domingo, 9 de noviembre de 2014

Errores

¿En qué momento se salta la línea que convierte lo bueno en malo? ¿Qué provoca que se te haga la luz y veas que lo que diste por bueno durante un tiempo no lo era tanto? Es extraño cómo de pronto las piezas te encajan, y ves el cuadro con otra luz, seguramente porque ya no estás dentro de él. Te has hecho a un lado, has salido del bosque y ya no hay árboles que te estorben. De pronto eres objetiva, te miras desde fuera y comprendes muchas cosas. Y analizas. Y valoras. Y resuelves. No se puede aprender de tus errores hasta que paras de cometerlos, y sólo entonces es cuando los reconoces como tales. No soy de las que alardean de no arrepentirse de sus meteduras de pata, ni me arrepiento ni me alegro, están ahí, ocurrieron, hice que pasaran, y en su momento, hasta que me di cuenta de que no eran lo más adecuado, tenían sentido para mí. Si pudiera volver atrás con la sabiduría actual, seguramente no cometiera esos fallos, pero está claro que me estrellaría en otras cosas, puede que mucho más graves, o lo mismo no. Así que mejor no le doy más vueltas, y sigo adelante, adentrándome otra vez en el bosque, de nuevo sin ver muy claro la bondad o la maldad de lo que voy decidiendo. sin ninguna certeza, ignorante de dónde me llevarán mis pasos. Ya me enteraré más tarde, y una vez más, la lucidez súbita me hará decidir si sigo o me bajo en la próxima parada para coger otro tren. Y es que la vida no es más que eso: un cuaderno que empezaste con buena letra y acaba emborronado, un paseo hasta la papelería y vuelta a empezar, de nuevo con letra primorosa y sin saber cómo terminará esta vez...

miércoles, 1 de octubre de 2014

Por qué me callo

Twitter suele ser fuente inagotable de descubrimientos y de oportunidades para cruzarte con gente interesante. Allí, en la casa del pajarito azul, "descubrí" no hace mucho el blog de Mª Carmen (MC), "La columna fucsia", una interesante bitácora de tipo personal en la que su autora reflexiona sobre temas de lo más variopinto de una manera que me enganchó de inmediato. Hacía mucho que no descubría un blog que me diera ganas de leer de principio a fin.

Pues bien, ayer en "La Columna Fucsia" se hablaba del silencio. Una charlatana confesa como MC contaba de lo que ciertos silencios le provocan. Y yo le respondí, ya en Twitter, con uno que me parecía que se había olvidado entre la lista de silencios a los que hacía referencia: el silencio al que te ves forzado cuando te encuentras ante una persona con incontinencia verbal. Y mira, recogiendo el guante que me lanzó, he terminado recopilando los distintos motivos por los que una persona callada, como yo, se mantiene en silencio en muchas ocasiones. 


Yo soy más bien callada. Tímida, incluso, aunque menos que cuando era más joven, claro está. La madurez es lo que tiene, que te quita miedos y tonterías. Sin embargo, sigo siendo de pocas palabras. Nunca he cubierto mi timidez con palabrería, como muchos introvertidos hacen. Tampoco soy retraída, pero no suelo pegar hebra con facilidad extrema. Aunque a veces sí que hablo con desconocidos, depende del feeling y de las circunstancias. Y en esas ocasiones, quien me viese, pensaría que soy una persona extrovertida y muy “echá p'alante”. Pero es que puedo serlo. Sin embargo, en general tiendo al silencio. Y voy a explicar un poco por qué algunas veces me quedo callada en lugar de hablar.

1. Me callo cuando no tengo nada que decir. Así de simple. Prefiero no meter la pata a mostrar mi ignorancia claramente. Si el tema me es ajeno, escucho. Es posible que aprenda algo. O no, y me dé cuenta de que si no tengo ni idea de esa materia es por algo: porque no me interesa ni me interesará nunca.

2. Me callo cuando el que habla cuenta cosas interesantes. Me gusta escuchar. Me gusta aprender. Si mi interlocutor lo está haciendo bien, no merece que le pare para meter baza, ya lo haré más tarde. Estoy disfrutando demasiado del momento. Mis interrupciones serán mínimas, me merece la pena permanecer en silencio si no tengo nada interesante que aportar a lo que el otro me está contando.

3. Me callo cuando el que habla necesita hacerlo. Sé escuchar. Lo hago bien, con interés verdadero, asimilando lo que me están diciendo. No desconecto, ni pienso en qué haré esta noche de cena, mientras asiento y digo “Ajá, claro...”. Y eso se nota. Sin proponérmelo, invito a la confidencia, al desahogo. Y, de paso, parece ser que no soy mala dando consejos. Pero ojo, no los doy si no me los piden. Dejo hablar a quien ha venido a mí por eso, porque quiere que le escuche, lo necesita, y no está ahí para escucharme a mí. Lo sé, lo acepto y actúo en consecuencia. Es lo que se espera de un buen hombro en el que llorar.

4. Me callo por educación, en ocasiones en que mi interrupción sería algo demasiado brusco. Dejo que la otra persona termine de decir sandeces, porque demostrar mi malestar no sería cortés, y yo tengo más educación escuchando lo que no me interesa que el otro soltándome un rollo que no me corresponde. A veces hay que aguantar el chaparrón, y cuando pare, volver a casa, secarse y pensar en otra cosa. Lo hago. Supongo que en eso consiste también ser un buen hombro.

5. Me callo cuando, literalmente, no puedo meter baza. Hay gente que habla contigo porque necesita tener alguien delante y no sentir que monologa, pero a la que le importa un pito lo que tú digas. Tú lo sabes, pero él no sabe que lo sabes, y es muy graciosa la situación surrealista que se monta, porque antes de empezar la conversación sabes lo que va a pasar, lo has vivido demasiadas veces ya. Ese tipo de personas son como son, y no pueden evitarlo, les puede su incontinencia verbal. Seguramente, lo que cuenten no esté mal, suelen ser personas con cosas que decir, incluso muy interesantes, pero son incapaces de dar el feedback que exigen. Las pocas veces que te permitirán participar en la conversación, harán como que te escuchan, pero tú sabes de sobra que no lo hacen: sólo están haciendo tiempo, esperando de nuevo su turno para soltar su rollo, que seguramente no tenga nada que ver con lo que tú acabas de decir. No te van a dar la réplica al hilo de lo que tú has añadido; volverán a retomar su propia historia, la que dejaron colgando para darte paso. Y volverán a llevar la conversación a su terreno, como si tú nunca hubieses hablado. Porque así es: a todos los efectos, lo que tú dijiste no tiene ninguna importancia para la conversación-monólogo. Esto al principio cabrea ("¿Pero será posible que no he podido hablar apenas?"). Luego lo asumes ("Ella es así, qué le vamos a hacer..."). Al final, te hartas ("Si este tío es así, genial, pero no tengo por qué soportarlo. No soy una ONG."). Sí. Hasta los hombros más pacientes tienen un límite. De verdad.

martes, 30 de septiembre de 2014

Autumn is falling

El verano empieza cuando saco los cojines de las sillas de la terraza. El otoño, cuando envuelvo los muebles en plásticos. Es así. Ni hojas secas, ni calendarios, ni colegios, ni nada.

Sin embargo, el calendario me grita que, si tengo algo entre manos, me apresure a liquidarlo, porque esta semana es la última de "vacaciones". Es decir, sin clases. Desde el lunes que viene, empiezo mi rutina en la Escuela Oficial de Idiomas (EOI, de ahora en adelante), donde ya entro en el nivel Intermedio 1. Muy bajo, teniendo en cuenta la soltura que tengo leyendo y hablando el idioma, pero totalmente adecuado en tanto que no tengo ni idea de gramática y escribir sigue siendo un pequeño suplicio que eludo siempre que puedo. No necesito para nada saber escribir en francés, pero ya que tengo una buena base oral y dispongo de tiempo, me parece coherente intentar equilibrar mi dominio del idioma. Y, por qué no reconocerlo, imponerme una rutina externa de obligaciones (ir a clase dos días por semana, hacer deberes...) que mi natural anárquico necesita. Tiendo a la dispersión, así que aunque luego me lamente y me queje de mi escasa capacidad de concentración y del agobio de los exámenes, sé que en el fondo me hace bien ir a clase y estudiar.

Ya tengo terminada mi lista definitiva para el Proyecto 333. Como esperaba, se me ha quedado pequeña, y he tenido que sacar los bolsos y los abrigos, de manera que si sumo todo el total es de cuarenta prendas.. ¡Al final voy a ser toda una fashion victim! Me da rabia no haber sido capaz de incluir bolsos, abrigos, bufandas y gorros, como mandan las reglas, pero me angustiaba quedarme con pocos pantalones o escasez de camisetas. Y como esto de la simplicidad es para ser más feliz, no para sufrir, pues nada, lo he adaptado de mis necesidades. La cosa no está en ser más papista que el papa, evidentemente, sino en replantearte qué tienes, hacer limpieza de lo inútil (que la he hecho) y no comprar al tun-tun. Está claro que este año voy a hacer poco gasto en textiles y complementos. Salvo que me regalen ropa o bolsos, pasaré de sobra con lo que tengo ya. O sea, que el objetivo minimalista-simplificador se cumplirá de igual modo con cuarenta prendas que con treinta y tres.

La cosa simplificadora se va extendiendo sin casi proponérmelo por otras áreas de mi vida. Y me gusta. Quizás porque siempre he tendido a eso, y ser consciente ahora mismo de ello es reconocerme un poco más. Y me gusta.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Vuelta a la normalidad

Sí. Porque mi normalidad, que ya no es tal, pero sigue siéndolo, empieza y termina en el final e inicio del verano. No soy una persona que disfrute del calor. No me gusta el agua, ni tomar el sol, ni siquiera estoy acostumbrada a la rutina de salir de vacaciones. Ser pobre cuando eres pequeña es lo que tiene, que te acostumbras a la austeridad. Primero, envidias a los que pueden permitirse el lujo de irse. Luego te haces a lo que hay. Finalmente, disfrutas de quedarte. Yo ahora estoy en esa fase en la que no necesito irme. Así que el verano se convierte en un paréntesis obligado caluroso y aburrido del que sólo tengo ganas de salir lo antes posible. Pero tiene la duración que tiene, y su fin coincide, aunque las temperaturas a veces digan lo contrario, con el comienzo del curso escolar. No del mío, que empieza en octubre, pero eso ya es lo de menos. Septiembre es mi año nuevo, el mes de empezar agenda y preparar lo que será el resto del año, y eso ya lo hace simpático para mí, que tanto me gusta planificar y organizar. Y en ello estoy. Pensando cómo voy a distribuir mi tiempo cuando vaya a clase. Valorando simplificar mi vida realmente. Y digo bien, porque la idea del minimalismo lleva tiempo bullendo en mi mente, aunque sin haberle puesto nombre ni definición. Es sólo que ahora me he dado cuenta de que hay todo un movimiento de lo más activo ahí fuera que piensa y actúa igual que yo. No, no soy nada original, me temo. Y en ello estoy, con todo eso en la cabeza y además preparando mi primer trimestre en el Proyecto 333, Me apetece la idea de quitar lo que sobra y quedarme con lo realmente importante, lo que valoro de verdad. De un tiempo a esta parte, me pesan demasiado muchas cosas, no todas ellas materiales, pero sí bastantes. Y creo que aligerar lastre físico será un buen comienzo para aligerarme también mentalmente.

Sí. Sigo cambiando. Y creo que eso es bueno, porque es para mejor.

viernes, 8 de agosto de 2014

Nadie dijo que fuera a ser fácil

A veces, la vida es como un callejón sin salida. Más o menos largo, pero con una pared al final de uno de sus extremos que te corta el paso, y te tapa el horizonte que se extiende más allá. Pero nos olvidamos que esos callejones sí que tienen salida. Una. Y es justo la misma que la entrada. Lo que pasa es que no siempre es fácil dar media vuelta y decidir salir de allí. Nos quedamos atascados, desconcertados, sin saber qué hacer, si tirar para delante o dar media vuelta, bloqueados mentalmente con la pared que nos cierra el paso, incapaces de reaccionar. 

A veces, es necesario sentarse en el callejón, respirar, y descubrir las ventajas de quedarse un rato allí. A solas. Pensando en nuestras cosas, tranquilamente, sin necesidad de tirar ni para un lado ni para otro. Dejando fuera del callejón lo que realmente está fuera de él. Separando una parte de nosotros y dejándola estar ahí dentro, segura frente a las agresiones del exterior, a salvo. Salir y poder volver a entrar a la oscuridad acogedora del callejón cuando nos haga falta. A su silencio tranquilizador. A su, quizás, frágil y equívoca sensación de seguridad. Pero verdadera en su fragilidad.

A veces, sólo es necesario poner las cartas sobre la mesa y asumir que son malas. Que seguramente no vas a ganar la partida. O lo mismo sí, porque a veces no sólo depende de cómo juegues tú, sino también de cómo jueguen las suyas los demás, y llevar una mano espectacularmente buena tampoco es siempre garantía de nada. A veces, basta con limitarse a disfrutar del juego. Intentarlo. No levantarte de la mesa, aunque quizás ése sea el primer impulso, la salida más sensata. Apurar las posibilidades, aunque sean pocas.

miércoles, 2 de julio de 2014

De la amargura de la felicidad

Aunque pueda parecer contradictorio, la felicidad tiene una cáscara amarga que no vemos cuando la vivimos. No tiene sabor, o quizás el de la propia felicidad es tan intenso en ese momento, que somos incapaces de percibirlo. Pero vaya si lo tiene. Una amargura traicionera, agazapada detrás de los fuegos artificiales de la alegría, que no vemos hasta que pasa el tiempo y recordamos momentos especiales que se fueron para siempre. Y es que no hay felicidad redonda, completa. Incluso la más perfecta en apariencia, tiene un lado oscuro que se manifiesta precisamente cuando más falta nos hace: cuando ese momento de dicha ha pasado. Recordar tiempos felices puede ser tremendamente destructivo. No porque el tiempo haya mitigado la intensidad de lo felizmente vivido, sino todo lo contrario. Su ausencia, su desaparición, su carácter de pasado muerto y caduco, cuando de hecho sigue aún tan vivo en nuestra memoria, hace de los recuerdos felices un regalo envenenado, que puede explotarnos en las manos cuando lo abrimos. Y destrozarnos.

Sé de lo que hablo. Estos últimos días, el universo completo parece haberse compinchado para hacerme recordar, sin yo quererlo, una de esas etapas excesivamente buenas de mi vida. Todo aquello que viví felizmente hace seis años por estas fechas aparece igualmente risueño, fresco, palpitante, vivo. Y es muy difícil de soportar la realidad inamovible y definitiva de que es un pasado muerto y enterrado. La felicidad hizo su trabajo en su momento, pero ahí se quedó. Los buenos recuerdos, al contrario de lo que se piensa, no te hacen feliz al echar mano de ellos, sino todo lo contrario. Sólo sirven para recordarte que fueron, pero ya no son, y para hacer más grande el vacío que dejaron.

Así que, amigos, un consejo. Vivid, a tope, sed felices, lanzaos sin miedo y exprimid los buenos momentos como si os fuera la vida en ello, porque así es. Pero sin más. En ese instante. Ni se os ocurra acumularlos, ni atesorarlos para echar mano de su recuerdo cuando vengan tiempos peores. Os engañáis si pensáis que después os harán felices.

martes, 10 de junio de 2014

¡Vacaciones!

Llega de nuevo el fin de curso, y nuevo dejavu con los resultados. He aprobado, y con nota, el nivel Básico 2 de francés en la EOI. Sin estudiar apenas. Y, otra vez, me surge la duda: ¿apruebo porque vivo de las rentas del francés que aún sé y no he olvidado? ¿O voy pasando porque se me queda más de lo que creo lo que hago y escucho en clase? Lo más cómico de todo esto es que no pensaba seguir, pero visto lo visto, seguiré. Quizás algún día aprenda a gestionar mis inseguridades y mi agobio ante mi escasa capacidad de concentración, y logre disfrutar del curso hasta el último día. O no. Pero si voy aprobando, no tendría sentido dejar de ir a clase, cuando es yendo a clase donde disfruto de verdad. En fin, que no tengo remedio, que dije que lo dejaba y al final no lo dejo. Voy dando bandazos, decidiendo una cosa hoy y cambiando de idea al cabo de dos días. Menos mal que nadie me pide cuentas...

En cambio, el cansancio está ahí, físico y mental, y no sólo por el final de curso, tenso y con poca fe en mis posibilidades, sino porque los dos últimos meses han sido un no parar de ir a médicos. Todo leve, pero muy agotador. Desgasta horrores tener la agenda llena de citas médicas, una semana si, y la otra también. Me agobia, me entristece y saca de mí la hipocondríaca que no pensaba que llevaba dentro. Necesito mirar la agenda y no tener ninguna revisión o visita al dentista a la vista. Y eso está lejos, de momento. 

Pero, qué demonios: estoy de vacaciones. Y las mías son de las escolares. Hasta octubre no volveré a verme inmersa en mis rutinas de obligaciones, así que ahora toca disfrutar. Sin más. Más vale que me vaya entrando de una vez en la cabeza.

lunes, 26 de mayo de 2014

Salud, divino tesoro

Soy una enferma crónica. Suena chungo, pero es una realidad. Necesito ciertos medicamentos sin los cuales no me voy a morir, pero no tomarlos supondría una merma importante de mi calidad de vida. No es sólo que no podría respirar bien, sencillamente cada vez respiraría peor, y quizás terminaría necesitando ayuda para hacerlo. Respirar es necesario. Oler, también, aunque parezca un sentido secundario, no oler absolutamente nada durante años no es grato. Es desconcertante, incómodo y también muy peligroso. Puedes no enterarte de que se está quemando tu casa, por ejemplo. O de que hay un pájaro muerto en tu chimenea. Por suerte, tengo dinero y la nacionalidad española, así que por una cantidad pequeña, de momento estoy provista de todo lo necesario para llevar una vida prácticamente normal. Respiro, huelo y vivo. Puedo incluso hacer deporte con normalidad. Pero soy consciente de que estoy enferma. No grave, pero sí para siempre. Dependiente de por vida de una serie de sustancias que determinan que esté bien o mal. Unos frasquitos y unos comprimidos son la llave de mi bienestar. Y es una sensación desagradable. De fragilidad. De vulnerabilidad totalmente real y objetiva.

Poder ir a la farmacia y volver a casa con esas cajitas mágicas es un privilegio del que soy consciente. Pero esa certeza no lo hace más fácil de digerir. Pero lo hago, lo integro en mi vida lo mejor que puedo, y a veces hasta me río de mi mala salud de hierro. Como con el refrán que esta mañana me ha soltado mi madre, refiriéndose a mi abuela, y que me ha hecho sonreír esperanzadamente resignada a mi suerte:

"Mujer enferma, mujer eterna".


domingo, 18 de mayo de 2014

Hasta aquí

He descubierto que una vez que cruzas una línea, no hay manera de retroceder. Se puede, claro, pero para volver atrás tienen que obligarte, llevarte a empellones de nuevo al otro lado de la raya, y estar pendiente de ti para que, en el menor descuido, no vuelvas a saltar al otro lado. Porque una vez que ya has cruzado, pierdes la vergüenza. Y la cobardía. Porque ahora sí que tienes algo que perder. Eso que has ganado al atravesar la barrera, lo que no tenías ni idea que estaba al otro lado y que ahora no estás dispuesta a que nadie te lo quite.

Puedes vivir mucho tiempo pensando que lo que tienes es lo que quieres. Hasta que empiezas a dudar, sólo una ligera sospecha incómoda, sacudes la cabeza y sigues andando. Pero no son imaginaciones tuyas. Sigue pasando el tiempo, y las dudas se hacen mayores, y al poco, van arrinconando a las certezas para dejar sitio a nuevos deseos e inquietudes que no pueden convivir con ellas. Y de pronto, te encuentras con un pie en un lado de la línea y otro en el aire. Entonces, un golpe del destino te hace perder el equilibrio, y caes del otro lado. Del nuevo. Del desconocido. Y cuando te has recuperado del impacto, y empiezas a mirar a tu alrededor, te das cuenta de que este otro lado de la línea es cojonudo. No es que el otro fuese malo, o quizás sí, desde el momento en que te hacía daño sin que tú lo notaras. Ahora, a toro pasado, es cuando te das cuenta de las cicatrices que traes de allí, y alucinas con que entonces no notaras el dolor siquiera. Y aunque no te arrepientes, porque en su momento era lo que querías, sabes que ya no lo quieres, que jamás volverás y que tu sitio está donde estás ahora.

Ahí, o más adelante. Cruzando otras líneas, quizás. Pero nunca retrocediendo.

martes, 22 de abril de 2014

Jean Bedel


Ha pasado mucho tiempo desde que abrí esta ventana. Como bien dice el subtítulo del blog, nada menos que once años. Me han ocurrido muchísimas cosas desde entonces. Muchas de ellas las he contado aquí, la mayoría, en realidad. Cambios radicales, algunos. Sutiles, otros. Paulatinos, la mayoría. Repentinos, unos cuantos. No soy la misma que se asomó tímidamente al mundo a través de un post el 30 de marzo de 2003. Y sin embargo, hay cosas que se mantienen. Y personas que aparecieron y se quedaron pegadas al cristal de la ventana, como esos mosquitos que se estrellan contra el parabrisas cuando vas por la autopista. Y ahí siguen. Pero lo mejor de todo es que no sólo han permanecido en este lado, sino que han dado el salto al otro, al del 3D, y el círculo se ha cerrado. 

A Jean Bedel lo conocí cuando yo empezaba en esto de bloguear y él ya era una estrella fulgurante. Con su buen puñado de seguidores, una ristra de comentarios en cada post que sacaba y una popularidad que era un hecho. Le conocían y conocía a todo el mundo. No tenía mal gusto en la elección de sus lecturas, así que muchas de mis bitácoras de cabecera a lo largo de estos años (cuando nosotros empezamos en esto, a los blogs se les llamaba "bitácoras", y era una palabra bonita; una pena que no arraigase...) fueron por su culpa. Comentaba en todas partes, y a él le comentaba gente a cuyos blogs terminé llegando gracias a las miguitas que iban dejando en su blog. Nos caímos bien. Nos leíamos mutuamente y nos comentábamos. No a diario, pero nunca nos salimos uno de la órbita del otro. Jamás tuvimos un encontronazo. 

Nos pusimos cara y cuerpo en una fiesta de los premios 20 Minutos. Pasó más tiempo. Seguíamos leyéndonos y comentándonos de vez en cuando. Kaisser, su perrón, llegó a su vida, y yo morí de envidia viendo las fotos que ponía de esa bolita de pelo blanco. Juré que si un día lograba tener perro, sería también un westie, así que podemos decir que Lea está conmigo por su culpa. Más tarde, yo di el salto a Twitter. Allí estaba él. Y también ahí empezamos a interactuar. Siempre de buen rollo. Con nuestra habitual coincidencia de opiniones y visiones de las cosas. Un día, decidimos que la fiesta del 20 Minutos quedaba ya demasiado lejos, y volvimos a quedar. Se dejó arrastrar por mí a Yelp, y eso fue el detonante de que todo se precipitara de la mejor de las maneras. Empezamos a vernos mucho más a menudo, en los eventos yelperos. Y a hablar más. Con lo fácil que se me convence a mí de probar cosas nuevas, no le costó llevarme al huerto del podcasting, y de ahí salió "Dímelo bajito", la versión acústica de "Desde mi ventana". Al poco, me propuso que probáramos a hacer uno juntos. Funcionó. Funciona. "Invita la casa" es un hecho escuchable cada dos domingos. Y gusta. No sé por qué no me extraña ni pizca.

Es el jeférrimo, el Sr. Bedel. Primero, sólo un nick interesante. Después, un colega simpático. Ahora, un amigo.

Y de los buenos.

lunes, 21 de abril de 2014

De cuando el tiempo es tu amigo

El tiempo pasa como si le diera lo mismo. A pesar suyo y, sobre todo, a pesar nuestro. Da igual que nos resistamos, que intentemos retardarlo o adelantarlo. Y así debe ser, porque siempre terminas por descubrir, a toro pasado, claro está, que ese tempo que nos desquiciaba en un momento dado, era el adecuado. El que tenía que ser, y no otro. Puede que jamás seamos capaces de reconocerlo, pero es bueno que sea así. Que le demos igual al tiempo. Que siempre esté ahí, regular e igual a sí mismo, repetitivo e implacable, mientras que nos va dejando uno a uno en el camino. Sin pestañear.

En los últimos tiempos, yo he descubierto que ese tiempo que pasa y te cabrea, el mismo que puede llegar a pisotearte si no te apartas, también puede jugar a tu favor. Calladamente, durante meses, años incluso, sin que tú te lo propongas. Y un día, de repente, te pone delante de los ojos lo que fuiste, con las luces y las sombras que ya no te acompañan, con errores garrafales que dejaste atrás pensando que no lo eran. Y descubres que el tiempo, que parecía que pasara sobre ti y tu vida avasallador y sin piedad, no es ni mucho menos tan bruto ni tan sin tacto. Ha hecho su trabajo. Calladamente. Y bien. Dejando que te dieras cuenta tú sola de las diferencias entre el antes y el después. Porque era algo sólo lo podías hacer tú. Y que, sin embargo, sólo era posible que lo hicieras cuando el tiempo hubiese pasado sobre ti.

Ahora sé que no volveré a hacer ciertas cosas. Ni a permitir que me hagan otras. Me he vuelto más sabia, y más recia. Quizás menos flexible, pero también más resistente. Y se lo debo a que he podido mirar con distancia muchas cosas que jamás me había planteado que fueran equivocaciones. Y lo fueron. Y no volverán a serlo.

Así que no, al tiempo no le damos lo mismo. Nos cuida. Nos enseña. Nos marca el camino. Nos ayuda a seguir, empujándonos hacia delante. Sólo hay que saber (y querer) escucharle.



domingo, 20 de abril de 2014

¡Hola de nuevo, mundo!


Vuelvo a descorrer las cortinas de la ventana, y a dejar ver qué pasa aquí dentro. Porque mi silencio no implica que yo haya dejado de mirar fuera, ni que no hayan seguido pasando cosas, lo que ocurre es que no siempre se tienen las mismas ganas de contarlas... Pero la cabra tira al monte, y de nuevo estoy frente a la página en blanco, dispuesta a contar lo que veo y a dejar que miren los que lo estimen interesante y oportuno. Mi silencio en lo que a escribir se refiere no suele ser síntoma de nada. Al menos de nada malo. Ni me han estado pasando tantas cosas que me hayan robado el tiempo para escribir, ni todo lo contrario. La vida sigue su curso, y aunque tú te negaras a seguir el tuyo, ella te arrastrará sin piedad ni tregua. Claro que tengo cosas que contar, y muchas, pero si no lo he hecho es porque no me ha parecido necesario, ni he tenido ganas de hacerlo. La servidumbre de tener un blog es muy relativa. Las ganas van y vienen, igual que la intensidad, y forzar las cosas es tan idiota como innecesario. Y sí, puedes tener a una serie de lectores deseando que actualices, pero no te lo tendrán en cuenta si de verdad te aprecian, porque saben que cuando escribías lo hacías sin obligación, así que leerte era un regalo. Y cuando a uno le regalan algo, no puede exigir más. O no debe. Así que sin remordimientos y, de nuevo, con ganas, heme aquí de nuevo. No sé qué contaré, ni cuanto tiempo mantendré, si la mantengo, una regularidad escribiendo. Sólo sé que ahora, hoy, estoy aquí, justificando una ausencia que quizás sólo sea significativa para mí. Abro la ventana y, de nuevo me asomo. El que quiera mirar, que mire. 

jueves, 2 de enero de 2014

2014


La verdad es que escribir esta cifra aún se me hace raro, antinatural, pero supongo que me acostumbraré. Como se acostumbra una a todo en esta vida. Sin darte cuenta, un día ves que lo que no era, es. Y es como si lo hubiese sido toda la vida. Yo me hago rápidamente a las cosas. A la gente. A las circunstancias. Es una capacidad de adaptación que no he trabajado, porque me sale sola. Supongo que tiene que ver con preferir estar bien que mal. En el fondo soy de lo más práctico.

Estuve y volví de Francia con el corazón un poco encogido. Cerrando los ojos para ver si pasaba más rápido y, en cierto modo, consiguiéndolo. Aquel ya no es mi sitio, y esos cuatro días han sido una prueba que no necesitaba para darme cuenta de ello. He ido, e iré, pero así, con esas ganas de volver que apenas me dejan hueco para la cortesía y que sólo puedo sobrellevar por el hecho de que les tengo cariño, y sé que ellos también a mí. Es curioso que cuanto más tiempo pasa, más duro es. ¿No debería ser al contrario? 

Mis planes para este año son simples y no demasiados, también en eso soy práctica y realista. No agobiarme por idioteces. Querer y, si es posible, lograr que me quieran. Ser buena gente con quien lo merece. Saber ser borde y eliminar de mi lado a quien sólo me intoxique. Aprender de una vez a decir "No". 

Intentar ser feliz.