viernes, 11 de octubre de 2013

Mi Madrid


Nací en Madrid. Madrid capital. Viví allí durante veintiséis años. Ya llevo fuera otros veinte. Sin embargo, y sin proponérmelo, Madrid sigue siendo mi punto de referencia. Aunque vaya poco, apenas una vez por semana, o incluso menos. Cuando no voy, no la echo de menos; me he adaptado bien a la periferia casi serrana donde habito, estoy a gusto. Sin embargo, es cuando ya estoy allí cuando me doy cuenta de que esa es mi ciudad. Mis raíces están en los madriles. De primera generación, sí, y precisamente por eso mucho más consciente de lo que supone haber nacido allí: un pequeño triunfo sobre la miseria anunciada que les esperaba a mis padres de no haberse liado la manta a la cabeza y haber emigrado nada más casarse. Yo soy la gran esperanza de una vida mejor, de unos estudios que llegaron hasta la universidad. Y eso sólo podía pasar en un sitio como Madrid. Toco allí porque estaba cerca, y porque mis padres eran aventureros, pero no demasiado, sólo lo justo y necesario para conseguirlo. 

Hoy, paseando por la zona de Sol, me he dado cuenta de lo mucho que mi vida ha girado en torno a todas esas calles. Sin haber vivido nunca por allí, pero siendo ésa nuestra zona de, digamos, esparcimiento, compras y salidas desde que recuerdo. La primera vez que cogí el metro fue para ir a la Puerta del Sol. A El Corte Inglés de Preciados. Eso lo recuerdo como si fuera ayer mismo. La linea uno, el olor, los carteles incomprensibles para una cría de cinco años que empezaba a leer, pero ya lo leía todo: los nombres de las estaciones, lo del pie entre coche y anden, aquello de dejar salir antes de entrar... Mis primeros recuerdos y una buena parte de los mejores momentos de mi vida hasta los veintiséis ocurrieron en esa parte de la ciudad. Y volver, aunque sólo sea un rato cada cierto tiempo, me hace darme cuenta de lo mucho que me gusta reencontrarme con esas calles, esas tiendas y esa atmósfera tan mía, tan parte de mí. 

Podré terminar mis días aquí, o a miles de kilómetros, quién sabe qué será de mí. Pero sea como sea, bastará con que coja el metro y me baje en Sol, que me meta en La Mallorquina y me coma una napolitana, o que me acerque a Pontejos a comprar unos botones, para sentirme en casa. Y eso es algo que no me ocurre en ninguna otra parte del mundo. 

martes, 8 de octubre de 2013

Compro noes a cambio de excedente de síes - Razón aquí

Hay cosas que no se aprenden nunca. No hablo de habilidades, como la música, jugar al ajedrez o escribir bien. No. Me refiero a saber rectificar errores que, quizás aparentemente no lo sean, pero que te hacen polvo cada vez que salta la liebre. Piedras en la que tropiezas una y otra vez, por más cuidado que pongas y más rodeos que des. Rasgos de tu personalidad que te definen y que, mira tú, les vienen de perlas a los otros, y, total, ésa eres tú, ni intentes cambiar, sería inútil. Seguramente. Pero también sería la hostia poder. Y en mi caso, la inutilidad continua del esfuerzo no me arredra, y sigo intentándolo. Me da igual que me digan que perdería parte de mi encanto, de mi forma bonachona de ser. Es posible, y creo que puedo pagar ese precio si es a cambio de aprender de una vez a decir "No". 

Porque yo tengo un problema. Y gordo. Me cuesta horrores negarme a cosas que en realidad no quiero, pero que de llevar adelante mi negativa podrían fastidiar a otras personas. Así que reculo, y cedo. Y aunque realmente es que no, termina siendo que sí. Para inmediatamente arrepentirme, claro. Lo recuerdo así durante toda mi vida, y ya son años. Y no puedo seguir así. Porque cada vez que me trago un "No", me sienta mal. Me revuelve el estómago y me desazona el espíritu. Arrastro un error que podría haber evitado, y esa estupidez mía, la de actuar mal a sabiendas, lo agrava. Me siento mal doblemente: porque estoy haciendo lo contrario de lo que realmente quería hacer, y, lo que es peor, porque soy una débil incapaz de imponer mi criterio y mi voluntad sobre los deseos de los demás. Digamos que me falta el egoísmo necesario para no caer en la estupidez. 

Así que ahí ando. Dándome de cabezazos contra la pared por no aprender, y volviendo a hacer el firme propósito de pensar dos veces antes de responder. Y cuando un "Sí" me baile en los labios, estar completamente segura antes de soltarlo. Tengo que aprender. Lo malo es que no sé cómo, no se me ocurre nada que no haya intentado ya. Pero tengo que hacerlo, si no bien del todo, mejor de lo que lo hago ahora mismo. Soltar más a menudo esos noes que demasiado a menudo me amargan la existencia. Mi salud mental depende de ello.

domingo, 6 de octubre de 2013

Apagón informativo


Recuerdo cuando estudiaba la carrera, en más de una ocasión me pregunté mientras cogía apuntes como una descosida, cuántas veces podía llegar a escribir en esos cinco años la palabra "información". Así, con todas las letras. Porque mis apuntes eran claros y sin abreviaturas, no me hacía falta pasarlos a limpio, porque iban listos para ser estudiados. Y sí, debí escribir miles de veces esa palabra. Y ahora, casi veinticinco años después, ando sumida en un asco y repulsión a la cosa informativo-periodística que me mantiene en una ignorancia elegida de lo que está pasando en el mundo. Esquivo la información como el que huye de las abejas porque si una le pica, se muere. Una ignorancia siempre muy relativa, claro, porque que no lea periódicos o no vea telediarios ni oiga informativos en radio no significa que no me entere de la cosas. Hay otros canales, y las redes sociales, concretamente Twitter, es la vía por la que me llega casi todo de lo que me entero. El titular. Ya si eso, si me pica la curiosidad, pongo algún telediario, o veo "El Intermedio", "Salvados" o algún programa que sí creo que merece la pena ver, como los reportajes de "Encarcelados", pero poco más. Sé que esta fobia va en contra de mi naturaleza, pero quizás no se deba tanto a cómo se cuenta lo que pasa como a la propia situación en que estamos. Tan deprimente, que cuanto más se sabe de ella, más se sufre. Y aunque no puedo aislarme ni huir de lo que me rodea, ni tampoco quiero, intento enterarme de lo justo. Lo necesario para sentirme dentro de este mundo, pero sin demasiados detalles. Ya me llegan sin preguntar, sin indagar, es apartándome del chorro de información y sigue salpicándome mucha, así que no quiero más.

Pensar que hubo un tiempo en el que a mí me llamaba la atención el periodismo, que quería ser uno de ellos, vivir desde dentro lo que ahora miro con repelús, me parece increíble. O no tanto, después de todo estoy donde estoy, fuera del mundillo. Las circunstancias, mis elecciones y mis descartes me fueron apartando de ese camino. Quizás, después de todo, las cosas pasan porque tienen que pasar...

miércoles, 2 de octubre de 2013

Vuelta al cole


Acabo de matricularme de Básico 2 de Francés en la Escuela Oficial de Idiomas. Dicho así suena de lo más rimbombante, pero sólo es un intento de no olvidar el idioma, ahora que no lo hablo a diario. Serán al menos cinco años de repasarlo y aprender, de fijar lo que ya sé y sistematizar lo que aprendí sin saber lo que aprendía. Me apetece, aunque sé que a lo largo del curso echaré pestes por la cantidad ingente de deberes, ya me pasó con el inglés y me costó mucho no rendirme y tirar la toalla. Pero hoy, un día antes de que empiecen las clases, tengo ganas e ilusión. Que no es un mal comienzo, creo yo.

También dentro de unos días empezaré de nuevo con las clases de teatro. Otra cosa que me ilusiona y me apetece mucho. Dos actividades con horarios y disciplina, aunque tengo muchas más cosas entre manos. No, no me aburro. Ni chispa. Mi vida está más que llena de cosas que hacer, gente con la que estar y mi perrita, que hoy me ha dado un buen susto enganchándose con una dálmata. He temido por su vida, literalmente y sin exagerar, pero no ha llegado la sangre al río. Pensar que le pase algo a Lea me da escaloríos y terror.

Esa perrita llegó a mi vida en el momento justo, y ha crecido conmigo, y yo con ella. Nos queremos y nos necesitamos. Tenerla ha sido una de las mejores decisiones de mi vida.