lunes, 15 de abril de 2013

Fracasos que no lo son tanto...


Lea llegó a casa hace poco más de dos años, y no pudo hacerlo en un momento más oportuno y necesario. Que coincidiera con el momento en que yo empezaba a encauzar la nueva etapa de mi existencia fue providencial, porque ahora también ella va asociada a estos tiempos nuevos, y me gusta que sea así. No está "contaminada" por recuerdos, ni malos ni buenos, y eso creo que es muy positivo. Forma parte de mi vida de ahora, y se ha ido convirtiendo en algo más que una mascota: una parte fundamental y preciosa, llena de ternura, complicidad y momentos compartidos. Ahora mismo es el ser vivo más cercano a mí. El que más sabe de lo que hago, de lo que me pasa, de lo que pienso y de lo que sueño. Y podría jurar que también es a quien más importo y el quien más me quiere.

Cuando la traje a casa, me propuse educarla perrunamente, no caer en el error de humanizarla, y creo que lo he logrado. Hablo con ella, pero eso es inevitable: hablo en voz alta hasta cuando estoy sola, así que tener un interlocutor, aunque sea mudo, tiene el efecto de que la lengua se me desate mucho más. Pero salvo mis "conversaciones" constantes con ella, creo que he logrado no mimarla en exceso, ni malcriarla... salvo en una cosa. Nunca quise que durmiera en mi cama, y ha terminado haciéndolo. La costumbre de dormir la siesta conmigo (eso sí se lo he permitido siempre) le abrió una puerta de placeres insospechados a los que, la muy pillina, no parece estar dispuesta a renunciar. Y como hacer una cosa una sola vez con ella es sentar un peligroso precedente, una noche en la que se puso mala y no logré tranquilizarla hasta que la subí a dormir conmigo a las tres de la madrugada y, por fin, pudimos descansar, marcó un antes y un después. Ya no hay manera de que duerma en su cama por las noches. Y bueno, después de todo, a mí me está terminando por gustar sentirla tan cerca, su respiración suave, esos suspiros inesperados que de vez en cuando suelta, hasta los gruñiditos y medio ladridos que da cuando sueña. Lo que empezó siendo un fracaso de mi sistema educativo perruno se ha convertido en un inesperado regalo.

No hay mal que por bien no venga. 

14 comentarios:

Rojo dijo...

Al menos no se te sube a la tripa en mitad de la noche y comienza a "amasarte" como los gatos ¿no? :-) qué maravilla.

Teresa A. dijo...

Qué va, nada, está quietecita toda la noche, no se mueve. Y cuando me despierto y nota que respiro de otro modo es cuando se gira y mira a ver. Sólo entonces me pega un lametón de buenos días. Es un amor, la verdad.

Calamidad dijo...

A mi bestia parda no le gustaba nada subir a la cama. Solo lo hizo en contadas ocasiones. Cuando estuvo viviendo en Madrid conmigo una en la que estaban tirando fuegos artificiales y otra en la que yo estaba realmente malita, sola en casa, sin poderme levantar de la cama (ni protestó porque no podía bajar a pasearlo, un santo). Le echo tanto de menos que todavía miro para atrás a ver si continúa pegando esos suspirillos perrunos.

Teresa A. dijo...

Ays, Cal... Yo a veces pienso en el día en que se me muera, y me dan los siete males. :-(

Calamidad dijo...

No lo pienses, mujer. Disfruta de todos los años que vais a tener juntas. ¡Eso es lo importante! Da penilla verlos envejecer tan deprisa, pero hay que tener en cuenta que no lo habrían podido hacer en mejor compañía.

Si mis circunstancias me lo permitieran, ya tendría otro chucho correteando por casa. Nadie, jamas-nunca, te va a querer tanto como tu perro. ¡Y el amor/cariño es tan importante! Lo dijo Punset, así que algo de razón tendrá. :-)

Teresa A. dijo...

No, si no lo pienso mucho. A ver, que apenas tiene dos años, queda mucho para empezar a darle vueltas a eso. Pero sí que soy consciente de que un día no estará. Y volveré a tener perro, por supuesto, pero ella siempre será mi primera perrita, y está poniendo el listón muy, pero que muy alto... Sí, nadie me quiere ni me ha querido como ella. Lo tengo clarísimo.

Paco Principiante dijo...

El colecho es genial. Con hijos, con perros, con cualquier mascota... (bueno, un pez tiene sus inconvenietes...).

Yo a veces me pregunto a quién le gusta más cuando mis hijos se duermen con nosotros. Si a ellos o a mi "jefa" y a mi.

Teresa A. dijo...

Juass, Neo, qué bueno. No se me había ocurrido... ¡Hago colecho con mi perra!

José Antonio Peñas dijo...

Tengo la suerte de conoceros a ambas, y creo que tenéis mucha suerte. No podrías tener una compañera mejor ni más enamorada de ti, y ella no podría haber encontrado una jefa más cariñosa ni responsable.

violetazul dijo...

Me has traído muchos recuerdos a la mente con esta entrada.. Con Trufo, conseguí que no traspasara mi dormitorio, y cuando se fue, pensé que me había perdido esos momentos..
Luego con Troylo, me pasó como a tí con Lea, de entrada dije no, pero poco a poco, se gano su esquina inferior izquierda..
Ahora estamos LaMariposita y yo, que hemos colechado desde el primer día... Ya no hay peluditos en esta casa, pero sé que es circunstancial y transitorio.. En un tiempo no lejano, estoy segura de que en nuestra cama habrán cuatro patas más ;)

Jean Bedel dijo...

Si te contara lo humanizado que tenemos aquí al perrón te escandalizarías :-) La contraría le trata como una personita. Y yo empiezo también a hacerlo. Es tan difícil educar a los perrones ...

Gema Mate Delicado dijo...

hola, acabo de descubrir tu blog, y de entre todas las entradas a las que he echado un vistazo, esta me ha llamado poderosamente la atencion.
Yo tengo una perrita igual a la tuya y es un caramelo.... se que es unos de los seres mas maravillosos que pasaran por mi vida...la adoro, ya es viejita y a veces cuando la miro pienso que el dia que me falte me dejara un hueco muy grande que no volvera a ocupar ni un perro mas.
Te dejo mi blog por si te apetece pasar.
un saludo
www

Gema Mate Delicado dijo...

www.madelfotografia.blogspot.com

Teresa A. dijo...

Bienvenida, Gema. La verdad es que con poco más de dos años de tener a la perra, se me hace difícil imaginarme la vida sin ella, que sé que es algo que llegará, pero que aún veo lejos. Y aunque sé que me moriré de pena, y que nadie podrá sustituiría, me está dando tantas satisfacciones que, aunque sea con otro perrere menos encantador, quiero seguir compartiendo mi vida con un can. Sé lo que es perder a alguien irreemplazable, pero no por eso me cierro al resto de los que, sin llegar a llenar el hueco, sí que hacen la vida más rica y agradable que si dejas el espacio vacío.