viernes, 28 de junio de 2013

Vacaciones y (ya) planes...

Sigo medio atontada, sintiéndome casi culpable de gandulear sin tasa, asimilando lentamente que estoy de vacaciones y que he aprobado el último curso de inglés en la Escuela Oficial de Idiomas. El inglés fue mi actividad extraescolar desde los ocho años hasta los dieciocho. Luego lo dejé, hasta el año pasado. Este ha sido el último al que le dedicaré atención y esfuerzo. Lo que sé me tendrá que bastar para leer, ver películas o viajar en lengua anglosajona. Mi dominio de ella no es perfecto, ni mucho menos, pero me ha servido durante todo este tiempo incluso para sacarme el título de la EOI, y me servirá en adelante. Un título que no quiero para nada, pero que es, otra vez, una especie de punto y aparte. Un cerrojazo para poder abrir otras puertas.

El francés lo aprendí sin proponérmelo, hablándolo durante diecisiete años. Lo entiendo en un 90% si lo escucho o lo leo, lo hablo con fluidez y un descaro inconsciente que me permite atreverme hasta con lo que no estoy segura de saber, pero apenas lo escribo. Me cuesta horrores hacer un simple SMS, dudo de la ortografía de la mayor parte de las palabras de la frase más simple. Así que está claro cuál será la elección de mi nuevo idioma para el curso que viene en la escuela. Si quedan plazas, entraré en B2 (el examen de nivel decidió que meterme a empezar de cero era excesivo), y aunque estoy segura de que renegaré muchas veces de hacerlo, la idea de no matricularme, tampoco me seduce, porque me gusta aprender y en lo que al francés respecta tengo muchísimo por delante. Mi soltura oral me ayudará, claro, pero me tocará trabajar, y mucho. Desfalleceré, lo sé, pero seguiré adelante. Y esta vez, cosa que no pasaba con el inglés, sí tengo una meta práctica para mejorar el idioma: mi familia francesa. Comunicarme mejor con ellos, no perder lo que sé, sería suficiente motivación, aunque no tuviera otra.

Seguiré con el teatro, claro está. Los mismos compañeros del año pasado, más otra clase, que unifican en una. Esta vez tocará meterse con textos, la época de las improvisaciones pasó, y la verdad es que me apetece, aunque también me asuste el tener que memorizar. Soy mala para aprender de memorieta, pero habrá que hacerlo.

Si mis horarios se van encajando como es debido, quizás hasta me atreva con el tango. Pero eso es otra historia...

viernes, 21 de junio de 2013

Fenómenos inexplicables

Reading: 21/25 Listening: 23/25 Writing: 15/25


Update 25/06/13: 
Speaking: 17/25. O sea, que ya tengo el titulo de inglés de la EOI

miércoles, 12 de junio de 2013

Culpable, sí...


Creo que es la primera vez en mi vida que me presentaré a un examen sin haber estudiado prácticamente nada. El viernes tengo el escrito de inglés (último año en la Escuela Oficial de Idiomas), y puedo decir que voy con lo puesto. A lo que salga. Cómo he llegado a este punto de no retorno a dos días de la fecha es fácil de explicar, pero quizás difícil de entender, y, para mí, complicado de asimilar. Demasiados años siendo buena estudiante, responsable y de las que, aunque les hubiese salido un examen primoroso, nunca estaban seguras de nada. Pero ya tengo cuarenta y seis años, y se me ha pasado el arroz estudiantil. Es un hecho. Ni tengo la misma capacidad de concentración, y lo que es peor, no tengo ilusión, ni un objetivo que me empuje a estudiar. No necesito el título para nada, y saber más o menos inglés no me quita el sueño. Me he manejado bien hasta ahora con el que sabía, cuando de verdad me hacía falta para trabajos, cosa que ahora no pasa. Entonces ¿por qué me apunté a la escuela? Pues porque me apetecía la actividad, el hecho de ir a clase, y sí, aprender. No lo he hecho, las clases han sido un coñazo insoportable que me han costado sudores y férreo autocontrol no abandonar (estuve en un tris en navidad...). Sin embargo ahora, cuando podría quitármelo de en medio con un empujón y ya, exploto y prácticamente abandono. Aunque no tenga mucho sentido, y quizás por eso estoy aqui ahora, escribiendo esto e intentando justificarme, es lo que ha pasado, y ya nada puedo hacer. Me temo que soy así, de extremos. Lo doy todo, o me enfurruño y no doy nada. Pero eso no quita para que me sienta culpable y fatal, porque mi ser natural es estudioso y peleón, o al menos lo fue hasta que dejó de tener sentido tenerlo. Una evoluciona a lo largo del tiempo y acorde con las circunstancias, cambia y lo hace de manera irreversible, y no sé si esto que me pasa es para peor, pero está ahí, es una realidad, y tengo que asumirla, porque no veo sentido gastar más energías intentando luchar contra ello. Pero la realidad es que ahora no quiero estudiar, porque me cuesta más que me compensa, y como puedo permitirme el lujo de hacerlo sin que me regañen ni pase nada, sea. Y la realidad es más fuerte que el malestar o el sentimiento de culpa.

Y no, no hace falta deshojar la margarita. Salvo un milagro de última hora, o una conjunción perfecta de los astros... suspendo. Seguro.




domingo, 9 de junio de 2013

Teatreando

Me apunté a teatro casi sin proponérmelo, sin buscarlo, sin desearlo apenas. Quería hacer algo, nuevo a ser posible, y de las opciones que se me presentaron, ésa era la más tentadora. Podía permitírmelo económicamente, para empezar. Al ser una escuela municipal, no era caro. Y estaba a diez minutos andando desde mi casa. Por treinta euros al mes, cuatro horas a la semana y la posibilidad de hacer algo que, de entrada, pintaba divertido y diferente, había que probarlo, al menos. Luego se demostró que la carambola era perfecta.

Eso fue el año pasado. Disfruté mucho, pero sólo fue un aperitivo, una tapita ligera para abrir boca. Hubo cambios en la escuela, y el grupo se disgregó. Unos se fueron, otros se quedaron, pero pasaron curso, pero yo decidí repetir, quería empezar de cero con los nuevos profesores que se incorporaban. La compañía Yllana tomaba las riendas de la escuela.

Y este año ha sido aún mejor. De los casi veinte iniciales, hemos quedado diez personas, un grupo muy bien avenido que ha funcionado como un reloj. El curso tenía como eje central la improvisación, y vive dios que le hemos sacado partido. El proyecto de fin de curso era precisamente eso, una obra original a base de improvisaciones que hemos escrito entre todos y que ayer mostramos en público. Había que pensar algo en lo que participáramos igualmente los diez, un argumento que permitiese a todos estar en escena el mayor tiempo posible, algo coral. Y salió. Después de varios brainstormings, se no ocurrió que la acción trascurriese en un bar, uno de esos de citas rápidas, y que se formaran parejas de lo más variopinto. Una comedia divertida y ágil, con sorpresa final y muchas risas. Anoche el público disfrutó, y creo que todos salieron más que sorprendidos por lo que habíamos hecho un puñado de principiantes sin idea de nada. 

Ya estamos todos apuntados para el curso que viene. Parece que el grupo no se dispersará. Yo estoy deseando volver a trabajar con ellos. Sin buscarlo, de la manera más tonta, me he dado cuenta de que me encanta actuar. Ah, en la obra yo era la camarera del bar. Una francesa con un acento tegggggible... Pero luego se descubre que no, que era mentira, que soy española, y de Campo Real. Pero tampoco eso es cierto: al final resulta que soy policía... La Agente Juarez. Juliana Juárez...

viernes, 7 de junio de 2013

Waiting for his master


Siempre me llamaron la atención esos perros que algunos amos dejan a la puerta de los comercios esperando, mientras ellos hacen sus compras. De entrada, me preguntaba cómo se atrevían a dejar al perrete ahí solo, expuesto a que cualquiera se lo llevara con sólo desatar la correa. "Ni de coña dejo yo al mío ahí, qué angustia", pensaba cuando no tenía perro. Ahora que lo tengo, lo sigo suscribiendo: la posibilidad de que un extraño se encapriche de Lea y se la lleve mientras yo compro yogures me parece tan terrible que prefiero ir a casa, dejar a la perra, y luego volver y hacer la compra, aunque se me vaya media mañana en ello. Sin embargo, no todo el mundo es tan neuras como yo, y mucha gente confía en la bondad de los extraños, y pasa tranquilamente a hacer sus gestiones mientras su animalico les espera. Un día, uno de ellos me llamó la atención un poco más de la cuenta. Estaba tranquilo, con esa falsa calma tensa del que piensa "A ver si no va a volver... Pero sí, tiene que volver, qué tontería... Pero está tardando mucho...". Se estaba tan quieto y me miraba con cara de "¿Tú qué piensas? Volverá a por mí, ¿verdad?", que me quise llevar el momento y le hice una foto. Fue la primera. Desde entonces he hecho unas cuantas.

Las puertas de los supermercados y las de los bancos son una mina. Allí, en la del Día, me encontré una mañana a Lucas, un chuchete negro y ya mayorcito. Su amo es un señor de ochenta y tantos años con el que a veces me he cruzado mientras paseo a Lea, y más de una vez hemos pegado hebra al hilo de los ímpetus juveniles y juguetones de mi perra frente a la pachorra senil del suyo. Así que cuando le vi ahí atado, no podía no hacerle una foto para mi colección. Se dejó hacer, posando incluso, y aunque es un perro poco vistoso, la foto quedó graciosa, como la de esos señores objetivamente feos, que un día se maquean y jurarías que hasta les encuentras atractivos y todo.

Pasaron los días, y me encontré de nuevo con Lucas y su amo. No sé por qué recordé la foto del perro, y se la enseñé. Los ojos y la cara de alegría al verlo no son para contarlo. Me di cuenta de que algo tan simple y tan sin importancia para mi, una foto más para mi etiqueta "Waiting for my master" de EyeEm e Instagram, para este buen hombre era un tesoro. Pero yo sólo podía enseñarle la foto en mi teléfono, así que me fui a casa con un sentimiento agridulce. Hasta que pensé un poco. Imprimí en papel la foto de Lucas, y la he llevado en el bolso durante semanas, hasta que me he vuelto a cruzar con ellos esta mañana. "A usted quería yo verle", le he dicho cuando le he visto. Su cara ha sido todo un poema, hasta que le he recordado lo de la foto del perro. Cuando ha cogido el sobre y la ha sacado, ha sido como ver a un niño desenvolver su regalo de reyes más deseado. Supongo que Lucas ya está en un portarretratos en el comedor de este hombre...

Sí. Me he sentido un poco como Amélie Poulain...