lunes, 26 de mayo de 2014

Salud, divino tesoro

Soy una enferma crónica. Suena chungo, pero es una realidad. Necesito ciertos medicamentos sin los cuales no me voy a morir, pero no tomarlos supondría una merma importante de mi calidad de vida. No es sólo que no podría respirar bien, sencillamente cada vez respiraría peor, y quizás terminaría necesitando ayuda para hacerlo. Respirar es necesario. Oler, también, aunque parezca un sentido secundario, no oler absolutamente nada durante años no es grato. Es desconcertante, incómodo y también muy peligroso. Puedes no enterarte de que se está quemando tu casa, por ejemplo. O de que hay un pájaro muerto en tu chimenea. Por suerte, tengo dinero y la nacionalidad española, así que por una cantidad pequeña, de momento estoy provista de todo lo necesario para llevar una vida prácticamente normal. Respiro, huelo y vivo. Puedo incluso hacer deporte con normalidad. Pero soy consciente de que estoy enferma. No grave, pero sí para siempre. Dependiente de por vida de una serie de sustancias que determinan que esté bien o mal. Unos frasquitos y unos comprimidos son la llave de mi bienestar. Y es una sensación desagradable. De fragilidad. De vulnerabilidad totalmente real y objetiva.

Poder ir a la farmacia y volver a casa con esas cajitas mágicas es un privilegio del que soy consciente. Pero esa certeza no lo hace más fácil de digerir. Pero lo hago, lo integro en mi vida lo mejor que puedo, y a veces hasta me río de mi mala salud de hierro. Como con el refrán que esta mañana me ha soltado mi madre, refiriéndose a mi abuela, y que me ha hecho sonreír esperanzadamente resignada a mi suerte:

"Mujer enferma, mujer eterna".


domingo, 18 de mayo de 2014

Hasta aquí

He descubierto que una vez que cruzas una línea, no hay manera de retroceder. Se puede, claro, pero para volver atrás tienen que obligarte, llevarte a empellones de nuevo al otro lado de la raya, y estar pendiente de ti para que, en el menor descuido, no vuelvas a saltar al otro lado. Porque una vez que ya has cruzado, pierdes la vergüenza. Y la cobardía. Porque ahora sí que tienes algo que perder. Eso que has ganado al atravesar la barrera, lo que no tenías ni idea que estaba al otro lado y que ahora no estás dispuesta a que nadie te lo quite.

Puedes vivir mucho tiempo pensando que lo que tienes es lo que quieres. Hasta que empiezas a dudar, sólo una ligera sospecha incómoda, sacudes la cabeza y sigues andando. Pero no son imaginaciones tuyas. Sigue pasando el tiempo, y las dudas se hacen mayores, y al poco, van arrinconando a las certezas para dejar sitio a nuevos deseos e inquietudes que no pueden convivir con ellas. Y de pronto, te encuentras con un pie en un lado de la línea y otro en el aire. Entonces, un golpe del destino te hace perder el equilibrio, y caes del otro lado. Del nuevo. Del desconocido. Y cuando te has recuperado del impacto, y empiezas a mirar a tu alrededor, te das cuenta de que este otro lado de la línea es cojonudo. No es que el otro fuese malo, o quizás sí, desde el momento en que te hacía daño sin que tú lo notaras. Ahora, a toro pasado, es cuando te das cuenta de las cicatrices que traes de allí, y alucinas con que entonces no notaras el dolor siquiera. Y aunque no te arrepientes, porque en su momento era lo que querías, sabes que ya no lo quieres, que jamás volverás y que tu sitio está donde estás ahora.

Ahí, o más adelante. Cruzando otras líneas, quizás. Pero nunca retrocediendo.