domingo, 18 de mayo de 2014

Hasta aquí

He descubierto que una vez que cruzas una línea, no hay manera de retroceder. Se puede, claro, pero para volver atrás tienen que obligarte, llevarte a empellones de nuevo al otro lado de la raya, y estar pendiente de ti para que, en el menor descuido, no vuelvas a saltar al otro lado. Porque una vez que ya has cruzado, pierdes la vergüenza. Y la cobardía. Porque ahora sí que tienes algo que perder. Eso que has ganado al atravesar la barrera, lo que no tenías ni idea que estaba al otro lado y que ahora no estás dispuesta a que nadie te lo quite.

Puedes vivir mucho tiempo pensando que lo que tienes es lo que quieres. Hasta que empiezas a dudar, sólo una ligera sospecha incómoda, sacudes la cabeza y sigues andando. Pero no son imaginaciones tuyas. Sigue pasando el tiempo, y las dudas se hacen mayores, y al poco, van arrinconando a las certezas para dejar sitio a nuevos deseos e inquietudes que no pueden convivir con ellas. Y de pronto, te encuentras con un pie en un lado de la línea y otro en el aire. Entonces, un golpe del destino te hace perder el equilibrio, y caes del otro lado. Del nuevo. Del desconocido. Y cuando te has recuperado del impacto, y empiezas a mirar a tu alrededor, te das cuenta de que este otro lado de la línea es cojonudo. No es que el otro fuese malo, o quizás sí, desde el momento en que te hacía daño sin que tú lo notaras. Ahora, a toro pasado, es cuando te das cuenta de las cicatrices que traes de allí, y alucinas con que entonces no notaras el dolor siquiera. Y aunque no te arrepientes, porque en su momento era lo que querías, sabes que ya no lo quieres, que jamás volverás y que tu sitio está donde estás ahora.

Ahí, o más adelante. Cruzando otras líneas, quizás. Pero nunca retrocediendo.

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