martes, 7 de mayo de 2013

De los tiempos pasados y cómo para nada fueron mejores. Sólo a ratos...


Aunque no reniego de mi infancia, tampoco la añoro. Fui bastante feliz, pero mucho menos de lo que podría haberlo sido objetivamente hablando. Y en buena parte por una razón que a muchos les parecerá incomprensible: tuve la mala fortuna de tener pueblo. Y digo bien, una mala suerte espantosa, porque tener un sitio donde ir a sólo una hora de coche y sesenta kilómetros de distancia nos permitía plantarnos allí a menudo, demasiado frecuentemente, matando cualquier posibilidad de viaje o esparcimiento que no fuera en el puto villorio manchego. Lo odié mucho, y lo sigo detestando por cómo limitó y redujo mi universo conocido a ese único destino durante los primeros veinte años de mi vida. Y porque también supuso la mayor fuente de tensiones entre mis padres, de las graves, de las de poner a una pareja al borde del divorcio en muchas ocasiones. De las de no hablarse durante semanas y mirarse con odio infinito. De ésas.

Sin embargo, mentiría si dijera que todos mis recuerdos ligados al pueblo son malos. Hubo unos años, pocos, pero intensos, porque los recuerdo bien y con agrado, en los que disfruté mucho. Fueron los comprendidos entre los ocho y los trece. Un tiempo en el que ir allí me permitía hacer cosas diferentes, sentirme de otra manera que en la ciudad, y vivir una libertad que no era posible en el asfalto madrileño. Además tenía primos, tres chicos, que aunque más pequeños (o quizás, gracias a eso...), me permitían incluso tener una pandilla, un grupito pequeño y manejable en el que me convertí en la lider no sólo por ser la mayor, sino por venir de Madrid. 

Ahora aquel pueblo en el que se podía ir a explorar por las afueras, jugar a ir de excursión y de aventuras como si fuésemos Los Cinco (aunque sólo eramos cuatro, y sin perro...), estar por ahí hasta que se hacía de noche sin que nuestras madres estuviesen intranquilas, o pedir agua a cualquier vecina, simplemente diciendo que éramos los nietos de la María, ha desaparecido. Ahora es una ciudad dormitorio más, un sitio lleno de adosados conejiles y centros comerciales. No volveré. Nunca. Bueno, sí, cuando tenga que vender la casa de mis padres. Porque no se me ha perdido nada allí. Los malos recuerdos los tengo enterrados y, por suerte, se pudrieron hace mucho tiempo. Los buenos aparecen a veces, como ayer, cuando me puse a escribir una redacción para inglés, hablando sobre "La casa rota", unas ruinas donde íbamos a merendar y a jugar con las bicis. Y un recuerdo trae otros, como el de mí misma, imitando el acento manchego para sentirme más integrada cuando me quedaba allí unas semanas, o el de mis primos, defendiéndome a pedradas cuando otros chicos no me dejaban jugar con ellos y me llamaban "forastera". Esos, los buenos recuerdos, estarán siempre ahí. Tapando a los malos. Listos para sacarme una sonrisa cuando menos lo espere.

(Los de la foto somos mi primo Jose y servidora. Me hace gracia mi forma de cruzar las piernas, tan mía, cuando sólo tenía nueve años. Sigo cruzándolas igual. Sin proponérmelo, sin darme ni cuenta...)

2 comentarios:

Teresa A. dijo...

Y ya las tenía bastante largas, que me estoy dando cuenta ahora... ¡Y esos eran los zapatos de la comunión! Los adoraba, porque hacían ruido al andar. :-)

Rojo dijo...

Manchego de donde? :)

Qué niña más maja, oiga. Se nota que venía de Madrid, ese porte...