, después de recibir él mismo un achuchón cariñoso por parte de una desconocida en un momento de depresión y necesidad absoluta de ser abrazado. Se trata, pues, de abrazos ofrecidos sin motivo justificable por desconocidos provistos de un cartel en el que figuran las palabras “Abrazos Gratis” a otros desconocidos, en lugares públicos, como aeropuertos, estaciones de tren o la propia calle. Aunque este movimiento de abrazadores desinteresados reconoce no ser una organización no gubernamental, los objetivos de los que abrazan gratis son similares a los de estos grupos caritativo-solidarios con la humanidad: proporcionar un instante de alegría inesperada e inmerecida, y por ello más valorable, a gente que quizás conscientemente no crea necesitar que le abracen, pero que siempre termina por agradecer el gesto. No se precisa la existencia de vínculos afectivos entre el abrazado y quien le abraza, aunque podría producirse si se diese el caso de que un conocido de algún miembro del movimiento de Abrazos Gratis pasara por la calle en el momento justo de un acto de este tipo. En esos casos, el abrazo gratis se convierte de manera automática en otro tipo de abrazo, dependiendo de la intencionalidad del mismo y del grado de conocimiento de los implicados, entre otras variables.

(Continuará...)

jueves, 21 de marzo de 2013

De los abrazos y sus tipos (I)



Un abrazo puede definirse, de entre muchas maneras, como el acto en el que dos cuerpos, humanos ambos, o al menos uno de ellos, establecen un contacto físico en el que los miembros superiores son los principales protagonistas. Ese contacto se caracteriza por el ejercicio de una presión de intensidad variable sobre otro cuerpo con las extremidades superiores, pero en todos los casos de manera cordial, aunque no necesariamente sincera. El contenido afectuoso, sea cierto o fingido, diferencia claramente a los abrazos de otros contactos físicos en los que los brazos también actúan, como son las bofetadas, los cachetes o los puñetazos. Bien es cierto que un abrazo dado con excesiva fuerza puede ser tan doloroso o más que un guantazo dado sin convicción y con la mano floja, pero en cualquier caso lo que cuenta es la intención de hacer o no daño, siendo la agresividad algo totalmente fuera de lugar en un abrazo. Como la propia palabra indica, aún a riesgo de resultar redundante, todo abrazo precisa de un par de brazos para poder llevarse a término, y es condición sine qua non para que se produzca. De ahí la necesidad inexcusable de que de los dos individuos implicados en un abrazo, al menos uno de ellos disponga de extremidades en la parte superior del tronco. Aunque lo más frecuente sean los abrazos entre miembros de la misma especie, bien del mismo o de diferente sexo, los seres humanos pueden abrazar a animales, a plantas, e incluso a seres inanimados. Ejemplos de ello son los abrazos que se da a los animales de compañía, en especial gatos, si se dejan, y perros, más dóciles y agradecidos a la hora de ser abrazados por sus amos. También es posible abrazar a los árboles, con efectos terapéuticos discutibles pero defendidos por ciertas corrientes místico-ecologistas. En cuanto a la materia inerte, se conocen casos extremos en los que algún individuo en estado etílico pero aún consciente, ha llegado a prodigar tiernos y afectuosos abrazos a farolas o luminarias del alumbrado público, con el mismo frenesí y cariño que si tuviera entre sus brazos a la mujer de sus sueños.
Los abrazos son expresiones de sentimientos o estados de ánimo que aparecen en múltiples situaciones de la vida diaria. Todos ellos tienen en común un acercamiento que rompe el perímetro de seguridad corporal, no escrito, pero real, que todo ser humano establece en torno a sí mismo. De ahí que sea importante saber qué tipo de abrazo es el pertinente en cada ocasión, a la hora de elegirlo para darlo y también para saber qué representa cuando es uno el que lo recibe.
Los abrazos pueden ser muy distintos, según la intencionalidad del que los da, o lo que es lo mismo, en el objetivo perseguido al proporcionarlos y/o recibirlos. Ciertas corrientes de pensamiento consideran que hay tantas maneras de abrazar como personas, pero esa afirmación supone una manera fácil de sortear la cantidad de matices, tan interesantes como decisivos a la hora de abrazar y ser abrazado, que intervienen en un acto tan inocuo en apariencia como trascendente en el fondo. A pesar de que sólo se trata de un contacto físico momentáneo entre dos cuerpos, los abrazos tienen una serie de efectos, inmediatos y secundarios, dignos de ser tenidos en cuenta, por sus virtudes curativas, turbadoras, euforizantes o reconciliadoras con el género humano. Bien es cierto que hay algunos abrazos que, bien sea por sus características propias o por el poco entusiasmo de los interesados en llevarlos a cabo, se olvidan a los escasos minutos de recibirse o darse, la mayor parte de ellos, cada uno en su género, modifican situaciones anímicas y pueden llegar a trastornar, en ocasiones muy seriamente, la naturaleza emocional de los implicados.
La tipología de abrazos que a continuación se detalla intenta poner un poco de orden en un universo, el del abrazo, tan apasionante como apasionado. Conocedores de las limitaciones de esta investigación, damos por hecho que son muchos los tipos de abrazos que quedarán fuera de este estudio. Eventualidad ésta que no nos preocupa lo más mínimo ni obstaculiza el disfrute que pretendemos sacarle al esfuerzo de sistematizar algo tan poco estudiado hasta la fecha. Sin embargo, no es nuestro objetivo recoger de manera científica y rigurosa todos los abrazos posibles o probables, sino definir, de una manera entretenida, pero no por ello menos seria, varias de las modalidades de abrazos más habituales, a fin de que el lector sepa qué debe hacer cuando, por ejemplo, se sienta triste y necesite que el mundo vuelva a girar a su velocidad normal, o en el caso opuesto, en el que lo que precise sea compartir su alegría o sus sentimientos amorosos con una persona determinada. El presente estudio servirá, o al menos ese es uno de sus objetivos, para saber qué hay detrás de ciertos tipos de abrazos que, demasiado a menudo, se confunden con otros de características muy similares, dando lugar a errores a veces lamentables, que en ocasiones han desembocado, tal y como puede comprobarse en la jurisprudencia matrimonial, en divorcios, o lo que es peor, en casamientos mal avenidos y prolongados tan inútil como dolorosamente en el tiempo. 

(Continuará...)

martes, 19 de marzo de 2013

De cuando mi abuelo inventó una cámara de fotos distinta a todas los demás


(No sé por qué me he acordado hoy de este relato, uno de los últimos que escribí, y al releerlo me ha apetecido recuperarlo para la ventana...)

Cuando mi abuelo se compró su primera cámara a los fotógrafos aún se les llamaba “retratistas”. Eran tiempos lejanos en los que hacerse una foto era un pequeño acontecimiento en la vida de una persona, un capricho caro, para el que la gente elegía los momentos clave de sus vidas, y acudía al estudio con sus mejores galas para ser inmortalizados. Chicas guapas con su vestido de domingo recién estrenado, quintos uniformados que no querían que sus novias les olvidaran, niños vestidos de marinerito a punto de comulgar, o bebés rollizos con faldones llenos de puntillas. Las fotos de mi abuelo quizás no fuesen técnicamente perfectas, pero sí que conseguían sacar lo mejor de los retratados. La sonrisa encantadora de la chica sosita y tímida, el perfil con menos acné del recluta, la carcajada descontrolada del niño que había entrado al estudio llorando en brazos de su madre, y que mi abuelo sabía calmar con su paciencia infinita y un poco de ayuda extra. La jirafa Rafa y el pollito Pito pasaron de nuestro cajón de los juguetes a compartir espacio con un peine, un bote de laca y un espejo del tocador de la abuela Beatriz. Su marido no necesitaba mucho más para conseguir resultados tan buenos que lo que empezó siendo un pasatiempo para las tardes que le dejaba libres su trabajo en el Ministerio de Agricultura, terminó convirtiéndose en su verdadera profesión. Hasta el punto de terminar alquilando un pequeño local al lado de la panadería del barrio. El taller de un zapatero remendón al que atropelló un tranvía se convirtió en el estudio donde mi hermano y yo pasamos las mejores tardes de nuestra infancia.
A los sesenta y cinco años, el abuelo Bruno aún era un tipo atlético y ágil, de facciones tan aniñadas que poca gente le echaba más de cincuenta. El retiro le pilló en plenitud de facultades y energía, así que en lugar de aburrirse y deprimirse por haber dejado en el armario el uniforme de conserje, fue como si rejuveneciera quince años. Empezó a abrir la tienda también por las mañanas, y se pasaba allí todo el día, salvo el rato del medio día en el que se iba a comer, y se echaba la siesta. La jubilación coincidió con la época en la que las fotografías de estudio empezaban a escasear: la gente había descubierto el gusto por hacer sus propias fotos, y las cámaras encontraban su hueco en las maletas de los veraneantes. Así que los retratos empezaron a ser sustituidos por el revelado de carretes y las fotos de carnet. Tareas demasiado mecánicas para el espíritu creativo de mi abuelo, pero que también le dejaban mucho tiempo libre. Unas horas muertas que no tardó en ocupar con un proyecto secreto, un misterio incluso para su propia esposa. Como antes de dejar el ministerio, volvió a abrir el estudio sólo por las tardes: las mañanas, a puerta cerrada, las dedicaba a trabajar en el cuarto de revelado. Ni siquiera la abuela Beatriz consiguió sacarle una sola palabra en los dos años que tardó en preparar el prototipo.
La tarde que lo terminó, mi hermano y yo merendábamos un bocadillo de mortadela, mientras hacíamos los deberes sobre el mostrador de la tienda. El abuelo estaba encerrado con el invento, como casi siempre en los últimos meses: cada vez dedicaba más horas a sus experimentos y menos al negocio, se quejaba mi madre. Aquella tarde aún no le habíamos visto, pero siguiendo instrucciones de la abuela, no nos habíamos atrevido a molestarle. Cuando salió, se acercó a nosotros y nos dio un beso a cada uno, como hacía siempre. La abuela, que hacía ganchillo en una sillita baja, levantó la vista de la labor, y sonrió. “¿Ya está?”, le preguntó. “Sí”, respondió él. Fue todo. Ella siguió tejiendo, como si nada. Félix y yo nos miramos, y decidimos seguir también a lo nuestro. Y no por falta de curiosidad: pero si mi abuela sólo había conseguido arrancarle un sí a su marido, nuestros intentos por saber más serían un fracaso. Así que yo le pegué otro mordisco a mi bocadillo, y mi hermano siguió coloreando. Y nos olvidamos del tema. Hasta el fin de semana.
Aquel domingo, como todos, iríamos a comer paella en casa de los abuelos. También estarían mis tíos, y mi prima Lourdes, que ya estudiaba en el instituto. Sin embargo, la noche antes, el abuelo nos llamó por teléfono para decirnos que en lugar de llegar a la una para el aperitivo, como siempre, quería vernos en el estudio, a eso de las once. Todos sabíamos que aquella irregularidad tenía que ver con su proyecto. Pero lo que nadie esperaba, por muy seguros que estuviéramos de que el ingenio del abuelo tenía que haber parido algo grande, era lo que terminamos encontrándonos.
El fotomatón era idéntico a los que empezaban a verse en las estaciones de tren y en el metro. La decepción apareció, en mayor o menor grado, en las caras de todos nosotros. ¿Tanto rollo para terminar poniendo un aparato de ésos en el estudio? Era evidente que la robustez de mi abuelo sólo era aparente: debía estar perdiendo facultades. La primera en verbalizar lo que todos pensábamos fue mi madre. “Pero papá, ¿necesitas eso en la tienda? Si a ti te encanta hacer fotos de carnet… Son lo más parecido a los retratos de antes…”. El abuelo sonrió con picardía, y le dijo que no se dejara engañar por las apariencias: aquello parecía un fotomatón, pero no lo era. “¿Cómo que no? ¿Acaso no hace fotos?”, exclamó mi tío Ramón. Hacía fotos, claro que sí, pero los resultados no tenían nada que ver con lo que la gente esperaba cuando cerraba la cortinilla y se sentaba en la banqueta redonda. “Vamos a ver, Bruno… Podrán ser de mejor calidad, con mejor color, sin tanta cara de presidiario, pero poco más. Una foto es una foto, a fin de cuentas”, dijo mi padre. Pues no. Una foto podía ser mucho más. La única pega, le explicó el abuelo, era que el aparato no era recomendable para cierto grupo de personas. “¿Estás diciendo que tiene algo así como efectos secundarios, como las medicinas? A ver si nos va a pasar algo… Quítate de ahí, Lourdes”. Mi tía Mercedes, tan aprensiva como siempre, cogió del brazo a mi prima y las dos se fueron lo más lejos posible del fotomatón. ”No entiendo nada, Bruno”, le interrumpió la abuela. “Explícate de una vez, hazme el favor, ya está bien de tanto misterio y tanta tontería”.
Entonces, el abuelo sonrió, y se me quedó mirando. Yo levanté la mano, como en el colegio, ofreciéndome voluntaria para probarlo. Entré en la caseta, y me senté en el taburete. El abuelo la hizo girar conmigo encima, hasta que me vi reflejada en el espejo de enfrente. Con suavidad, me apartó el flequillo de los ojos, y me acarició la cara. Luego cerró la cortina, y me dijo que no me moviera hasta que terminara de contar hasta treinta. Así lo hice.
Nueve pares de ojos parecían empujar con el pensamiento al cartoncito alargado con mis fotos, que aparecieron de repente, sobresaltándonos a todos. El abuelo se acercó a la máquina, y lo cogió. Todos nos abalanzamos sobre él, pero fue a mí a quien puso en la mano la tira de cuatro fotos. Quemaba todavía, y desde el cartón tibio un niño rubio y sonriente me miraba. Mi hermano me quitó las fotos de la mano, y gritó “Abu, que éstas no son. Deben ser del último que se las hizo, que no salieron”. El abuelo sonrió enigmáticamente, y no dijo nada. Mis fotos, es decir, las del chico de pelo claro y ojos chispeantes, pasaron de mano en mano, mientras todos miraban la tira de papel, y me miraban a mí. “Eh, que yo he hecho lo que me ha dicho el abuelo. Estarme quieta y contar. No es culpa mía”.
“Claro que no, bonita. ¿Qué va a ser culpa tuya?”, me tranquilizó el abuelo, dándome un beso. “Ya os dije que no era un aparato como los demás”. “¿Quién es ese niño, papá?, preguntó la tía Mercedes. “Es el hombre de su vida, hija. Esta máquina no saca fotos de quien se sienta frente a ella, sino de su pareja ideal”. Durante un minuto, nadie dijo nada. Todos nos miramos con una mezcla de miedo e incredulidad. Miedo a que el abuelo hubiese perdido la cabeza por completo, así, de repente y sin remedio. No podía ser, pero sin embargo, ahí estaban las fotos. Yo me había puesto frente a la cámara, tan seria como siempre que me retrataban, pero la cara risueña que veíamos multiplicada por cuatro era la de otra persona. Nada menos que la del hombre con el que, de encontrarnos algún día, yo sería más feliz que con ningún otro.
Fue mi hermano el que rompió el silencio. “Prueba conmigo, Abu”. A los pocos minutos, volvíamos a arremolinarnos en torno a mi hermano, que sostenía tembloroso una serie de fotos que mostraban a una chica de su misma edad, vestida a la manera africana, de rasgos bastos, pero sonrisa deslumbrante. ¿”Una negra?” gimió Félix. “Yo no quiero tener que casarme con una negra, jooooo”.
“Papá, ¿quieres decir que si yo me hago la foto, aparecerá Antonio?”, preguntó mi madre. “Puede ser, hija, pero sólo si tu marido es el hombre de tu vida. Si te has casado con el hombre correcto, Antonio será el que salga en las fotos. Si no, aparecerá otro. Por eso no es recomendable que usen este aparato personas ya emparejadas. Es arriesgado”.
El abuelo nos explicó que aquel invento podía usarse para saber quién era la mujer o el hombre perfecto para ti. Y que lo había perfeccionado hasta el punto de poder elegir la zona de búsqueda a gusto del consumidor. Pulsando unas teclas con los colores del parchis, podías encontrar a tu media naranja en tu propia ciudad (botón rojo), en tu provincia (verde), en tu país (amarillo) o en el extranjero (azul). Una promesa encerrada en un rectángulo de cuatro por tres centímetros, un rostro sin nombre que te miraba invitándote a ser feliz, con quien, seguramente, jamás te cruzarías o que quizás te estaba esperando a la vuelta de la esquina, en el portal de al lado. El aturdimiento era general. Mis padres se miraban, mis tíos se miraban, y mi prima Lourdes, con una tira de fotos en cada mano, nos miraba a Félix y a mí. Todo era demasiado raro. Y todos nos hacíamos la misma pregunta. ¿Cómo podía estar tan seguro el abuelo de que las personas que salían en las fotos eran precisamente eso, la mujer o el hombre de tu vida, y no tu potencial asesino, por ejemplo?
“Bruno. Enséñanos las fotos que salieron cuando probaste tú”. La abuela había dicho lo que todos queríamos saber. Y su marido estaba preparado. Se metió la mano en el bolsillo de la camisa, y sacó tres tiras de papel. “Probé con misma ciudad, misma provincia y mismo país. Y saliste tú, Beatriz. En las tres. La mujer de mi vida. ¿O no?”. La abuela sonrió. “¿Y la extranjera?”, preguntó mi hermano. “Pues no lo sé. La verdad es que sólo hice esas tres. ¿Probamos a ver qué sale?”. Su mujer asintió, y él desapareció detrás de la cortinilla.
Cuando el cartón salió por la ranura, nadie podía contener su impaciencia. Entre las manos de mi abuelo, una mujer morena, de ojos verdes y piel de nácar sonreía con tristeza, aceptando su destino, lejos del hombre que nunca conocería y que, quizás éste sí, le hubiese hecho feliz.
Sí. La máquina funcionaba perfectamente. Porque todos sabíamos que a mi abuelo, desde jovencito, siempre le encantó Ava Gardner…

domingo, 17 de marzo de 2013

Sola, pero bien acompañada


Este año hará tres que vivo sola. Emprendí la vida en solitario a los cuarenta y tres años, objetivamente tardísimo, y soy consciente de que podía haber sido un desastre. Porque yo salí de casa de mis padres con veintiséis años para irme a vivir con el hombre que terminó siendo mi marido durante tres lustros, así que no hubo una etapa intermedia de poder ser independiente y escorrearme a placer: hice las cosas, sin proponérmelo siquiera, a la antigua usanza. Y no lo eché de menos, la verdad. Pero de pronto, un día abrí los ojos y me encontré convertida en una cuarentona y en mis manos, la posibilidad de hacer lo que debería haber hecho con veinte.

Y ahora, desde la perspectiva que me da el tiempo transcurrido, tengo que reconocer que esa libertad no buscada es muy gustosa. Aunque no haga el uso que podría hacer de ella, porque no va conmigo ni con mi carácter pasar al extremo opuesto. No, no soy promiscua, y creo que no sería capaz de aprender a serlo, aunque me lo propusiera. Necesito sentir algo por las personas con las que me relaciono sexualmente, así que el abanico de posibilidades se reduce bastante. Tampoco me van los engaños, así que el target sigue menguando: bastantes de los hombres de mi edad con los que podría llegar a algo ya están emparejados, pero yo no valgo para ser la otra, la amante. Como le dije a uno, no me gusta chupar banquillo, y sólo salir a jugar un rato. Si juego, quiero ser titular. Si no, prefiero verlo por la tele.

Pero pensando en esa posibilidad, en la de llegar a ser titular, y jugar a tiempo completo, tengo claro que compartir mi vida con alguien no es una meta. Claro que me gustaría enamorarme otra vez, no voy a esquivarlo si me lo encuentro, pero no lo busco, ni me preocupa si no aparece nadie. Soy feliz así. Me siento a gusto viviendo sola, y no me veo metiendo a alguien en mi casa, y menos aún yo mudándome a otro sitio.  Me gustaría sentirme amada, y amar, pero, sin renunciar a esta soledad independiente que me he encontrado y que me gusta de veras. La posibilidad de un "Living apart together" está ahí, y creo que es la que mejor encajaría con la Teresa que soy ahora. Pero ¿qué dirá ese hombre que quizás se enamore de mí un día cuando le diga que sí, que vale, que yo también le quiero, pero mejor si sigue en su casa y yo en la mía? ¿Me mirará como a una marciana? Y lo que es más importante ¿me seguirá amando bajo esas condiciones?

 suivre...

martes, 12 de marzo de 2013

Rojo Dos

Es el primero porque fue el primero. El primer blog que llamó mi atención, que me gustó por lo que contaba y cómo, el que me metió en el cuerpo el gusanillo bitacoril fue el suyo. Ceci n'est pas un weblog. Toma ya. Un buen título, ingenioso, y encima en francés. Tenía muchas papeletas para llamar mi atención, y lo hizo. Aunque podía haber sido sólo un nombre llamativo, no lo era. Detrás había alguien y mucha vida. Empecé a leer y retrocedí, pero lo más importante: me inspiró. Vamos, que me dio una envidia horrorosa, y decidí que yo también quería un blog, y uno así de bueno. Uno que hiciera a mis lectores volver a por más, releer lo viejo aunque ya supieran lo que iba a pasar, sentir que ese tipo era una buena persona, e incluso querer que fuese su amigo, que les importara lo que le pasase, que se alegrasen con sus alegrías y se entristeciesen con sus desgracias. Empecé a comentar, y pronto él también empezó a pasarse por mi casa. Se asomó a la ventana sin miedo, y ahí sigue todavía. La simpatía fue mutua y de ésas que no te explicas con una falta de mantenimiento absoluta: podíamos pasarnos meses sin saber uno del otro, épocas valle de apatía bloguera de uno u otro lado y, a la vuelta, el buen rollo seguía siempre ahí. Intacto. Una situación tan fluida y naturalmente grata que, durante años, aplazamos el siempre presente "a ver si quedamos a tomar un café y nos vemos de una vez". No fue sino hasta este verano que, quizás gracias a la inmediatez y cercanía que da Twitter, concretamos y, por fin, nos vimos. Rojo Dos era tal cual escribía, idéntico en la distancia corta a como se comportaba conmigo por escrito. Eso si, altísimo. No estoy acostumbrada a ir con gente mucho más alta que yo, así que a su lado siempre me siento canija. Pero en el cara a cara, las cosas fueron igual de bien que en la casilla de los comentarios o en los 140 caracteres. Sé que me aprecia de verdad, siempre me lo ha demostrado, y sé que él sabe que es recíproco. Es mi amigo virtual más antiguo, y a él le debo haberme atrevido a montarme un blog sin tener ni idea y a haber aprendido a bloguear como es debido. Así que sí, tenía que ser el primero, porque se lo merece. Y porque, aunque hace años que dejó aparcado su blog (la vida 1.0 le tiene demasiado ocupado), adora escribir, y lo hace muy bien. Por suerte, no ha dejado de hacerlo (no como otras... ejem...), y ahora ha empezado un blog que, igual que con el otro, me tiene totalmente enganchada. Esta vez es ficción, una novela policiaca que, cada día, por entregas, te deja con ganas de más y con el corazón en un puño, pendiente de la suerte que correrá el pobre ex-inspector Velázquez. Demasiada lluvia para un otoño cualquiera, se llama. Y no es amor de amiga, pero no tiene nada que envidiar a cosas escritas por gente como Lorenzo Silva o Domingo Villar. 

Grande, mi Rojillo.

martes, 5 de marzo de 2013

De amigos, conocidos y otros especímenes


Uno de los primeros temores de las personas que me conocen en cuanto se enteran de mi historia personal es la posibilidad de que termine aislándome, de que la pena se apodere de mí y me meta en casa a rumiar mi mala suerte, que el hecho de no trabajar me amaruje y me lleve a una depresión. Así me lo han dicho más de uno con palabras y más de dos con la mirada. Sin embargo, nada de eso ha pasado. Estaba preparada para lo que vendría después, y no sólo no me he quedado sola, sino que en estos más de dos años ya, como contaba aquí hace unos días, he conocido a muchísima gente, de todo tipo. E igual de variados son sus orígenes, la forma de conocerles o la intensidad de la relación. Muchos contactos superficiales, otros no tanto. Unos pocos antiguos que soportaron el chaparrón, mientras que muchos huyeron por patas de mi lado cuando todo se fue al garete. Algunos que surgieron de repente y duraron menos que una traca, unos cuantos que sé que me acompañarán muchos años. Otros que aún están madurando para caer del árbol y pasar de conocidos a amigos. Bastantes a través de este invento, otro buen puñado procedentes de la vida corpórea. Como soy una caótica ordenada, esta mañana se me ocurrió hacer una lista de la gente que ahora mismo está en mi vida. Y es larga, mucho. Tanto que, para aclararme, terminé por clasificarlas según la intensidad del lazo y su origen. 

Voy a escribir aquí sobre algunas de esas personas. O sobre todas, ya veremos qué sale. Porque me apetece y porque se lo merecen. Por estar ahí. Por querer formar parte de mi vida. Por quererme. Por dejarse querer. No diré sus nombres, sólo pondré sus iniciales. Ellos se reconocerán, seguro. 

Permanezcan atentos a sus pantallas.

domingo, 3 de marzo de 2013

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Cuando mi madre tenía cuarenta y seis años, los mismos que yo acabo de cumplir hace un minuto, yo tenía veintidós. Soy incapaz de imaginarme a mí ahora mismo con un vástago de esa edad, un adulto con la carrera casi terminada. Y sin embargo, podría haber sido. Pero no fue. No sé si será el hecho de haber asumido mi vida tal y como ha sido, o si mi deseo en el fondo era ese, y de alguna manera, reconduje las cosas por ese camino sin darme cuenta, pero ahora mismo me alegro infinito de no tener hijos. Y no porque no lo quisiera en su momento, que lo quise, y mucho. Pero igual de fuerte que fue en su día mi deseo de ser madre, las vueltas que dio mi vida me hizo dar gracias por terminar por no haberlo sido. Y no, ahora mismo, cuando mi existencia vuelve a ser algo estable y medianamente normal, sigo alegrándome infinito de no haberme reproducido. ¿Resignación inconsciente? Pudiera ser. 

Ya estoy más cerca de los cincuenta que de los cuarenta, y me parece increíble. Soy una mujer en plena sazón, vamos, lo que viene a ser una señora madura, y paradójicamente me siento como si acabase de rebasar la treintena, como no me sentí cuando la viví. Sé que es lo que siempre se dice, pero es tan cierto como que no he visto pasar los últimos veinte años. Quizás si tuviera un hijo que podría hacerme abuela ya, me sentiría de otra manera, pero tengo la sensación de que tengo quince años menos. Mi vida estudiantil también debe contribuir a esa sensación de soltería libre y de horizonte infinito ante mí. O quizás es cuestión de manera de ser, no lo sé. Lo cierto es que, por caminos retorcidos, he llegado a una autopista en la que me siento cómoda. Y aunque no sé dónde me llevaran mis cuarenta y seis años, iré donde me lleven mis pasos, donde haga falta. No tener nada que perder es lo que tiene. Te da libertad. Y la libertad, te da valentía. Muchísima.

viernes, 1 de marzo de 2013

De lo nuevo y lo viejo


Lo nuevo es mi Kindle. Cuando mis cuñadas me pidieron ideas de regalos para estas últimas navidades, no se me ocurría nada. Será que no soy caprichosa, que sigo tan minimalista como últimamente, pero por más vueltas que le daba, nada, no había manera. Hasta que, de pronto, se me hizo la luz. ¿Y si les pedía un libro electrónico? No era algo que quisiera especialmente, es más, yo nunca me lo hubiese comprado, no me llamaba la atención gran cosa. Además, tengo montones de libros en la estantería de "Pendientes de leer", así que exponerme al diógenes digital era todo un peligro que no me llamaba nada. Pero ¿y si me lo regalaban? Si no me gustaba mucho, podía re-regalarlo, o venderlo en E-Bay. Pero no. Tengo un Kindle y, para mi sorpresa, me encanta. Hasta el punto de que está desplazando a mis lecturas en papel. Lo poco que pesa, lo cómodo que es para leer, los diccionarios incorporados..., en fin, que me tiene enamorada. 

Lo viejo es D. Benito. He vuelto a retomar la lectura de los "Episodios Nacionales", que me dejé a medias en el hospital, hace ya más de dos años. Necesitaba dejar pasar un tiempo, dejar de tenerlos asociados a unos recuerdos poco agradables, y el hecho de leerlos en el Kindle ayuda. Ahora estoy con la tercera serie, y, de nuevo, ando fascinada con la maestría de Pérez Galdós. La parte mala es que, como siempre que leo algo que me gusta mucho, las ganas de escribir cosas mías son inversamente proporcionales. O sea, que no escribo. Nada. Y no me preocupa, aunque a veces me sienta un poco culpable de desperdiciar un talento que sé que tengo. Pero, qué demonios. El mundo sobrevivirá y seguirá girando sin mis novelas, estoy segura.