viernes, 7 de junio de 2013

Waiting for his master


Siempre me llamaron la atención esos perros que algunos amos dejan a la puerta de los comercios esperando, mientras ellos hacen sus compras. De entrada, me preguntaba cómo se atrevían a dejar al perrete ahí solo, expuesto a que cualquiera se lo llevara con sólo desatar la correa. "Ni de coña dejo yo al mío ahí, qué angustia", pensaba cuando no tenía perro. Ahora que lo tengo, lo sigo suscribiendo: la posibilidad de que un extraño se encapriche de Lea y se la lleve mientras yo compro yogures me parece tan terrible que prefiero ir a casa, dejar a la perra, y luego volver y hacer la compra, aunque se me vaya media mañana en ello. Sin embargo, no todo el mundo es tan neuras como yo, y mucha gente confía en la bondad de los extraños, y pasa tranquilamente a hacer sus gestiones mientras su animalico les espera. Un día, uno de ellos me llamó la atención un poco más de la cuenta. Estaba tranquilo, con esa falsa calma tensa del que piensa "A ver si no va a volver... Pero sí, tiene que volver, qué tontería... Pero está tardando mucho...". Se estaba tan quieto y me miraba con cara de "¿Tú qué piensas? Volverá a por mí, ¿verdad?", que me quise llevar el momento y le hice una foto. Fue la primera. Desde entonces he hecho unas cuantas.

Las puertas de los supermercados y las de los bancos son una mina. Allí, en la del Día, me encontré una mañana a Lucas, un chuchete negro y ya mayorcito. Su amo es un señor de ochenta y tantos años con el que a veces me he cruzado mientras paseo a Lea, y más de una vez hemos pegado hebra al hilo de los ímpetus juveniles y juguetones de mi perra frente a la pachorra senil del suyo. Así que cuando le vi ahí atado, no podía no hacerle una foto para mi colección. Se dejó hacer, posando incluso, y aunque es un perro poco vistoso, la foto quedó graciosa, como la de esos señores objetivamente feos, que un día se maquean y jurarías que hasta les encuentras atractivos y todo.

Pasaron los días, y me encontré de nuevo con Lucas y su amo. No sé por qué recordé la foto del perro, y se la enseñé. Los ojos y la cara de alegría al verlo no son para contarlo. Me di cuenta de que algo tan simple y tan sin importancia para mi, una foto más para mi etiqueta "Waiting for my master" de EyeEm e Instagram, para este buen hombre era un tesoro. Pero yo sólo podía enseñarle la foto en mi teléfono, así que me fui a casa con un sentimiento agridulce. Hasta que pensé un poco. Imprimí en papel la foto de Lucas, y la he llevado en el bolso durante semanas, hasta que me he vuelto a cruzar con ellos esta mañana. "A usted quería yo verle", le he dicho cuando le he visto. Su cara ha sido todo un poema, hasta que le he recordado lo de la foto del perro. Cuando ha cogido el sobre y la ha sacado, ha sido como ver a un niño desenvolver su regalo de reyes más deseado. Supongo que Lucas ya está en un portarretratos en el comedor de este hombre...

Sí. Me he sentido un poco como Amélie Poulain...


3 comentarios:

Teresa A. dijo...

Imposible eso con Lea. ¿Separarse ella de mí? Ja, ja y reja. Y da igual que sea pequeña o grande, ni aunque pesara 50 kilos la dejaba yo sola. Amos, anda.

Abisal dijo...

Estoy dando un paseo por tu blog y no podía irme sin decirte que me ha encantado esta historia. Me ha hecho mucha gracia cómo has descrito esa "calma tensa" de los perretes, que sí, parece que están en esa diatriba del síclaroqueviene y el aversivaaserqueno.

Yo tengo gatos pero si un día tengo perro creo que le pondré un candado a la correa o algo. Ya veré.

Teresa A. dijo...

Muchas gracias, Abisal, por tu comentario y tu visita. Bienvenida a mi ventana. :-)