domingo, 21 de julio de 2013

Objetos sin alma


Lo que voy a contar es una perogrullada. Vaya por delante. Es algo que sabemos. Vivimos con ello, porque es tan lógico y previsible que reflexionar al respecto es innecesario, una pérdida de tiempo. Y sin embargo, hasta que no lo vives, pero bien de cerca, no eres consciente de cómo impresiona saber que por poco o mucho que tengas, cuando te mueres, te vas de vacío. Que todo sobra. Y hasta que no te ves obligada a enfrentarte a montones de objetos que no son tuyos, pero que ya no tienen dueño y que ahora te pertenecen, no te haces una idea de lo abrumador que resulta. De lo pequeña que te hace sentir. De lo insignificante. De la sensación de inutilidad de todo. Afortunadamente es un sentimiento pasajero. Es mucho más fuerte el instinto de supervivencia. La alegría de ser tú la que estás viva. Pero de entrada, y durante un tiempo (y luego intermitentemente, cuando menos te lo esperas, cuando te chocas con un objeto en concreto, con un aroma, con una canción, con unas flores que tú no sembraste, pero que brotan tenazmente cada año, como si nada hubiese pasado, como si a ellas no les importase...), en esos momentos puntuales, pero dolorosos, sientes un vacío inmenso. No por el que dejó el fallecido, no, sino por culpa de los que lo llenan todo: sus cosas. Estorbando dolorosamente. Tan panchos. Como si no hubiese pasado nada. Pero todos esos objetos, ya no son los mismos. Aunque lo parezcan. Cualquiera que los mirara pensaría que sí, que son simples libros, ropa, cámaras de fotos, recuerdos de infancia, plantas, colecciones cuidadosamente atesoradas durante años. Tú sabes que no. Que ahora no son nada. Porque han perdido algo que, aunque no se veía, estaba ahí, dentro de ellos. Ya no tienen alma. 

Duele pensar en el amor que ponemos, sin querer, o a veces queriendo, en las cosas de las que nos rodeamos. Y de la incomprensión de ese cariño para los demás. Por eso, cuando alguien muere y sus cosas permanecen, es tan triste. No porque te recuerden momentos y situaciones del que se marchó, sino porque se quedan huérfanas, y ellas no lo saben. Aunque sean objetos valiosos y útiles, y consigan tener una nueva vida, nunca será lo mismo. Tendrán que labrarse una nueva historia en manos de otros, o bien morir sepultados por la indiferencia de quienes nunca podrán entender el valor que tuvieron, y terminarán en la basura.

Ahora me pertenecen algunas cosas que en origen no fueron mías, y a muchas les he logrado dotar de una nueva historia, a mi lado. A otras, no, y terminé dándolas a quien sí podía hacerlo. Muchas las tiré, casi con miedo a que la carga emocional que llevaban dentro me explotase en las manos y me destrozase. A las que siguen conmigo, a veces me quedo mirándolas, y dejo de verlas como mías, y de repente, me pesa demasiado su pasado. Y, de nuevo, aparece aquel vacío inicial, el de un montón de cosas sin dueño. Sin embargo, la mayor parte del tiempo las miro y no veo lo que fueron, sino lo que son, lo que yo he llegado a hacer de ellas. Supongo que eso es la vida que me toca vivir en adelante. Un precario equilibrio entre un pasado que no quiero borrar, pero que debo mantener a raya para impedir que me ahogue, un presente sólo mío, y un futuro que sea como debe ser,  una incógnita.

2 comentarios:

Toy folloso dijo...

Aun a riesgo que me vetes de tu blog por comentar con exceso de jocosidad temas serios, debo confesarte que, especialmente visitando cocederos de marisco, tengo clarísimo que algún día deberemos abandonar este mundo sin la posibilidad de llevarnos nada material....

Bego (Much More Than I Am) dijo...

Sí, ya sabía yo que me gustabas por algo...me encanta cómo escribes. Has descrito de forma perfecta uno de mis múltiples pensamientos.

Te sigo...

Te voy a poner en la lista de Escritura ;-)

Bego