miércoles, 24 de julio de 2013

De una princesa y un paje, dos encantamientos y un reencuentro

Había una vez, en un país no tan lejano, una princesa. Una de tantas jovencitas de sangre real, con una vida palaciega feliz, en un bonito castillo, junto a su príncipe. No eran reyes, ni falta que les hacía. Su vida era tranquila así, sin grandes preocupaciones, viendo el tiempo pasar, disfrutando de la suerte de estar juntos y de las comodidades de ser hijos de reyes. Sin embargo, un día, un brujo caprichoso y aburrido, decidió jugar a ser dios, pero un dios malvado, y eligió al príncipe para probar sus malas artes. El príncipe empezó a languidecer, a pesar de su lozanía y ganas de vivir, y la princesa, desesperada, intentó hacerle revivir, manteniéndose a su lado todo el tiempo, pero sin éxito. El encantamiento al que el brujo le había sometido era irreversible, y ninguno de los esfuerzos de la princesa, ni las súplicas a su padre, el rey, para que encontrara un mago bueno capaz de revertir el hechizo, tuvieron éxito. El príncipe se apagaba, lentamente, y la princesa, aunque no encantada, estaba tan prisionera de la maldición como su esposo. Durante ese tiempo, los cortesanos se alejaron de la joven pareja real. No era divertido ver al principe cada vez más débil, camino de un final claro y trágico, y la princesa, aunque sana, no tenía cabeza para nada más que su real esposo, así que, poco a poco, las damas fueron desapareciendo de la corte, y la princesa se encontró sola. Sola y encerrada en sus aposentos, sin ganas de salir ni ánimo para nada que no fuera apurar todos y cada uno de los segundos que al joven príncipe se le escapaban por entre los dedos, como arena de playa. Sin embargo, en sus ratos de soledad, la princesa lograba sentirse menos sola. Cuando el príncipe dormía, ella miraba por la ventana, recordando tiempos mejores y soñando con un futuro desconocido pero que, por fuerza, tenía que ser mejor que ese presente tan desolador. Un día, un joven paje que pasaba por delante del corredor al que daba la ventana de los aposentos principescos se la quedó mirando. El joven se acercó, y le comentó lo bonitos que estaban los rosales desde hacía unos dias. La princesa reconoció al paje, alguna vez le había visto ayudar en palacio o trabajar en los parterres, y recordó sus miradas siempre curiosas, aunque, aunque desde la distancia y el respeto que suponía el rango de ella. Sin embargo, esa tarde, la princesa agradeció el atrevimiento del joven, y viendo que el príncipe dormía tranquilo, acompañó al paje a ver la rosaleda, para estirar las piernas y despejar un poco su atribulado espíritu. El paseo fue corto, pero agradable, tanto que la princesa se sorprendió unos días después echando de menos la conversación cortés y las miradas francas y directas a sus pupilas del paje jardinero. Así que, aprovechando que su amado descansaba, la princesa cogió unas tijeras y decidió salir al jardín a cortar unas flores. Y ahí, justo al lado de las rosas de pitiminí, estaba el paje atrevido. Ambos sonrieron, abierta y espontáneamente, como si ambos estuvieran esperando el encuentro. Y la princesa, sorprendida, reconoció el por qué de esas ganas de cruzarse de nuevo con el joven criado: él la miraba de frente, sin mostrar pena, ni compasión. Hubo muchos más paseos, muchos, y durante ellos, la princesa lograba olvidar el terrible hechizo que había destrozado su vida, y durante un rato, volvía a ser la chica divertida y risueña que latía bajo la máscara de esposa desgraciada que todos veían.

Un mal día, el príncipe se retiró a descansar, y ya nunca despertó. La princesa se dedicó durante un tiempo a recoger los pedazos de su vida y a pegarlos. Era una chica hábil, y aunque faltaban trozos enormes, consiguió un buen resultado. Un día, paseando por entre los lilos, la princesa divisó al paje. Con una sonrisa, se acercó a él. Sin embargo, el muchacho hizo como que no la veía, y se marchó por otro sendero. La misma situación se repitió durante varios días. Hasta que ella, confundida, le mandó llamar una mañana y le preguntó directamente por qué actuaba así con ella. Entonces, el paje, desviando la mirada, dijo que no podía seguir hablando ni paseando con ella por el jardín, porque ahora el que estaba encantado era él. La princesa no podía creerlo, dos encantamientos en palacio, y en tan poco tiempo, pero se recompuso y le dijo que no importaba: él había estado a su lado durante el duro trance, ahora ella haría lo posible por acompañarle en su desventura. El paje se negó, insensible a las súplicas de la princesa. El muchacho había visto sufrir a la joven, y no quería que ella volviese a penar de ese modo por nadie, ni siquiera por un simple criado. Ella protestó, inútilmente, pero el hechizado criado era tozudo, y un día desapareció y nadie supo nunca más nada de él.

Muchos años después, cuando la princesa ya había dejado atrás los sinsabores del encantamiento, y volvia a ser feliz, el paje regresó a palacio. No había dejado atrás la maldición, pero había echado tanto de menos el jardín y a su dama que se dio cuenta de que aquel era su sitio. Maldito o no, nunca encontraría la paz lejos de aquellos muros y aquellos árboles. La princesa no podía creer lo que veían sus ojos y oían sus oídos. Pero ahí estaba. Reconociendo su error, y tratando ya no de recuperar un tiempo irrecuperable, pero sí de aprovechar bien el que aún estaba en sus manos. Hechizado o no, maldito o bendito, quería tenerla a su lado.

La princesa sonrió, y tomándole de la mano, le dijo que la acompañara al estanque, porque aquel verano los jazmines olían mejor que nunca...

(Sí. Es para ti.)

domingo, 21 de julio de 2013

Objetos sin alma


Lo que voy a contar es una perogrullada. Vaya por delante. Es algo que sabemos. Vivimos con ello, porque es tan lógico y previsible que reflexionar al respecto es innecesario, una pérdida de tiempo. Y sin embargo, hasta que no lo vives, pero bien de cerca, no eres consciente de cómo impresiona saber que por poco o mucho que tengas, cuando te mueres, te vas de vacío. Que todo sobra. Y hasta que no te ves obligada a enfrentarte a montones de objetos que no son tuyos, pero que ya no tienen dueño y que ahora te pertenecen, no te haces una idea de lo abrumador que resulta. De lo pequeña que te hace sentir. De lo insignificante. De la sensación de inutilidad de todo. Afortunadamente es un sentimiento pasajero. Es mucho más fuerte el instinto de supervivencia. La alegría de ser tú la que estás viva. Pero de entrada, y durante un tiempo (y luego intermitentemente, cuando menos te lo esperas, cuando te chocas con un objeto en concreto, con un aroma, con una canción, con unas flores que tú no sembraste, pero que brotan tenazmente cada año, como si nada hubiese pasado, como si a ellas no les importase...), en esos momentos puntuales, pero dolorosos, sientes un vacío inmenso. No por el que dejó el fallecido, no, sino por culpa de los que lo llenan todo: sus cosas. Estorbando dolorosamente. Tan panchos. Como si no hubiese pasado nada. Pero todos esos objetos, ya no son los mismos. Aunque lo parezcan. Cualquiera que los mirara pensaría que sí, que son simples libros, ropa, cámaras de fotos, recuerdos de infancia, plantas, colecciones cuidadosamente atesoradas durante años. Tú sabes que no. Que ahora no son nada. Porque han perdido algo que, aunque no se veía, estaba ahí, dentro de ellos. Ya no tienen alma. 

Duele pensar en el amor que ponemos, sin querer, o a veces queriendo, en las cosas de las que nos rodeamos. Y de la incomprensión de ese cariño para los demás. Por eso, cuando alguien muere y sus cosas permanecen, es tan triste. No porque te recuerden momentos y situaciones del que se marchó, sino porque se quedan huérfanas, y ellas no lo saben. Aunque sean objetos valiosos y útiles, y consigan tener una nueva vida, nunca será lo mismo. Tendrán que labrarse una nueva historia en manos de otros, o bien morir sepultados por la indiferencia de quienes nunca podrán entender el valor que tuvieron, y terminarán en la basura.

Ahora me pertenecen algunas cosas que en origen no fueron mías, y a muchas les he logrado dotar de una nueva historia, a mi lado. A otras, no, y terminé dándolas a quien sí podía hacerlo. Muchas las tiré, casi con miedo a que la carga emocional que llevaban dentro me explotase en las manos y me destrozase. A las que siguen conmigo, a veces me quedo mirándolas, y dejo de verlas como mías, y de repente, me pesa demasiado su pasado. Y, de nuevo, aparece aquel vacío inicial, el de un montón de cosas sin dueño. Sin embargo, la mayor parte del tiempo las miro y no veo lo que fueron, sino lo que son, lo que yo he llegado a hacer de ellas. Supongo que eso es la vida que me toca vivir en adelante. Un precario equilibrio entre un pasado que no quiero borrar, pero que debo mantener a raya para impedir que me ahogue, un presente sólo mío, y un futuro que sea como debe ser,  una incógnita.

miércoles, 17 de julio de 2013

Cosy attitude


La vuelta a casa después de casi dos semanas de vacaciones en Cannes ha sido reveladora, aunque en el fondo, no tanto. Me gusta salir, pero más me gusta regresar, y estar en mi casa. No puedo evitarlo, ni me avergüenza la falta de glamour que supone reconocerlo: soy una persona casera. No digo que ya haya cubierto el cupo viajero de toda mi vida, pero sí un alto porcentaje. Siempre que he viajado, he disfrutado, y me alegro de haber pisado tierras lejanas y lugares increíbles, por supuesto. No reniego de ello, pero en muchas ocasiones hubiese preferido no salir, quedarme en casa, y eso es así. Ahora puedo hacerlo, elegir si salir o quedarme: es la libertad del buey suelto, que bien se lame, o no, según le dé, y esa ventaja, el libre albedrío, está ahí, y la aprecio en su justa medida, que es mucha.

Tener a alguien a tu lado implica una serie de servidumbres que son un hecho, y que molestan, por mucho que la parte buena de las ventajas las cubra con su fulgor y al final hagas como que no las ves y no te importa. Pero claro que las ves, aunque sea en visión lateral. Y claro que te importa, y te joden. Y un día, a toro pasado, descubres que durante años has estado haciendo cosas que no sólo no te ilusionaban ni pizca, sino que algunas te repateaban de lo lindo. Y aunque ya no tiene remedio, y acaso ni importe, valoras más que todo aquello haya dejado de pasar. Y aprendes, para la próxima, a pensar más en ti, y menos en lo que se espera de ti, o en lo que le gustará al otro, o en lo que le hará feliz. Porque la caridad empieza por uno mismo, y si siempre cedes, llega un día en el que la norma sea que tú cedas. Y que no se plantee ni siquiera la posibilidad de que tu opción no sea tan válida como las otras, sino que exista.

Bañarme en el mar, coger colorcito, estar con mi madre muchas más horas de lo habitual. Echar de menos mi casa, mis cosas, mi pueblo. Todo suma. Hasta lo que resta.

Eso necesité mucho tiempo y mucho dolor para llegar aprenderlo. Pero se me grabó a fuego.